Mercadología pastoral

Steve Jobs lanzó la publicidad de la Apple Macintosh en 1984. El comercial fue televisado el domingo 22 de enero de ese año durante el intermedio del Super Bowl (la final del fútbol americano), y es considerado uno de los mejores comerciales de todos los tiempos. Apple se gastó una fortuna en la publicidad. Contrató a un director de cine que acababa de tener un éxito cinematográfico, filmando en Londres con más de 300 extras durante una semana.

El anuncio fue tan eficaz que lanzó los computadores personales Apple a la estratósfera comercial. Los norteamericanos se lanzaron a las tiendas el martes siguiente y en tres meses se vendieron US$155 millones de dólares en Macintosh. Algunos estudiosos de la publicidad han señalado que a partir del anuncio “1984” de Apple, los anuncios del intermedio del Super Bowl se volvieron tan importantes como la misma final deportiva.

No hay duda que el marketing tiene un poder extraordinario. Alguien decía que si algo no está en las redes sociales y en los medios de comunicación, entonces ¡no existe! Ahora todo lo vemos en función del mercado, el público objetivo, y el producto que ofrecemos. Poco a poco nosotros mismos nos hemos convertido en “productos publicitables”, no solo de nuestra vida pública, sino también “publicitando” nuestra vida privada y familiar como digna de ser deseada y aplaudida por los demás. Los consabidos “likes” a nuestras frases y fotos producen una sensación de satisfacción y euforia que puede llegar a ser muy adictiva.

Ahora, quisiera ser más específico, buscando responder a esta pregunta, ¿necesitamos los pastores un departamento de marketing para ganar posición en el mercado y obtener muchos “likes”? Creo que no, porque creo que el llamado pastoral es, en esencia, un llamado a renunciar a nosotros mismos. Es un llamado a buscar que nada opaque el brillo de Cristo en las vidas de aquellos a quienes el Señor nos llama a cuidar, aun por encima de nosotros mismos. Creo que un pastor debe rechazar la fama y la celebridad tanto como una polilla debe alejarse de la lámpara para evitar quemarse las alas.

El llamado pastoral es un llamado a renunciar a nosotros mismos.

Conocidos por Él

La Biblia nos señala con claridad que no necesitamos hacernos conocidos por las masas o el “mercado objetivo”, sino solo por el Señor. Fue el Señor quien encontró a Abraham en Ur de los Caldeos y lo llevó a Canaán. Fue el Señor quien hizo sacar a José de la cárcel, no el faraón. Fue el Señor quien buscó y encontró a Moisés cuando era un fracasado en el desierto. Fue el Señor quien le dijo a Samuel que todavía faltaba uno entre los hijos de Elí, David, quien no era recordado ni por su propio padre. Fue el Señor quien llamó a Pedro cuando estaba bastante ocupado en sus tareas de pesca como cualquier día. Fue el Señor quien doblegó a Saulo para convertirlo en su más prominente siervo, cuando en realidad su misión de vida era acabar con los cristianos.

Nuestro ministerio no es el resultado de encuestas o votaciones, sino de la voluntad del Señor. Así se lo dijo a Jeremías, “…Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones” (Jer. 1:5). El apóstol Pablo señaló con absoluta claridad que tanto los dones, las operaciones y los ministerios son obra directa del Espíritu Santo, “…el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos” (1 Cor. 12:4–6). Por eso, la seguridad de la eficacia, la pertinencia y la prosperidad de mi ministerio pastoral no descansa en el poder de las redes sociales y en lo mucho y lo poco que lo presente y actualice en frente de otras personas. Mi ministerio descansa en la firme convicción de que “…no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:16).

Orgullo oculto

La autopromoción siempre tendrá que lidiar con nuestro sutil pero poderoso orgullo. Al orgullo le encanta disfrazarse de buenas intenciones, de razones “más allá de nosotros mismos”, de testimonio público, etc. etc. Pero sabemos cuán engañoso es nuestro corazón, ¿no es cierto? Job declaraba como una maldad que negaba al Dios soberano el que su corazón se haya engañado en secreto al besar su propia mano (Job 31:27–28). ¿Cuántas fotos y textos de nuestro Facebook, Twitter e Instagram podrían ser modernos “besamanos” personales?

Los cristianos y sus ministros no hacen las cosas para “ser vistos” sutilmente, ni tampoco abiertamente, como quien va con una “trompeta” anunciando su generosidad. Tal es el grado de discreción que debemos guardar con nuestro corazón en público y en privado que el Señor ordena que al hacer el bien “…no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha…” (Mt. 6:3). Aun al orar debemos evitar que nuestro corazón se deleite en hablar con Dios pero dándole mayor importancia a los aplausos humanos. En ambos casos, el Señor impone el secreto y que no esperemos en la popularidad humana, sino en la recompensa que solo deberá venir del Señor.

Nuestra vida pastoral no puede convertirse en una continua exposición publicitaria. Por el contrario, debemos reconocer, como lo dice Tim Keller: “Es una pérdida de orgullo y voluntad propia lo que lleva a una persona a servir a otros con humildad”. Hay ocupaciones que requieren sensibilidad, secreto y un bajo perfil permanente. Entre ellas, el ministerio pastoral ocupa el primer lugar. Ni un policía, ni un bombero y menos un doctor o una enfermera asisten a otros con una cámara en la mano. Lo mismo sucede con el ministerio pastoral.

Si somos siervos, debemos vivir como tales, ser tratados como tales, actuar como tales.

Si somos siervos, debemos vivir como tales, ser tratados como tales, actuar como tales. No nos toca a nosotros ser nuestros propios periodistas o publicistas, ni tampoco debemos fomentar que otros lo sean por nosotros. Esto sería un contrasentido a nuestro propio llamamiento porque no podemos olvidar, una vez más, que “ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento” (1 Cor. 3:7). Siguiendo la misma lógica, Pablo continúa diciendo, “…¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? (1 Cor. 4:7). La naturaleza de nuestro llamado nos obliga a reconocer que nada es nuestro, que no somos nada, y que todo se lo debemos a Cristo, nuestro Salvador y Señor, quien es el único que merece toda gloria y honra.

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