La verdadera identidad de un creyente

En 2 Corintios, Pablo lidió con falsos apóstoles que lo acusaban de no ser un apóstol genuino de Jesús. Su defensa ante ellos fue apelar al testimonio de su vida, revelando que su identidad procedía del evangelio. Y lo que Pablo escribió sobre sí mismo también nos aplica:

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios! Al que no conoció pecado, Lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”, 2 Corintios 5:17-21.

En este texto vemos tres verdades sobre tu verdadera identidad en Cristo:

1. Eres una creación a imagen de Dios

El versículo 17 dice: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”. Si Pablo habla que en Cristo y por el evangelio ocurre una nueva creación, eso nos recuerda que, anterior a esa experiencia, fuiste creado originalmente por Dios, como vemos en Génesis 1:26-27.

Cuando Dios creó todas las cosas, Él dejó para el final su obra maestra, hecha como el evento principal de la creación: el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza. John Piper explicó así la verdad de nuestra creación a imagen Dios:

“Mi identidad fundamental es que soy diseñado por Dios para exhibir y hacer y visualizar la identidad de Dios; mi naturaleza fundamental es que yo he sido creado por Dios, para desplegar y lucir la naturaleza de Dios […] lo básico y lo más relevante de las imágenes o estatuas es que están diseñadas para reflejar o representar”.[1]

Si colocas una imagen de Napoleón en París, lo que quieres lograr es llamar la atención a la figura de Napoleón, ¿cierto? Por tanto, debemos preguntarnos: ¿para qué Dios crearía ocho mil millones de imágenes de Él en el planeta? La respuesta es simple: sería para captar y llamar la atención hacia Él mismo.[2]

No levantas una imagen de alguien con la intención de que nadie la note, o que nadie haga una conexión entre la imagen y la realidad. Tú fuiste creado a imagen de Dios para reflejar a tu Creador. Eso es lo que eres. Esa es tu identidad.

Aunque somos criaturas con grandes capacidades y habilidades, no somos el centro del universo. Dependemos de Dios para nuestra existencia.

Esta verdad tiene varias implicaciones prácticas:

  • Dios te creó como un ser religioso. Por eso te obsesionas fácilmente con cualquier cosa o persona que te cautiva. Esto no debería sorprenderte, porque lo que se está manifestando en ti es que eres un ser religioso de fábrica y que probablemente estás idolatrando algo o a alguien que Dios nunca quiso que adoraras. Nuestra tendencia fuerte e insaciable a la adoración es parte del propósito por el cual Dios te creó, para que seas saciado y estés satisfecho en Él.
  • Dios te creó separado pero dependiente de Él. No fuiste hecho autónomo de tu Creador, ni somos dioses unidos a Él. Aunque somos criaturas con grandes capacidades y habilidades, no somos el centro del universo. Dependemos de Dios para nuestra existencia. Aun nuestra identidad proviene de nuestra relación con el Creador. Por tanto, no dejemos que otros nos definan con base en alguna característica personal, ya sea una habilidad o incapacidad, o una situación personal de éxito o fracaso. Debemos dejar que sea Dios quien nos defina, no las personas.
  • Dios te hizo único. Dios ha capacitado a cada persona con características, talentos, personales, y habilidades únicas. Por tanto, nadie debería tratar a otra persona como inferior. Si abrazamos esto, no necesitamos ni siquiera hablar de autoestima o dejarnos afectar con dudas acerca del valor que poseemos, o deprimirnos con sentimientos de inferioridad, o llenarnos de ansiedad por la aprobación de los demás. Dios te hizo único para su gloria. Sé agradecido por esto, y pídele que te muestre cómo puedes expresar tu singularidad en maneras que le traigan gloria a Él.
  • Significa que Dios define nuestro sexo (masculino o femenino). Somos llamados a abrazar y vivir según el género determinado por el sexo que Dios nos dio cuando nos formó, sin elevar un género y rol por encima del otro. Cada género, varón y mujer, refleja de forma singular aspectos particulares de la gloria de Dios.

