Los cristianos se caracterizan por el amor

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de 7 amenazas que enfrenta toda iglesia y tu parte en superarlas (B&H Español, 2018), por Juan Sánchez.

Esto dice el Señor Jesús a la iglesia en Éfeso en el libro de Apocalipsis, una iglesia caracterizada por guardar la doctrina del Señor: “… tengo en tu contra que has abandonado tu primer amor” (v. 4 NVI). Para tomar prestadas las palabras de Pablo, la pureza doctrinal sin amor es como “… metal que resuena o un platillo que hace ruido”. Si tengo la doctrina correcta y las prácticas correctas, “… pero me falta el amor, no soy nada”. Si disciplinamos a todos los falsos maestros y quemamos todos los planes de estudio heréticos, “… pero no tengo amor, nada gano con eso” (1 Co. 13:1-3 NVI).

Es una pena que la iglesia de Éfeso hizo esto exactamente. Creyeron en las cosas correctas e hicieron lo correcto. Protegieron la iglesia de personas malvadas y de falsos apóstoles. Sin embargo, a pesar de todos los aciertos, abandonaron el amor (Ap. 2:4). Esto no es un delito pequeño. Esta es la primera amenaza que Jesús desea exponer al comienzo de Apocalipsis; de entre siete iglesias, Jesús habla primero sobre esta. Es una amenaza que viene con una advertencia clara: a menos que se arrepientan, Jesús quitará su candelabro (y con esto su condición de iglesia, v. 5). Si continúan, perderán el derecho eterno sobre el mismo evangelio que defienden tan apasionadamente.

Entonces esta amenaza es seria. Pero, ¿qué significa exactamente haber “… abandonado tu primer amor” (v. 4)?

Cuando un fariseo le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?”, Él respondió: “… ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente…”. Pero Jesús continuó: “El segundo se parece a éste: ama a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mt. 22:36-40 NVI). El amor por Dios es inseparable del amor por los demás.

En su primera carta, el apóstol Juan también une el amor por Dios y el amor por los demás, al argumentar que nuestro amor mutuo brota del amor de Dios por nosotros. Juan expresa: “Amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn. 4:7 NVI). De hecho: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (v. 8).

¿Cómo es el amor de Dios exactamente? Este se manifiesta de la manera más gloriosa al enviar a Jesús para salvarnos del juicio. Juan explica: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados” (v. 10 NVI). Ese sencillo versículo debería alentar tu corazón y afirmar tu mente; si no lo hace, ¡retrocede y vuelve a leerlo! Medítalo; saboréalo. Esta verdad es personal, profunda y sumamente sencilla, todo al mismo tiempo: “Él nos amó”.

Un amor profundo por los demás debería fluir de nuestro conocimiento de Dios y su amor por nosotros.

Al meditar en la verdad del amor de Dios por nosotros en Cristo, nuestros corazones deben ser guiados en dos direcciones. Primero, debemos ser movidos a amar y adorar a Dios. Pero para aquellos de nosotros que somos consumidores teológicos y reformadores celosos, debemos tener cuidado de que nuestro amor por Dios no se convierta en un mero amor por la teología. Una vez que la gracia de Dios nos ha alcanzado, es natural que deseemos crecer en nuestro conocimiento de Dios. Pero con demasiada frecuencia, este amor por conocer a Dios se convierte en un mero amor por conocer sobre Dios. Si no tenemos cuidado, Dios puede convertirse en un objeto de estudio impersonal. Y, cuando eso suceda, nuestras cabezas se colmarán con el estudio de la doctrina, pero nuestros corazones se enfriarán a la verdad, la belleza y la gloria del Dios trino.

Cada sermón que preparamos, cada estudio bíblico al que asistimos y cada podcast que escuchamos, deberían conducirnos a un amor más profundo por Dios que nos mueva a responder en adoración, alabanza y reverencia por Él. Esa debe ser siempre la meta. Si no es así, no solo estamos perdiendo el tiempo, sino que nos estamos exponiendo al peligro.

Segundo, un amor profundo por los demás debería fluir de nuestro conocimiento de Dios y su amor por nosotros. Por lo tanto, “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (v. 8). El amor es la señal inequívoca de un cristiano. El amor de unos por otros no solo anuncia al mundo que seguimos a Jesús (Jn. 13:35), sino que también demuestra que Jesús es quien afirma ser (17:20-21). Debemos ser una prueba viviente de la verdad que proclamamos. Entonces, abandonar el amor (Ap. 2:3) no significa solamente perder tu afecto y celo por el Dios que envió a Su Hijo para salvarnos de Su ira; también significa fracasar en amar a los demás.

