×

La vida abundante es una vida sufrida

“Es difícil desear sufrir; presumo que la Gracia es necesaria para desearlo”, escribía Flannery O’Connor en 1947, siendo joven, en su diario de oración. Esto hace surgir la pregunta: “¿Por qué alguien desearía sufrir?”.

En los años posteriores a esta entrada en su diario, los cuentos y las cartas de O’Connor, por no mencionar su propia vida, estarían llenos de sufrimiento. O’Connor llegó a ver el sufrimiento como una bendición disfrazada y aún como una señal del favor de Dios. En una carta observó: “Los amigos de Dios sufren”.

Ver el sufrimiento como un regalo de Dios, una marca de su favor, o una señal de su amistad, parecen ser ideas muy distantes de las expectativas habituales de nuestros días. Más bien podemos escuchar distorsiones de las promesas de Dios tal como “Jesús sufrió para que nosotros no tengamos que hacerlo” —un cliché común que circula en grupos del evangelio de la prosperidad donde “salud y riqueza”, no “dolor y privación”, se consideran señales del favor y la amistad de Dios.

La mayoría de nosotros vemos el sufrimiento como una una sorpresa que nunca deseamos, no como gracia envuelta en un disfraz

Pero también me refiero a la suposición más generalizada, y a menudo no verbalizada, de que el sufrimiento es inusual: una imposición a nuestras vidas, una interrupción de los buenos propósitos de Dios, o aún una señal de su descontento. ¿Porqué me ocurre esto a mí? ¿Qué he hecho para merecer esto? La mayoría de nosotros vemos el sufrimiento como una visita no grata e inoportuna; una sorpresa que nunca deseamos, no como gracia envuelta en un disfraz.

Sin embargo, las páginas de la Biblia y la misma vida de Jesús nos enseñan que el sufrimiento no solo es algo inevitable para todos, sino que en la sabiduría de Dios es el camino necesario hacia una vida buena y hermosa. Necesitamos pasar por el crisol del sufrimiento para experimentar la libertad y el descanso que Jesús promete darnos (Jn. 10:10).

El sufrimiento es inevitable

“Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo,” escribe Pedro (1 P. 4:12). Él no solo nos dice que no debemos sorprendernos por el sufrimiento, sino que debemos elegir regocijarnos en él. Sin duda es una exhortación extraña, pero es una que hace eco de las palabras de Pablo (“nos gloriamos en las tribulaciones”, Ro. 5:3), de Santiago (“Tengan por sumo gozo… cuando se hallen en diversas pruebas”, Stg. 1:2), y del salmista (“Bueno es para mí ser afligido”, Sal. 119:71).

Deberíamos esperar lágrimas, aún temporadas de llanto descontrolado (Sal. 6:6), en las que nos sentimos abrumados muy por encima de nuestra capacidad de aguante (Sal. 69:1; 2 Co. 1:8), y nos preguntemos cuándo, si es que en algún momento, terminará tal dolor (Sal. 13:1). La Biblia nos dice esto. Y si no esperamos dolor y lágrimas, cuando suframos, no solamente sufriremos lo que sufrimos, sino que añadiremos la decepción a nuestro sufrimiento: un sentimiento de traición y amargura de que en algún momento “metí la pata”, que Dios no ha cumplido con su parte del acuerdo, o simplemente la confusión de que el mundo no funciona de la manera que pensé que funcionaría. Paul Tripp lo dice de esta manera: “Nunca sufres solamente lo que estás sufriendo, sino que también siempre sufres la manera en que estás sufriendo esa cosa”.

El sufrimiento es necesario

Si Jesús, el hijo perfecto, tuvo que aprender a confiar y obedecer por medio del sufrimiento, ¿cuánto más necesario lo es para ti y para mí?

