Lecciones que me enseñó mi padre

Mi padre fue H.B. Charles padre, quien por 40 años hasta su muerte en 1989 pastoreó la Iglesia Bautista Misionera de Monte Sinaí de la ciudad de Los Ángeles. Todo lo que vi a mi padre hacer fue servir a la iglesia. Ya sea que me convirtiera en predicador o no, el ejemplo de mi padre me enseñó a asociar el cristianismo con el servir a los demás.

El Señor me llamó a predicar cuando aún era un niño, y a los 11 años prediqué mi primer sermón. Al llegar a mi adolescencia, ya predicaba prácticamente todas las semanas. Yo tenía 16 años cuando mi padre murió, y un año y medio después, a los 17, me llamaron para tomar la posición de pastor de Monte Sinaí que él había dejado.

Él estuvo orando al Señor para que me llamara a predicar, pero nunca me animó ni me instó a que lo hiciera. Él quería que el llamado viniera del Señor y no de él. Cuando me escuchaba predicar, las lágrimas corrían por su rostro, pero él me trataba rigurosamente, con el deseo de que tomara en serio mi llamado. Con frecuencia me advertía que no fuera un estereotipo, ni una luz momentánea. Él quería lo mejor para mí.

No estuve muchos años con mi padre, pero él fue la persona más influyente en mi ministerio. Al ver hacia atrás la senda de mis 25 años de pastorado, puedo ver más claramente las diferentes formas en que mi padre fue mi mentor. En su mayor parte, no se trató de una instrucción formal. Él me llevaba a servicios, clases, funerales, visitas a hospitales, y a reuniones. Me instruía a lo largo del camino.

Estas son algunas de las lecciones que mi padre me enseñó.

A leer diversamente

Mi padre era un lector voraz. Muchas de mis imágenes mentales consisten en él sosteniendo un libro. Él poseía miles de ellos, esparcidos por todas partes. Sin embargo, él los guardaba con celo y vigilancia. Vivía en un mundo de libros, y constantemente se quejaba de que yo no leía lo suficiente. Cuando le hacía alguna pregunta, él iba a su biblioteca y buscaba un libro para que yo leyera. Yo respondería diciendo: “Olvídalo”. Pero me alegra que a través de los años, su disciplina por la lectura se impuso en mi vida. Ahora cuando me reúno con los ministros asociados de mi iglesia, suelo empezar haciendo la pregunta que escuché a mi padre hacer un sin número de veces: “¿Qué están leyendo?”.

A tomar en serio la preparación de mis sermones

Los domingos en la mañana mi padre predicaba dos sermones diferentes. Los lunes daba la conferencia para los ministros, y en la noche tenía las reuniones con los maestros de la escuela dominical de la iglesia. Cada mensaje era escrito totalmente a mano. Su secretaria los recibiría el jueves, para escribirlos a máquina y regresárselos el viernes, al final del día de trabajo. Nunca lo vi llegar al púlpito sin estar preparado. Mi padre también daba una clase para ministros los martes por la noche. Él les daría primero un mensaje devocional, después analizaban alguna de las áreas del ministerio, y luego él quería escuchar lo que cada predicador estaba estudiando. ¡No importaba si solo predicabas una vez al año! Su disciplina para estudiar y estar listo al llegar al púlpito me enseñó a tomar en serio la preparación de mis sermones.

A ser generoso

Mi padre se vestía impecablemente. Le encantaba la ropa. Sin embargo, la regalaba con liberalidad. Todavía me encuentro con pastores que me dicen que mi padre les dio su primer traje, o un buen par de zapatos. Él disfrutaba tanto el comprarlos como el regalarlos. Pero esa es solo una de las expresiones de su generosidad. No recuerdo haber oído a mi padre citar las palabras de Jesús: “Mas bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35). Sin embargo, él las vivía con frecuencia. Hoy soy bendecido por aquellos que son amables conmigo para, de alguna forma, pagar la generosidad de mi padre hacia ellos.

