Lo que envenena al corazón

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Decisiones que transforman: Un estudio bíblico sobre nuevos comienzos (B&H Español, 2019), por Wendy Bello.

Ella fue una de las pocas mujeres que recibieron el título de profetisa; de hecho, es la primera que tuvo el honor. En ella, el don profético se manifestó mediante poesía acompañada de canto, como en los tiempos de David y Samuel. Su nombre podría significar amargura, rebelión, pero en la Escritura se la conoce como Miriam o María, la hermana de Moisés. La misma que veló por él cuando, siendo un bebé, tuvieron que colocarlo en una canasta en las aguas del Nilo. 

De acuerdo al relato bíblico, no tenemos mención de que se casara ni tampoco de un esposo, por lo que podemos pensar que ella fue una mujer soltera. Esto era algo muy poco común para una época en la que el único valor que la mujer tenía, a nivel social, estaba en tener una familia y criar hijos. ¡En verdad que la Biblia es un libro increíble! Sí, porque, si pensaste por un momento que Dios no tiene espacio para las solteras, a partir de hoy ya puedes cambiar tu perspectiva. 

Miriam fue una mujer que se dedicó al servicio de Dios al contribuir al ministerio de sus dos hermanos, Moisés y Aarón. Si lo analizamos, nos daremos cuenta de que fue también la primera mujer “líder de alabanza”; míralo tú misma: “Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas. Y María les respondía: Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; Ha echado en el mar al caballo y al jinete” (Ex. 15:20-21 RV60).

Sin embargo, como tú y como yo, ella no fue perfecta. Aunque Dios la usó en varias ocasiones, algo en su corazón no estaba bien y el problema no se hizo esperar. “María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado; porque él había tomado mujer cusita. Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová” (Nm. 12:1-2 RV60).

A primera vista pareciera que el problema era el matrimonio de Moisés, pero en realidad eso fue meramente un pretexto que ocultaba lo que de verdad estaba molestándoles. 

Es interesante también que la Biblia diga “María y Aarón”. Por lo general, los redactores bíblicos no ponían primero el nombre de las mujeres. El hecho de que aquí este aparezca así me lleva a pensar que fue ella quien comenzó la murmuración. ¡Y no me extraña! ¡Era una mujer! Nosotras somos más dadas a estas cosas; seamos honestas. 

Pero el problema de Miriam no era propiamente la esposa de Moisés porque en su cuestionamiento, en realidad, lo que se menciona es el papel protagónico de su hermano. ¿Qué los motivó? Celos y envidia. Los celos dicen: “Temo perder lo que tengo”. Tal vez ella pensó que, ahora que Moisés era el líder, nadie prestaría atención a sus cantos, ni siquiera las mujeres a las que había guiado en aquel día histórico. La envidia dice: “Yo quiero lo que tú tienes”. ¿Qué quería Miriam? Lo que tenía Moisés, el mismo respeto y reconocimiento porque, a fin de cuentas, “Dios también había hablado a través de ella”. ¿Te suena familiar?

La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida.

Todas luchamos con eso en un momento u otro de la vida, o quizás en más momentos de los que quisiéramos admitir. ¿Y sabes por dónde empiezan la envidia y los celos? Por la comparación. Cuando yo comparo mi realidad con la tuya, cuando tú comparas tu familia con la de tu amiga, cuando comparamos nuestros ministerios o trabajos, poco a poco nuestro corazón comienza a contaminarse y, sin darnos cuenta, llegamos al punto en que Miriam se encontró cuestionando a Moisés… ¡y a Dios!

Recuerda que tú y yo vivimos bajo la gracia de Dios que nos dice: “Con envidias y celos, te amo y te perdono”. Sin embargo, eso no nos exonera, ¡al contrario! La Palabra está llena de exhortaciones a cuidar de nuestro corazón y limpiarlo de cosas tan contaminantes como estas. Podemos justificarlo de mil maneras, pero déjame decirte sin tapujos que la envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida. Desde un principio, Él lo dejó bien claro. 

El Creador, que nos conoce muy bien por eso mismo, porque es nuestro Creador, sabía que el codiciar produce envidia, y la envidia, muerte. 

Sí, quizás ni tú ni yo hemos matado a nadie por envidia literalmente, pero en nuestro corazón… ¡ah, la historia es muy diferente! Ese llamado “monstruo verde” nos devora. 

En muchas ocasiones, la marcha de nuestra vida también se detiene porque hemos decidido actuar de la misma manera y dejar que la envidia tome el control de nuestras decisiones. Con toda honestidad, ¿se está enfermando tu corazón por causa de este mortífero veneno? ¿Has entendido que eres una persona que constantemente se siente insatisfecha? La única manera de liberarnos es dejar que Dios nos cure. Y para ello necesitamos implementar primero estos pasos: 

  1. Reconocer los celos y la envidia como lo que son, un pecado. 
  2. Confesarlos a Dios y arrepentirnos.
  3. Rendirnos a la obra transformadora del Espíritu Santo para que esta actitud cambie. 

¿Cómo luce esa obra transformadora en este caso? ¿Qué decisión personal podemos tomar para ver el cambio?


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Imagen: Lightstock.
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