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Hace unos años estaba cenando con una familia de la iglesia. Conociendo mi inclinación por la investigación teológica, la matriarca de la familia decidió hacer una genuina pregunta teológica: “David —me dijo—, sé que Jesús es Dios, y sé que el Padre es Dios. Sin embargo, cuando Jesús estaba en la cruz, ¿por qué ora a sí mismo y dice: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’”.

Procedí a explicarle que si bien somos monoteístas (es decir, que creemos en un Dios), nuestro Dios existe para siempre en tres personas que son iguales en esencia, en poder, gloria, y autoridad. Desde allí expliqué la diferencia entre personas y naturalezas y cómo, en la cruz, Jesús, la persona eterna del Hijo encarnado, le ora a la persona del Padre, aunque Jesús es, en su esencia, el mismo Dios. En ese momento, su hijo, un pastor experimentado, se echó a reír y dijo: “Estás diciendo más sobre eso de lo que la Biblia dice”.

Eso me molestó. En lugar de unirse al coro o regocijarse en la instrucción teológica, levantó su bandera blanca intelectual y alentó a todos los demás a hacer lo mismo. En lugar de hacer el arduo trabajo de comprender toda la Escritura para comprender esa parte, sugirió al parecer que los teólogos complican las cosas más allá de lo básico del evangelio.

Tal vez piensas similar. Si ese eres tú, primero déjame decirte que no estás equivocado. Los teólogos son los primeros en afirmar la claridad de las Escrituras, una doctrina que dice que cuando se trata de asuntos de fe y salvación, el significado de la Biblia es evidente.

El evangelio es realmente simple: Dios creó el mundo, nosotros pecamos, Jesús salva, y debemos confiar en Él y seguirlo. Sin embargo, algunos asuntos en la Biblia, como los escritos de Pablo, por ejemplo, son difíciles de comprender, como incluso Pedro lo admitió (2 Pe. 3:16). El evangelio es simple, pero la teología a menudo no lo es.

Teología difícil

La doctrina es el pilar fundamental de todo lo que decimos y creemos. La fe sin una base de creencia ortodoxa es similar a construir una casa en arena movediza. Y, sin embargo, la tarea de aprender teología puede ser onerosa.

Si quieres comer carne, tienes que aprender a masticar.

La teología introduce una serie de nuevos términos y conceptos (santificación, sustitución penal, inspiración plenaria verbal, etc.). Profundizar en las cosas profundas de Dios puede ser alucinante. Te obliga a luchar con contradicciones aparentes (por ejemplo: Dt. 28:63 y Ez. 18:32). Estudiar para mostrarte aprobado lleva mucho tiempo e incluso puede ser doloroso (Ecl. 1:18; 12:2). La doctrina no puede diluirse ni simplificarse. Si quieres comer carne, tienes que aprender a masticar.

La teología lo vale

Con todos estos riesgos, entiendo la razón de aquellos que prefieren retirarse y “dejárselo a los profesionales”. Sin embargo, antes de correr hacia las colinas, permíteme señalar algo que un hombre sabio me dijo cuando tuve impulsos similares: En cualquier otra área de nuestras vidas, cuando creemos que algo tiene importancia real, aceptamos el desafío.

Piénsalo. Cuando algo afecta nuestro dinero, nos ponemos a la altura del desafío. Incluso si no sabes ni lo fundamental de la mecánica, nunca le pagarías al mecánico 1,000 dólares por cambiar el aceite del auto. Mirarías videos, harías preguntas, tomarías prestadas herramientas, llamarías a un amigo para pedirle ayuda o aprenderías a hacerlo tú mismo.

Cuando afecta a nuestros seres queridos, nos ponemos a la altura del desafío. Incluso si te fue mal en biología en la escuela secundaria, cuando un ser querido se enferma y parece que el médico está hablando otro idioma, tú escribes cosas, pides definiciones, investigas opciones de tratamiento, y calculas posibles efectos secundarios.

Una teología profunda y vibrante te consolará cuando ocurra la tragedia, y pondrá ante ti la esperanza del caminar al reino de Dios.

En cualquier otra esfera de la vida, si creemos que hay un efecto real, nos ponemos a la altura del desafío. ¿Por qué, entonces, tiramos tan fácilmente la toalla cuando se trata de los asuntos de Dios, la fe, y la doctrina?

Quizá el problema no sea si aprender teología es demasiado difícil. Quizá la verdadera pregunta es si realmente creemos que la teología tendrá algún efecto real en nuestras vidas. Amigo mío, lo tendrá. Una teología profunda y vibrante te consolará cuando ocurra la tragedia, te anclará cuando las olas de la duda crezcan, le agregará significado a lo mundano, le dará sustancia a tu trabajo y propósito a tu descanso, y pondrá ante ti la esperanza del caminar al reino de Dios.

Cuando muchos discípulos se alejaron debido a la dificultad de su enseñanza, Jesús les preguntó a los doce si querían irse también. Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6:68).

Pedro entendió que si bien la teología es difícil, siempre vale la pena. Que nosotros también lo entendamos.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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