Las tres maneras de responder a Dios

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Iglesia centrada: Cómo ejercer un ministro equilibrado y centrado en el evangelio en la ciudad (Vida, 2013), por Timothy Keller.

Los cristianos típicamente identifican dos maneras de responder a Dios: seguirlo y hacer su voluntad, o rechazarlo y hacer lo nuestro. En último término es verdad, pero hay en realidad dos maneras de rechazar a Dios que deben distinguirse la una de la otra. Se puede rechazar a Dios rechazando su ley y viviendo a nuestro antojo. Y también puede rechazarse a Dios abrazando y obedeciendo la ley de Dios como manera de ganar la salvación. El problema es que la gente de este último grupo –la que rechaza el evangelio en favor del moralismo– da la impresión de que está tratando de cumplir la voluntad de Dios. En consecuencia, no hay solo dos formas de responder a Dios, sino tres: irreligión, religión, y el evangelio.

La irreligión es evitar a Dios como Señor y Salvador ignorándole del todo. La “religión” o moralismo es evitar a Dios como Señor y Salvador desarrollando una rectitud moral para presentársela a Dios en un esfuerzo por mostrar que Él nos “debe”. El evangelio, sin embargo, nada tiene que ver con desarrollar una justificación que le damos a Dios para que Él nos deba; es Dios el que desarrolla y nos da justificación a través de Jesucristo (1 Co. 1:30; 2 Co. 5:21). El evangelio se diferencia de la religión y de la irreligión, del moralismo y del relativismo.

A lo largo de la Escritura

Este tema corre a lo largo de la Biblia. Cuando Dios libera a los israelitas de la esclavitud en Egipto, primero los saca y luego les da la ley para que la obedezcan. La obediencia a la ley es el resultado de su liberación y elección, no la causa de ella (Éx. 19:4-5; Dt. 7:6-9). Cuando Dios hace el pacto con los israelitas, les advierte que es todavía posible que sean incircuncisos de corazón (Lv. 26:41; Dt. 10:16; 30:6; Jr. 4:4), aun cuando acaten y obedezcan todas las leyes, observancias, y rituales del culto.

Fue necesario el Nuevo Testamento para describir lo que significa la verdadera circuncisión (Fil. 3:3). Pablo nos dice que el circuncidado de corazón no depende de guardar la ley para su seguridad ante Dios. Pablo explica las tres maneras de vivir de acuerdo con el Antiguo Testamento: (1) literalmente incircunciso (paganos e incrédulos que no se someten a las leyes de Dios); (2) circuncidado únicamente en la carne (sometido a la ley de Dios, pero confiando y dependiendo de ella) y (3) circuncidado en el corazón (sometido a la ley de Dios como respuesta a la gracia salvífica de Dios).

Si usted busca estar a bien con Dios por medio de su moralidad y religión, no está buscando a Dios para su salvación; está usando a Dios como un medio para lograr su propia salvación.

En el Nuevo Testamento estas tres maneras aparecen visiblemente en Romanos 1-4. Comenzando en Romanos 1:18-32, Pablo muestra cómo los paganos, los gentiles inmorales, están perdidos y alienados de Dios. En Romanos 2:1 – 3:20, Pablo, contra lo que podía esperarse, afirma que los judíos morales, creyentes en la Biblia, también están perdidos y alienados de Dios. “¿Entonces qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? ¡De ninguna manera! […]. Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios’” (Ro. 3: 9-11).

La última parte de esta afirmación es especialmente asombrosa, porque Pablo concluye que miles de hombres y mujeres que diligentemente obedecían la Biblia y creían en ella no estaban buscando a Dios, ni siquiera dentro de su religión. La razón es que, si usted busca estar a bien con Dios por medio de su moralidad y religión, no está buscando a Dios para su salvación; está usando a Dios como un medio para lograr su propia salvación. Pablo prosigue en el resto de Romanos para explicar que el evangelio es buscar a Dios en Cristo para salvación mediante la sola gracia y mediante la sola fe.

En todos los Evangelios se describen estas tres maneras –religión, irreligión, y el evangelio– repetidamente en los encuentros de Jesús. Ya fuera un fariseo o un cobrador de impuestos (Lc. 18), un fariseo o una mujer enferma (Lc. 7), o una multitud respetable y un hombre poseído del demonio (Mr. 5), en cada instancia la persona menos moralista, menos religiosa, conecta más fácilmente con Jesús. Incluso en Juan 3 y 4, donde ocurre un contraste parecido entre un fariseo y una mujer inmoral samaritana, esta recibe el evangelio con alegría, mientras que Nicodemo el fariseo tiene que volver, evidentemente, a casa para pensárselo. Aquí tenemos la versión del Nuevo Testamento de lo que podemos ver en páginas anteriores de la Biblia: que Dios escoge las cosas necias para vergüenza del sabio, las débiles para avergonzar al fuerte, para mostrar que su salvación es por gracia (véase 1 Co. 1:26– 31).