No es difícil abandonar el amor. Esto no sucede de golpe. Considera a una cristiana nueva. Con gran entusiasmo, ella devora la Biblia y se lee con avidez dos o tres libros cristianos a la semana. Pero, a medida que su conocimiento aumenta, también aumenta su orgullo. Antes de darse cuenta, siente que ha crecido más que la mayoría de los cristianos a su alrededor. Nuestra cristiana piensa para sí misma que, a diferencia de ella, los demás son perezosos en la lectura de la Biblia; a diferencia de ella, estos no toman en serio su pecado; a diferencia de ella, están demasiado arraigados a este mundo. A medida que aumenta el orgullo espiritual, también aumenta nuestra disposición a juzgar pecaminosamente a los demás. Y, a medida que aumenta nuestra disposición a juzgar pecaminosamente a los demás, nuestro amor por ellos se torna cada vez más frío.

O imagina un pastor que se ha hastiado de la Biblia, de Dios y de su iglesia, pero entonces descubre la teología reformada. Nunca antes había sentido tanta admiración por Dios; nunca antes había estado tan consciente de la gracia y la soberanía de Dios. Por primera vez en mucho tiempo, su fe y su amor por Dios y por Cristo están creciendo. Pero rápidamente se da cuenta de que su congregación no está con él. Ellos plantean que su predicación ha cambiado. Sus sermones ahora parecen más difíciles de entender. De hecho, son mucho más largos. Y el pastor se pone a la defensiva; siente que la congregación está en su contra, pero se compromete a defender la fe verdadera a pesar de que sea recibida con frialdad. Entonces sigue adelante con todas sus energías. Los sermones que una vez parecían difíciles de entender, ahora son claros; es decir, claros en su condena. La congregación siente que estos son duros, pero el pastor está convencido de que ahora separa fielmente el trigo de la paja. Sin embargo, es lamentable que no se percate de que ha “abandonado su primer amor”.

Si practicamos el amor genuino por los demás, le mostraremos al mundo que somos seguidores de Jesús.

Seamos honestos. Todos sabemos que es fácil perder el amor por quienes nos critican, se quejan de nosotros o incluso nos atacan. Es en contextos como estos que Jesús nos ordena: “… Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo…” (Mt. 5:44-45 NVI). Sin embargo, también es fácil perder el amor por aquellos a quienes consideramos inferiores a nosotros en su doctrina y prácticas.

Nuestra unidad y amor por otros creyentes tiene como propósito ser un testigo poderoso de la verdad de que el Padre ha enviado a su Hijo y que somos cristianos genuinos. ¡Por eso me entristece ver a hermanos y hermanas en Cristo caer en discusiones acaloradas en Twitter o Facebook sobre asuntos teológicos de poca importancia!

Y recordemos que el odio y la mordacidad que un mundo hostil e incrédulo nos arrojan solo aumentarán, pero estas personas no son nuestros enemigos, son nuestro campo misionero. Y aquellos que son diferentes a nosotros, pero que también siguen a Cristo, tampoco son nuestros enemigos; son nuestra familia. Somos llamados a amar a los dos. Y aunque puede llegar el momento en que ya no nos asociemos con los cristianos profesantes que promueven divisiones y falsas enseñanzas en la Iglesia (2 Ti. 3:1-9), la Biblia en ninguna parte nos concede la licencia para abandonar el amor.

En su libro What Did You Expect? [¿Qué estabas esperando?], Paul Tripp define el amor de esta manera: “El amor es estar dispuesto al autosacrificio por el bien del otro, sin exigir reciprocidad ni que la persona amada sea merecedora de ese amor”. Creo que es una definición útil del amor. Debido al amor de Dios por nosotros en Cristo y al ejemplo del amor de Cristo por nosotros, hemos de vivir vidas de autosacrificio voluntario por los demás.

La posibilidad de que Jesús elimine el candelabro de los efesios, nos muestra que es posible creer lo correcto y no ser iglesia. Es posible hacer todas las cosas correctas y no ser iglesia. Es posible defender los valores morales correctos y no ser iglesia. Pero, si practicamos el amor genuino por los demás, le mostraremos al mundo que somos seguidores de Jesús, y que el Padre ha enviado a su Hijo al mundo para salvar el mundo.


Imagen: Lightstock.
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