2. Sin Cristo estás bajo condenación

Cuando Pablo menciona en 2 Corintios 5:17 “las cosas viejas”, se refiere a la condición a la que el hombre cayó después de haber sido creado por Dios. Sin Cristo estamos bajo condenación y por eso necesitamos que Dios haga lo mencionado en los versículos 18-21 del texto.

Esta es la lógica: si Dios busca reconciliar al hombre con Él, es porque el hombre por su pecado se separó de Él provocando una enemistad. Y si Dios llevó a cabo un plan para no tomarle en cuenta a los hombres sus pecados (v. 19), eso significa que el hombre es responsable y culpable de sus rebeliones.

Cada pensamiento, palabra, y acción del hombre lleva manchas por la corrupción del pecado.

Para entender tu identidad es vital que reconozcas que eres un pecador, que has violentado los mandamientos de tu Creador, y eres merecedor del castigo de Dios, que es la muerte. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino” (Is. 53:6). Cada uno ha trazado su propia senda de pecado con diferentes estilos y formas de pecado según la creatividad e inclinación personal de cada corazón en su maldad.

La humanidad completa ha hecho lo malo ante Dios, poniéndose a sí misma bajo el justo juicio de Él. Aunque nuestra cultura considere a las personas como básicamente buenas, o quieran plantear que las personas nacen como neutrales hacia lo bueno y lo malo, nuestros corazones están inclinados hacia el mal desde la matriz (Sal. 51:5) y nuestras vidas lo confirman.

Cada pensamiento, palabra, y acción del hombre lleva manchas por la corrupción del pecado (Ro. 3:10-18). Nuestra rebelión cambió la dirección de nuestros corazones y desfiguró la belleza de la imagen de Dios en nosotros, convirtiéndonos en miserables pecadores con la urgente necesidad de que el Señor se compadezca de nosotros.

Pero hay algo más que nos define.

3. En Cristo eres reconciliado con Dios

Aquí llegamos a lo glorioso de la cosmovisión del evangelio. No solo reconocemos que el pecado es el problema fundamental que afecta a toda la humanidad, sino que en el gran relato del evangelio vemos que Dios, en vez de condenarnos como merecemos, introduce dentro de la historia por pura gracia a un Salvador. Alguien que nos recata y restaura al propósito original de nuestra identidad que abandonamos por causa del pecado.

El enfoque de 2 Corintios 5:17-21 está en ese Mesías. Por medio de su obra, Él toma a la criatura caída y la restaura por medio del nuevo nacimiento, la hace una nueva creación. Por eso el texto dice: “Y todo esto proviene de Dios quien nos reconcilió Él mismo por medio de Cristo […] Dios estaba en Cristo reconciliando Él mismo al mundo”.

Dios es quien decide restaurar nuestra relación con Él cuando nosotros no podíamos ni queríamos hacerlo.

La palabra “reconciliar” significa cambiar la relación de enemistad por una relación de amistad que había sido rota o interrumpida. Y Dios es quien decide restaurar nuestra relación con Él cuando nosotros no podíamos ni queríamos hacerlo. De no hacerlo, Dios sería justo al condenarnos eternamente de modo que cada uno pagara justamente por sus pecados. Pero Él se complació y se deleitó en salvarnos. ¡La gloria sea para Él!

Dios envió a este mundo a su Hijo para convertirlo en nuestro sustituto legal al llevar nuestra culpa, tratándole como si Él fuera el pecador, derramando sobre Él toda su ira que merecemos. Cristo nunca pecó, y al entregar su vida se convirtió en la justicia de Dios que justifica a todo aquel que en Él cree. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (v. 21). El creyente es entonces justificado gratuitamente, declarado legalmente justo por los méritos de Cristo (Ro. 3:24-25; 5:1).

Cristo es quien hace que todas las piezas del rompecabezas de esta vida encajen perfectamente, definiendo con precisión quién eres en verdad. En Él está tu identidad y tu propósito.


[1] John Piper, sermón: “Identity and Desire,” Catalyst 2013, Atlanta, GA.

[2] Ibíd.


Imagen: Lightstock.
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