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Nota del editor: 

Durante las próximas semanas compartiremos contenido en el que diferentes profesionales cristianos nos hablarán sobre el impacto del evangelio en sus diferentes carreras.

Coalición por el Evangelio (C): Queremos darle un saludo a Franz Möller por darnos la oportunidad de conversar con él. En primer lugar, ¿por qué no nos cuentas acerca de ti para conocerte mejor?

Franz Möller (FM): Soy chileno, estoy casado con Nadia desde hace casi 16 años y juntos somos padres de dos chicas: Bárbara (13) e Irina (11). Como familia participamos en la Iglesia anglicana de la comuna de Santiago (Iglesia Santiago apóstol). Soy abogado y ejerzo la carrera como litigante (especialmente en casos sobre derechos humanos y migraciones) y también ejerzo la docencia universitaria enseñando cursos de Teoría del Derecho.

Tengo una maestría en derecho penal y he trabajado en programas sociales enfocados en maltrato infantil y la trata de personas. Escribo relatos cortos que se pueden leer en mi blog “Cuentos sin gloria”.

C: Quisiéramos ir directo al asunto, ¿puedes hablarnos de cuál es tu estímulo para servir a Dios como abogado y cuál ha sido tu experiencia hasta ahora?

FM: La lectura bíblica es para mí el mayor estímulo conocido para ejercer la abogacía. Mi experiencia profesional (desde enero de 2006 hasta la fecha) se ha enfocado en litigios sobre derechos humanos.

La lectura bíblica es para mí el mayor estímulo conocido para ejercer la abogacía

Dentro de ese campo he podido intervenir en juicios penales, civiles y constitucionales. En todos ellos he comprobado que el Dios revelado en las Escrituras ama al que sufre alguna injusticia y socorre a quienes ponen en Él su confianza. Lo digo así después de haber participado en casos de abuso policial, discriminación arbitraria, maltrato al extranjero, trata de personas, negación de reparación para quienes fueron víctimas de la dictadura chilena (1973-1989) y muchos otros.

C: ¿Cuáles son algunas verdades bíblicas a las que más regresas como abogado?

FM: Podría compartir algunas verdades bíblicas esenciales a las cuales vuelvo vez tras vez. Del Antiguo Testamento, menciono tres puntos cruciales: 

  • La dignidad humana (somos seres creados a imagen y semejanza de Dios, Gn 1:27). 
  • La protección especial a favor de los más empobrecidos (esa trilogía en la que tanto insiste Moisés: “viudas, huérfanos y extranjeros”).
  • La confrontación directa a las autoridades que ejercen poder público (léase aquí denuncia profética en contra de reyes, jueces y sacerdotes del antiguo Israel). 

Del Nuevo Testamento, también otros tres puntos importantes: 

  • La encarnación de Dios como máxima afirmación del valor del ser humano (“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, Jn 1:14).
  • La defensa de la vida del esclavo fugitivo que, de acuerdo con el derecho romano, merecía la muerte (¿No es justamente eso de lo que trata la carta a Filemón?).
  • La crítica dura a la riqueza captada mediante la explotación humana y destinada al cultivo del lujo (Stg 5:1-5).

Con frecuencia regreso a este grupo de fundamentos bíblicos, en especial cuando los reveses judiciales me vienen a robar el ánimo o, en general, la indolencia de las autoridades golpea con fuerza mis ideales de justicia y equidad.

C: ¿Cuáles han sido tus principales retos como abogado cristiano y cómo los enfrentas?

FM: Admito que muchas veces he tenido que lidiar con temores y, cada cierto tiempo, lo complejo de algunos entuertos jurídicos me vuelve consciente de mis propias limitaciones. 

Esos son los momentos cuando me refugio en la oración. He aprendido a orar como lo hacían los salmistas y los profetas, es decir, orar con preguntas, orar con lamentos, ¡orar con urgencia y desesperación! No pocas han sido las oraciones que he elevado al Señor estando encerrado en las cabinas de los baños de los juzgados y las cortes (no pretendo ser grosero, solo honesto).

Tengo que decir que, como cualquier litigante, he saboreado el placer de las sentencias dictadas por tribunales que acogen lo pedido, como también —muchas veces— he lamentado la frustración de aquellos fallos que niegan todo. Hay clientes que me han expresado su gratitud por el trabajo realizado en su favor. Con algunos de ellos he podido orar, compartirles alguna porción de las Escrituras u obsequiarles un ejemplar de la Biblia.

Creo que sí es posible ejercer la abogacía y caminar junto a Jesús de Nazaret

En la otra vereda, y con aquellos cuyos casos no logré resolver, me ha tocado escuchar sus molestias y tristezas. Son esos los momentos cuando surge una interrogante del tipo “Señor, ¿por qué permites estas cosas?”. Algunos de estos dilemas (jurídico-teológicos) los he resuelto con el paso del tiempo, con el estudio bíblico o con las conversaciones sinceras con mis colegas (la mayoría de ellos no comparten mi fe, pero sí la respetan). Y sí, por supuesto, aún colecciono ciertas preguntas surgidas desde la práctica para las cuales todavía no tengo una respuesta.

C: ¿Qué es lo más importante que has aprendido como cristiano durante tu carrera como abogado?

FM: Con los años he aprendido a escuchar la voz de Dios —y admito la paradoja— a través de los presos, de las mujeres que ejercen el comercio sexual, de las niñas abusadas y de los extranjeros que pelean por una residencia regular aquí en Chile. Escucharles en su dolor ha sido, por instantes, una ventana al corazón de Dios: un Dios como ese que nació entre los animales, que siendo niño tuvo que refugiarse junto a sus padres en África, que un día fue juzgado y condenado por tribunales sin imparcialidad ni independencia. En fin, un Dios que gustó la muerte en carne propia.

C: ¿Cómo lidias con las críticas de personas que dudan que un cristiano pueda ser abogado?

FM: Recuerdo que hubo algunos hermanos en la iglesia que me criticaron —y algunos de muy mala manera— por la carrera que escogí estudiar y luego lamentaron el nicho que elegí para ejercer la profesión. Pero hoy estoy en paz y creo que sí es posible ejercer la abogacía y caminar junto a Jesús de Nazaret. Su presencia —viva y resucitada— mantiene encendida la hoguera de mis afectos para que la profesión no degenere en una práctica mecánica y cínica.

Su poder está conmigo cuando mi voluntad flaquea y me descubro impotente. Y su Espíritu viene a mí para agudizar mi sentido de la observación de la realidad, recordarme las Escrituras, activar mi imaginación y darme discernimiento. En síntesis, mis sentimientos, mi voluntad y mi inteligencia son dones que Dios me ha regalado y que cada día, antes de comparecer a una audiencia judicial o impartir una cátedra universitaria, necesito traerlos al taller del Maestro para que este los vuelva a calibrar, purificar y potenciar. 

C: Por último, ¿qué consejo le darías a los jóvenes y señoritas que están pensando en el Derecho como una carrera en la cual pueden servir vocacionalmente al Señor?

FM: Les diría que consideren esta carrera como una opción legítima. Que no les presten mucha atención a quienes van a desalentarlos afirmando que se están comprando un pasaje al infierno. Por el contrario, el estudio del Derecho y el ejercicio de la abogacía pueden ser también —como toda otra manifestación de la cultura humana— un espacio donde Dios va a glorificarse al usarnos de acuerdo con su voluntad. De paso, uno mismo, además de gozar de su realización profesional, tiene opciones concretas de hacer mucho bien a personas necesitadas (léase: maltratadas por la justicia).

Coalición por el Evangelio le agradece a Franz por su testimonio.

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