Pastor, ¡ten cuidado con el reconocimiento!

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Pasión sin agotamiento: Siete claves para un ministerio de sacrificio sostenible durante toda la vida (Andamio Editorial, 2019), por Christopher Ash.

Recuerdo cuando enseñé a un grupo de alumnos sobre el Evangelio de Juan durante varios años. Siempre que trabajaba con ese material, mi corazón vibraba con la enseñanza de Juan 5. Los oponentes judíos de Jesús le acusaban de hacerse igual a Dios (v. 18), en el sentido de presentarse como un rival de Dios. No, dijo el Señor Jesús, yo solo hago lo que hace mi Padre: busco su gloria, y no la mía. Él les dijo a sus críticos: “La gloria humana no la acepto” (v. 41 NVI).

Sin embargo, ellos sí y esto les impide creer: “¿Cómo pueden creer, cuando reciben gloria (honor) los unos de los otros, y no buscan la gloria que viene del Dios único?” (v. 44).

El problema es que yo, por naturaleza, busco y valoro la gloria que procede de las alabanzas de otras personas. Me importa demasiado lo que los demás piensan de mí. Me temo que no estoy solo en esto.

Muchos de los que leen este artículo tienen una predisposición al agotamiento. Tienen la capacidad; tienen muchas habilidades naturales. Si estás en el ministerio pastoral, es posible que hayas deseado tener una profesión de éxito en el mundo secular. Tal vez hayas llegado al liderazgo pastoral después de una profesión así, o justo al principio de lo que podría haberse convertido en una historia de éxito secular.

Estabas acostumbrado a disfrutar, o quizás anhelabas, los elogios, el respeto, la alta estima, y el aplauso de la gente del mundo. Pero ahora has escogido un trabajo que el mundo desprecia, o considera, en el mejor de los casos, marginal y extraño. Es muy probable que tú y yo busquemos la adoración de nuestro propio rebaño, o de otros pastores, para llenar el vacío que ha dejado la ausencia de aprobación por parte del mundo. Y es posible que nos convirtamos en orgullosos lobos solitarios y que persigamos la autorrealización a través de nuestro trabajo.

Jesús dice que perseguir los elogios de la gente impide que haya una verdadera fe en nuestros corazones.

O quizás aún tienes esa profesión de éxito, pero a la vez sirves de todo corazón en tu iglesia local. El prestigio y el estatus que te otorga esa profesión te importan, tal vez, más de lo que crees. El servicio incondicional a tu iglesia local que intentas encajar en una vida ya de por sí ocupada te aporta muy poca aprobación y alabanza por parte de otros. Resulta tentador centrar nuestras energías en las actividades que nos aportan los elogios de los demás.

Me avergüenza decir que yo soy así por naturaleza. Quiero que digas lo mucho que te ha ayudado mi ministerio. ¡Quiero que escribas en tu blog que este escrito ha sido de ayuda para ti! Me encantaría que lo presentaras frente a tu congregación y dijeras que es lo mejor que has leído en tu vida sobre este tema. Eso es lo que deseo, por naturaleza. Pero sospecho que tal vez le estoy hablando a alguien que persigue la gloria de una forma similar.

Tú también quieres que la gente de la iglesia en la que sirves piense bien de ti. Si eres pastor, quieres que otros pastores te admiren. Cuando en una conferencia de pastores te preguntan cómo van las cosas en tu iglesia, te gustaría poder responder algo así: “Bueno”, dices, sin alzar la voz, “cuando sembramos la iglesia, solo había tres ancianas y un perro de tres patas; ahora hay treinta mil hombres y mujeres jóvenes animados y llenos de dones, tres mil personas haciendo un curso de buscadores, trescientas personas que forman parte del personal de la iglesia, y disponemos de un presupuesto de treinta millones de dólares. Y empezamos la iglesia hace solo tres semanas”. “¡Qué bueno es Dios!”, añades, modestamente.

Pero el Señor Jesús dice que perseguir los elogios de la gente impide que haya una verdadera fe en nuestros corazones.

Amigo pastor, ¡ten cuidado con el reconocimiento! Vivimos en una cultura secular de la celebridad; es demasiado fácil dejar que la cultura de la adoración a otras personas infecte nuestras iglesias y conferencias. Cuidado con poner a predicadores y pastores en un pedestal. Cuidado con los héroes. “No pongáis vuestra confianza en gente poderosa” (Sal. 146:3 RV60). Cuidado con querer estar en ese pedestal. Revisa tu corazón.

Pastor, ora para que nos importe menos lo que opine la gente de nosotros, y más lo que piensen de Jesús.

Ora para que en tu corazón y en el mío comience a haber, por una obra maravillosa y sobrenatural del Espíritu Santo, un verdadero deseo de que Dios sea glorificado. Ora para que Jesús crezca y nosotros mengüemos (Jn. 3:30). Y ora para que nos importe menos lo que opine la gente de nosotros, y más lo que piensen de Jesús.

Me pregunto: ¿hasta qué punto mi exceso de trabajo durante la última década se debió a un deseo sincero de glorificar a Dios? ¿Y cuánto de ello a que la gente pensara bien de mí y de mi ministerio? Confío en que hubiera algo de lo primero, y a menudo el exceso de trabajo era el resultado de una falta de personal adecuado, como ocurre a menudo con el trabajo cristiano. Pero desearía conocer la respuesta completa y honesta, porque mi corazón es engañoso y desesperadamente corrupto (Jer. 17:9). Y no puedo declararme inocente, y dudo que tú puedas.

Esta amonestación a nuestras motivaciones egocéntricas es una espada que atraviesa las profundidades de nuestros corazones oscuros y retorcidos. Seguimos a un maestro que “no se agradó a sí mismo” (Ro. 15:3; una de las afirmaciones más subestimadas de las Escrituras). Si aceptamos la cultura de la celebridad en la iglesia, dejamos de seguir fielmente a Jesús.


Adquiere el libro: Amazon | Andamio.


IMAGEN: LIGHTSTOCK.
Compartir
CARGAR MÁS
Cargando