Muestra cómo la Biblia encaja como un todo

Fragmento adaptado de La predicación: Compartir la fe en tiempos de escepticismo, de Timothy Keller. B&H Español.

Solo si predicamos a Cristo siempre, podremos mostrar cómo la Biblia encaja como un todo.

Cuando Jesús se reunió con los dos discípulos en el camino a Emaús, descubrió que habían perdido la esperanza porque Su Mesías había sido crucificado. «—¡Qué torpes son ustedes —les dijo—, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! […] Entonces, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Luc. 24:25-27).

Más tarde, Jesús se apareció a los apóstoles y a otros discípulos en el aposento alto y les explicó lo mismo, es decir, que Él es la clave para entender «la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Luc. 24:44). Jesús atribuyó la confusión de los discípulos a su incapacidad de ver que el Antiguo Testamento trata sobre Él y Su obra de salvación.

A los escritores apostólicos se los conoce por su interpretación «cristo-céntrica» de las Escrituras hebreas. A menudo, citan los salmos como las palabras de Cristo, y no solo los salmos «mesiánicos» o «reales», donde el que habla es sin duda una figura mesiánica. Por ejemplo, Hebreos 10:5-7 cita el Salmo 40:6-8 como algo que Cristo pronunció «al entrar en el mundo».

A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dije: «Aquí me tienes —como el libro dice de mí—. He venido, oh Dios, a hacer tu voluntad».                  

Pero, cuando consideramos el Salmo 40, no vemos absolutamente nada que indique que el que habla es Jesús o alguna figura mesiánica. ¿Por qué el autor de Hebreos supone que el Salmo 40 es sobre Jesús? Lo interpreta así porque sabe lo que Jesús dijo a Sus discípulos en Lucas 24, que toda la Escritura es en realidad sobre Él. La Biblia es en última instancia una sola gran historia que culmina en Jesucristo.

Dios creó el mundo y nos creó a nosotros para servirlo y disfrutarlo a Él y al mundo que había hecho. Pero los seres humanos dejaron de servirlo; pecaron y se dañaron a sí mismos y a la creación. Con todo, Dios prometió no abandonarlos (aunque estaba en todo Su derecho), sino rescatarlos, pese a la culpa y la condenación bajo la que estaban, y a su corazón y su naturaleza irremediablemente viciados. Para esto, lo primero que hizo Dios fue llamar a una familia para que lo conociera y lo sirviera. Luego, hizo crecer a esa familia hasta transformarla en una nación; entró en una relación personal y en un pacto vinculante con ellos; les dio Su ley para guiar sus vidas, la promesa de bendición si la obedecían y un sistema de ofrendas y sacrificios para afrontar sus pecados y faltas.

Sin embargo, la naturaleza humana está tan trastornada y es tan pecaminosa que, pese a todos los privilegios y a los siglos de paciencia de Dios, incluso Su pueblo del pacto (que había recibido la ley, las promesas y los sacrificios) le dio la espalda. Parecía que se había perdido la esperanza para la raza humana. Pero Dios se hizo carne y entró al mundo del tiempo, del espacio y de la historia. Llevó una vida perfecta, pero después fue a la cruz a morir. Cuando fue levantado de entre los muertos, se reveló que había venido a satisfacer la ley con Su vida perfecta, ofrecer el sacrificio, cargar con la maldición que nosotros merecíamos y así asegurar las bendiciones prometidas para nosotros por la gracia gratuita.

Ahora, aquellos que creemos en Él estamos unidos a Dios pese a nuestro pecado, y esto cambia al pueblo de Dios de una nación-estado a una nueva comunidad internacional y multiétnica de creyentes de cualquier nación y cultura. Ahora, lo servimos a Él y a nuestro prójimo mientras aguardamos, con la esperanza de que Jesús retorne y renueve toda la creación, y arrase con la muerte y el sufrimiento.

¿Qué es todo eso? Es una historia, un argumento narrativo unificado, que se resuelve y tiene su clímax en Jesús. Los discípulos conocían las historias de cada profeta, cada sacerdote, cada rey, cada libertador desde Gedeón hasta David. Conocían sobre el templo y los sacrificios. Pero aunque sabían todas las historias secundarias, no podían, hasta que Él se los mostró, ver la historia sobre el máximo profeta, sacerdote, rey, libertador, el templo y sacrificio supremos. Ellos no pudieron ver de qué se trataba toda la Biblia.

Trata de leer solo un capítulo de una novela de Charles Dickens o Víctor Hugo sin leer nada antes o después en el libro. ¿Podrías comprender y apreciar el capítulo? Sin duda, conocerías algo sobre los personajes y algún relato relativamente completo de una acción o trama secundaria que podría estar ocurriendo dentro de la porción del libro que has leído. Pero mucho del contenido sería incomprensible porque no sabrías lo que sucedió antes, y muchas cosas que el autor realiza en este capítulo serían invisibles si no vieras cómo se desarrolla la historia. Algo así es leer y predicar un texto de la Biblia y no mostrar cómo este señala a Cristo. Si no ves cómo el capítulo encaja en toda la historia, no entiendes el capítulo.


Imagen: Lightstock
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