Como pastor, algunas veces me preguntan: “Pero ¿es necesario? ¿Debe uno pasar por un tiempo de intenso dolor, errante por el desierto, por el valle, para experimentar una vida nueva y mejor?”. Detrás de la palabra “necesario” está la suposición de que nosotros estamos en control. Pero no lo estamos. En “su debido tiempo” Dios nos levantará (1 P. 5:7), pero debemos someternos a la realidad de que nuestros tiempos están en sus manos (Sal. 31:15). Tal fue para Jesús, será para nosotros: el camino de Dios hacia la nueva vida siempre pasa por la crucifixión.

Jesús, la perfecta imagen de Dios y el perfecto ser humano, nos muestra que una vida humana plena debe incluir sufrimiento, y que solo podremos llegar a ser el hombre o la mujer que Dios quiere que seamos a través del sufrimiento. Jesús, quien fue sin pecado y nunca hizo nada para merecer el desagrado del Padre, fue hecho “perfecto por medio de los padecimientos” (Heb. 2:10). El autor de Hebreos se atreve a decir que Jesús “aprendió obediencia por lo que padeció (Heb. 5:8), y esto es parte de lo que hace de Él nuestro misericordioso Sumo Sacerdote (Heb. 4:15), poderoso para ayudarnos en nuestro tiempo de necesidad. Si Jesús, el hijo perfecto, tuvo que aprender a confiar y obedecer por medio del sufrimiento, ¿cuánto más necesario lo es para ti y para mí?

Muy lejos de ser algo de lo cual Jesús nos salva, el sufrimiento está mencionado en el Nuevo Testamento como la garantía de que pertenecemos a Cristo (Ro. 8:17).

El sufrimiento es beneficioso

Nadie disfruta el sufrimiento (Heb. 12:11). Sin embargo, nuestro buen Padre permite y utiliza el sufrimiento para madurarnos, entrenarnos, y transformarnos.

“Como un niño destetado en el regazo de su madre” (Sal. 131:2), necesitamos ser desenganchados de nuestros ídolos, estos falsos dioses que nunca pueden darnos el gozo y la seguridad que buscamos de ellos. El sufrimiento nos desprende de nuestros incesantes planes para encontrar gozo en cualquier cosa o persona aparte de Dios (Sal. 4:7). Ser empujado mucho más allá de nuestra capacidad de aguante también nos entrena a depender de Dios y no en nosotros mismos (2 Co. 1:10). Por último, nuestro buen Dios utiliza el sufrimiento para transformarnos a la imagen de Cristo (Ro. 8:28-29).

Jesús nos muestra que una vida hermosa siempre conlleva sufrimiento. Él ejemplifica cómo atravesarlo (1 P. 4:12-19), y nos hace abundar en esperanza en medio de él. Gracias a Jesús, sabemos que no sufrimos para pagar por nuestros pecados; el castigo que merecíamos ya ha sido pagado en su totalidad. Sin embargo, también podemos saber que cuando sufrimos, nunca sufrimos solos. Dios en Cristo está de pie a nuestro lado en solidaridad, especialmente cuando estamos demasiado débiles para estar parados. Jesús nos enseña que nuestro sufrimiento, en las manos de Dios, siempre tiene un propósito redentor. Si Dios puede utilizar el peor evento en la historia de la humanidad para producir lo mejor que ha pasado, la salvación del mundo, entonces Él puede repetir este milagro vez tras vez en nuestras vidas.

Nuestro buen Padre permite y utiliza el sufrimiento para madurarnos, entrenarnos, y transformarnos

Dije que la idea de que “Jesús sufrió para que nosotros no tengamos que sufrir” es algo despiadado porque si tu teología te dice que no debes sufrir, entonces cuando llega el sufrimiento —o aún más desgarrador, a algún ser querido— te quedas completamente solo, culpándote a ti mismo (¿tal vez por tu falta de fe?) y sin el consuelo del varón de dolores que conoce muy bien tu dolor.

El sufrimiento no es solamente algo que le pasó a Jesús; es parte integral de quien Él es. Así que, si queremos conocerle de manera experiencial, debemos seguirle por el camino que Él caminó (Fil. 3:10).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Voicu Casian.
CARGAR MÁS
Cargando