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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro El profeta pródigo: Jonás y el misterio de la misericordia de Dios (B&H, 2019), por Timothy Keller.

El propósito principal del Libro de Jonás es que nosotros comprendamos la gracia. Si Jonás no comprendió el misterio de la gracia de Dios, ciertamente es posible que tampoco nosotros lo comprendamos.

La ignorancia de la profundidad de la gracia de Dios causa nuestros más graves problemas. Hasta que comprendamos esto, somos, al igual que Jonás, como una sombra de lo que podríamos y deberíamos ser. La doctrina de la gracia de Dios es la que nos pone a los cristianos aparte de las otras fes. Es el mensaje central: el «evangelio». «Este evangelio está dando sus frutos y creciendo en todo el mundo, como también ha sucedido entre ustedes desde el día en que supieron de la gracia y la comprendieron plenamente» (Col 1:6).

La ignorancia de la profundidad de la gracia de Dios causa nuestros más graves problemas

Es la comprensión de la gracia lo que hace cristiana a una persona y no solo que sea una persona moral, religiosa o agradable. Esta es una verdad que, cuando se comprende, es electrizante. Cuando Martín Lutero finalmente la comprendió, pasó de ser un profesor de seminario, ansioso y lleno de culpa, a ser un león listo para enfrentar al mundo entero por sí solo. Escribió:

La fe es una viva e inconmovible seguridad en la gracia de Dios, tan cierta de Su favor que un hombre moriría mil veces por ella. Y tal seguridad y conocimiento de la gracia divina hace al hombre feliz, alegre y fuerte en su relación con Dios y con todas las criaturas, que es lo que realiza el Espíritu Santo por medio de la fe. Por eso, libremente, de buen grado y con alegría haces el bien, sirves a todos, sufres de todo, por amor y alabanza a Dios que te ha mostrado tal gracia”.

La comprensión de la gracia de Dios es la que hace posible tomar una postura tan dura. Dietrich Bonhoeffer, al tratar de entender cuánto estaba dispuesta la iglesia alemana a aceptar a Hitler, identificó el problema como «gracia barata». Ellos creían que Dios los amaba a pesar de sus pecados, pero eso llevó a una actitud que a la postre no importaba cómo vivían. Levantarse contra Hitler en esa época habría sido peligroso. Por eso, muchos razonaron: «Tal vez sea cobardía, tal vez esté mal. Pero Dios lo pasará por alto. Él nos acepta pese a nuestro pecado». Asimismo, Heinrich Heine, escritor del siglo XIX, es conocido por haber dicho cuando moría: «Dios me perdonará, es su oficio».

Es la comprensión de la gracia lo que hace cristiana a una persona y no solo que sea una persona moral, religiosa o agradable

Si crees que Dios nos perdona y pasa por alto el pecado con indiferencia, entonces tomarás el pecado a la ligera porque al parecer Dios lo hace también. Sin embargo, si comprendes que nuestra salvación le costó a Jesús Su gloria en los cielos y Su vida en la tierra, lo que implicó sufrimiento inimaginable para Él, entonces empezarás a entender que la gracia no es barata, sino costosa (Fil 2:1-11).

A menos que consideremos lo que le costó a Él salvarnos, no nos alegrará obedecerlo y servirlo, sin importar el costo para nosotros. Packer escribió:

Quienes suponen que la doctrina de la gracia de Dios tiende a favorecer la laxitud moral […] simplemente demuestran que, en el sentido más literal, no saben lo que están diciendo. Porque el amor despierta amor a su vez; y el amor, una vez que ha despertado, desea complacer”.

Y ¿qué complace a Dios? Cuando dejamos de jactarnos sobre nuestra sabiduría humana, poder o riqueza; cuando no construimos nuestra identidad sobre ellos, sino que empezamos a vivir con generosidad, justicia y derecho. «Pues es lo que a mí me agrada—afirma el Señor—» (Jr 9:23-24).

Es la comprensión de la gracia de Dios, la que quita nuestras cargas. La gente religiosa a menudo invita a los no creyentes a convertirse, llamándolos a que adopten una nueva serie de conductas y nuevas prácticas rituales, y al mismo tiempo a que redoblen sus esfuerzos para vivir una vida virtuosa. Eso, sin embargo, es imponer más cargas a las personas. Los fariseos hicieron precisamente eso, impusieron «cargas pesadas y difíciles de llevar» sobre las personas (Mt 23:4, LBLA), y por eso se hundieron. Las demás religiones ponen sobre las personas la carga de asegurar su propia salvación, mientras que Dios ofrece una salvación inmerecida a través de Su Hijo (comp. Is 46:1-4). Aunque el evangelio debe llevar a una vida transformada, no son esos cambios los que te salvan.

La gracia se convierte, por decirlo de algún modo, en la música de fondo en tu vida. Si esa es la canción que entona tu corazón la mayor parte del tiempo, eso te cambia (Ef 5:19-20). ¿Cómo puede ser Dios tan misericordioso, paciente y compasivo? Una pista de la respuesta está intercalada en la oración de Jonás en el vientre del gran pez que lo tragó, cuando…

“…desde el vientre del Seol clamé, y tú escuchaste mi voz. Porque me arrojaste a lo profundo […], todas tus olas y tus ondas pasaron sobre mí […]. He sido expulsado de tu presencia…” (Jonás 2:2-4).

Jonás fue arrojado a lo profundo de los mares para salvar a los marineros, pero Jesús fue a lo profundo de la muerte y la separación de Dios, el mismo infierno, para salvarnos

«Seol» es el lugar del castigo divino y la muerte. Jack Sasson afirma que hablar como si ya se estuviera en un lugar así expresa angustia y dolor extremos. La metáfora es «exclusiva de Jonás y expresa desesperación de los más oscuros matices». Jonás sabía que su sufrimiento era un castigo, que su pecado lo había expulsado de la presencia de Dios.

Cuando Jesús se llamó a Sí mismo «uno más grande que Jonás», se refirió a los tres días y tres noches de Jonás en lo profundo (Mt 12:40-41). Porque en la cruz Jesús recordó el sufrimiento de Jonás, pero a un grado infinitamente mayor cuando gritó: «—Elí, Elí, ¿lama sabactani? (que significa: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’)» (Mt 27:46). Jonás fue arrojado a lo profundo de los mares para salvar a los marineros, pero Jesús fue a lo profundo de la muerte y la separación de Dios, el mismo infierno, para salvarnos. Jonás es aplastado bajo el peso de «tus olas y tus ondas» (Jon 2:3) de las «aguas» de Dios (v. 5), pero Jesús fue sepultado bajo las olas y las ondas de la ira de Dios. Así obtuvo nuestra salvación.


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