Es mucho más fácil pasar del evangelio a la religión y no al contrario. Una de las ideas fundamentales de Martín Lutero es que la religión es el modo por defecto del corazón humano. Hasta las personas irreligiosas logran su aceptación y autoestima viviendo según su escala de valores. Y los efectos de “obras-religión” persisten de forma tan obstinada en el corazón, que los cristianos que creen en el evangelio a un nivel continuarán volviéndose a la religión y operando a niveles más profundos como si se salvaran por sus obras.

Predicando la tercera vía para todos

Si está comunicando el mensaje del evangelio, no solo debe ayudar a los oyentes a distinguir entre obedecer a Dios y desobedecerlo; debe también trazar una clara distinción entre obedecer a Dios como medio de auto-salvación y obedecer a Dios en gratitud por la salvación completada. Deberá distinguir entre la religión general y moralista, y el cristianismo del evangelio. Siempre deberá presentar a sus oyentes tres maneras de vivir.

Un profundo entendimiento del evangelio es el antídoto para la licencia y el antinomianismo.

La manera más importante de hacer que la gente posmoderna escuche, que los cristianos nominales sean confrontados, que los cristianos “dormidos” despierten, e incluso que los cristianos comprometidos disfruten –todo al mismo tiempo– es predicando el evangelio como la tercera vía de acercarse a Dios, algo distinto de la irreligión y la religión. ¿Por qué?

Primero, porque muchos que se llaman cristianos son solamente creyentes nominales; son puros “hermanos mayores” (véase Lucas 15:11-32) y a menudo hacer esta distinción puede ayudar a que se conviertan. Segundo, muchos cristianos genuinos son también algo “hermano mayor” –enojados, mecánicos, superiores, inseguros– y haciendo esta distinción tal vez sea la única manera de alcanzarlos. Tercero, la mayoría de la gente postmoderna ha sido criada en iglesias –o cerca de ellas– que son demasiado “religiosas”. Han observado cómo la gente religiosa tiende a reafirmar el propio sentido de su valía al convencerse de que son mejores que los demás, y esto conduce a excluir y a condenar a otros.

La mayoría de los no creyentes contemporáneos han rechazado estos frutos venenosos de la religión, pero cuando lo hicieron, pensaron que habían rechazado el cristianismo. Si oyen que usted los llama a seguir a Cristo, incluso si emplea un lenguaje bíblico como “recibe a Cristo y serás adoptado en su familia” (véase Juan 1:12-13), automáticamente creerán que los está llamando al acercamiento a Dios de “hermano mayor”, moralista y religioso. Salvo que constante y claramente usted les demuestre que han malentendido el evangelio y que les está hablando de algo más que religión, no escucharán el verdadero evangelio.

Hay quienes alegan que mencionar siempre “gracia, gracia, gracia” en nuestros sermones no ayuda en nada. La objeción es más o menos así: “Sin duda el fariseísmo y el moralismo no son actualmente el problema de nuestra cultura. Más bien, nuestro problema es la licencia y el antinomianismo. La gente carece de un sentido de lo que es bueno o malo. Es redundante hablarle de gracia todo el tiempo a la gente postmoderna”. No creo que esto sea cierto. Primero, porque a menos que señale las “buenas nuevas” de la gracia, la gente no será capaz de soportar las “malas nuevas” del juicio de Dios. Segundo, a menos que usted critique el moralismo, mucha gente irreligiosa no comprenderá la diferencia entre moralismo y lo que usted ofrece en el evangelio. Un profundo entendimiento del evangelio es el antídoto para la licencia y el antinomianismo.

Al final, el legalismo y el relativismo en las iglesias no son igualmente malos; son básicamente lo mismo. Se trata solo de estrategias diferentes de salvación por uno mismo basadas en el esfuerzo humano. Independientemente de que una iglesia sea ligera en la doctrina y le haga guiños al pecado, o esté marcada por el regaño y la rigidez, carecerá del poder que promete. El único modo de ministrar que busca que la vida de la gente sea transformada, que produce alegría y poder y energía sin autoritarismo, es mediante la predicación del evangelio para destruir el legalismo y el relativismo.


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