La importancia de la aplicación en la predicación

En un famoso artículo, Haddon Robinson sugirió que hay más “herejías” que surgen de una mala aplicación de pasajes Bíblicos que de una mala exégesis o interpretación. Da el ejemplo en Lucas 4 cuando Satanás tienta a Jesús. La tentación no viene por medio de una mala exégesis de los textos que cita del Antiguo Testamento, sino de una mala aplicación de esos textos. Dicho en otras palabras, Robinson nos advierte que una mala aplicación puede hacer que la Biblia diga lo que queremos. Esta ya es una razón muy importante para prestar atención a la aplicación. “Observar e interpretar el texto sin aplicarlo es como abortar el propósito de la Escritura”. Estas palabras de Howard Hendricks (que dedicó su vida a la enseñanza) nos presentan una segunda razón, incluso más fundamental, del porqué es tan importante la aplicación en la predicación: la función de la palabra de Dios.

Toda escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia (2 Tim 3:16). Por lo tanto, todo texto de todos los géneros en la Biblia está diseñado para tener (por lo menos) una aplicación. Y las Escrituras no son como las famosas lentejas del dicho español que “si te gustan las tomas y si no las dejas”. No solamente son útiles: son esenciales. Es cuestión de vida o muerte espiritual el que prestemos atención a lo que nos dice la palabra de Dios y que lo pongamos por práctica, como nos advierte Santiago 1:22. Es verdad que no toda frase en la Biblia es un imperativo, pero si no vemos la aplicación de determinado texto, probablemente tengamos que abrir el enfoque de nuestra lente – quizás la aplicación viene en el versículo anterior o posterior, o al comienzo del capítulo, o al final del libro, y seguro en el contexto del panorama de la Escritura como un todo.

Si levantamos la vista, cada texto fue dado para producir alguna transformación en el ser humano. Dentro del texto Bíblico también podemos fijarnos en los modelos de predicación que encontramos. Si lo hacemos veremos que siempre cada predicación tenía una aplicación (a no ser que el predicador fuera interrumpido, lo que normalmente ocurría ¡porque los oyentes ya intuían la aplicación!).

Pensemos en Hechos 2:36,38, donde Pedro les dice a sus oyentes lo que deben hacer como respuesta a lo ya que han oído. En Nehemías 8:9-10 tenemos el interesante caso de que los oyentes sacaron la conclusión equivocada. Se les tiene que explicar que la aplicación correcta de lo expuesto no era llorar sino regocijarse en el Señor. A veces puede parecernos que no hay una aplicación explícita, como en las palabras del Señor mismo en la sinagoga de Nazaret recogidas en Lucas 4:16-27. Pero es evidente que para los presentes en aquella ocasión la aplicación era tan clara ¡que lo intentaron matar en el acto! Solo requiere unos momentos de reflexión para ver a dónde les llevaba el Señor, y qué reacción pedía de ellos – y ¡no parece que se esperaron a que se lo explicara en detalle!

Entonces, si todo mensaje predicado en la Biblia tenía aplicación, esto nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza misma de la predicación. C.H. Spurgeon dijo: “¡Cuando empieza la aplicación, empieza la predicación!”. La diferencia esencial entre una mera enseñanza y una predicación reside principalmente en la presencia o no del elemento de aplicación y de exhortación. Sería un ejercicio interesante el hacer una estimación de ¿qué proporción del tiempo de la predicación dedicamos a la explicación del pasaje y cuánto a la aplicación? Otra cuestión es, ¿hasta qué punto permitimos que la aplicación contribuya a la forma de nuestro mensaje? Desequilibrios en estas cuestiones básicas determinarán en buen grado la efectividad de nuestra predicación.

Es verdad que hay una dimensión de la aplicación personal que es justamente eso, personal; una cuestión a tratar entre el individuo y el Espíritu Santo. Pero esto no agota el abanico de aplicaciones Bíblicas: pensemos en las implicaciones eclesiales y sociales de cualquier texto. Y aun en el terreno de la aplicación personal, el dar con las consecuencias naturales de determinado texto no es tarea fácil. No podemos ni debemos escudarnos en el argumento “es una cuestión personal” para evitar hacer la parte que nos toca como predicadores. T. H. L. Parker dijo: “La predicación expositiva consiste en la explicación y aplicación de un pasaje de la Escritura. Si no contiene explicación, no es expositiva; si no contiene aplicación ¡ni es predicación!”. La naturaleza misma de la Escritura y la de la predicación nos llevan de forma inexorable a aceptar la necesidad crítica de una buena aplicación en la predicación. 

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