A amar a mi congregación

Hay pastores que les encanta el predicar, pero no soportan a las personas a quienes están llamados a predicar. Mi padre definitivamente amaba predicar. Sin embargo, él amaba a su congregación tanto como amaba el púlpito. Nunca le escuché quejarse de sus ovejas. Le encantaba estar con ellas, y siempre estaba presente en tiempos de crisis. Él incluso amaba a quienes eran difíciles de amar. Mi padre era un amante del púlpito, pero cuando me encuentro con sus antiguos miembros, raramente hablan acerca de sus sermones. Más bien, me cuentan de sus visitas, bautismos, funerales, bodas, y un sinnúmero de formas de como él, amorosamente, los pastoreó.

A ser un amigo para los predicadores

Para cuando mi padre murió, en su iglesia ya había 19 ministros asociados. Él fue un amigo para los ancianos y una figura paterna para los jóvenes. Esto se extendía a los predicadores fuera de su congregación. Hacía lo que podía para ayudar a los hermanos pastores más allá de la iglesia Monte Sinaí. Él enseñaba lo que sabía y compartía lo que tenía. Muchos domingos por la tarde, nosotros íbamos a adorar con otras congregaciones. A menudo, él iba para ayudar al pastor de alguna congregación pequeña, el cual no podía pagarle el favor. Esta es una de las razones por la cual yo tuve tantas oportunidades de predicar cuando era muchacho. Estos hombres me enseñaban en agradecimiento a la amistad que les unía a mi padre. Debido a la influencia de mi papá, no existe una categoría de predicadores que me disguste. Él me enseñó a ser un amigo para todos ellos.

A sobrellevar con fe las tormentas del ministerio

Mi padre era un pastor muy amado. Monte Sinaí era una iglesia grandemente bendecida, y su ministerio allí fue fructífero. Pero su pastorado no estuvo libre de tormentas. El sol no puede brillar todos los días por cuarenta años. Mi viejo soportó varios huracanes ministeriales, tanto así que hubo momentos en que parecía que el aullido de los vientos nunca se detendría, y que la lluvia nunca dejaría de caer. No obstante, mi padre perseveró en las tormentas con una inquebrantable confianza en la fidelidad de Dios. A menudo él decía: “Puede que la casa se tambalee, pero nunca se caerá”. Y nunca sucedió. El Señor lo sostuvo en medio de todo. Él enfrentó traiciones, divisiones en la iglesia, percances financieros, oposición, y momentos de sequía espiritual; con fe en que el Señor cuidaría de él, de su familia, y de la iglesia. Su obstinada confianza ha sido de gran beneficio para mí, ya que me ha ayudado a enfrentar mis propias tormentas ministeriales a lo largo de los años. Hoy estoy convencido de que las cosas no son tan malas como parecen cuando el Señor está de tu lado.

Puedes recuperarte después de tus errores

Yo comento muchísimo acerca de las lecciones que mi padre me enseñó, pero no todas las lecciones fueron positivas. Con su ejemplo negativo, en ocasiones, él también me enseñó lo que no debo hacer. Aunque joven, vi a mi padre cometer algunos errores colosales. Yo tenía un asiento en primera fila para ver las cosas que él no debió haber dicho o hecho. Sin embargo, mi padre no ocultó sus errores. Él admitía cuando estaba equivocado. No podría expresar el impacto que tuvo en mi vida el ver a esa titánica figura disculparse —en privado y en público— cuando él estaba equivocado. Muchos contratiempos ministeriales fueron ocasionados por sus propias acciones. Pero por la gracia redentora de Dios, él se levantaba y seguía luchando. Las aflicciones se convertían en bendiciones. Al ver los errores de mi padre, he aprendido que los fracasos no son definitivos. Dios te puede dar nuevas fuerzas, un nuevo comienzo, y otra oportunidad.


Publicado originalmente en H.B. Charles, Jr. Traducido por Andreina López.
CARGAR MÁS
Cargando