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Si has escuchado acerca del aniversario 500 de la Reforma Protestante, probablemente has escuchado la palabra héroe.

Martín Lutero, el héroe de Wittenberg, quien se levantó en contra de sacerdotes corruptos, cardenales, y el mismo papa. Juan Calvino, el héroe de Ginebra, quien escribió las Institución de la religión cristiana. Ulrico Zuinglio, el héroe de Zurich, quien ganó el debate con líderes católicos de la ciudad y persuadió a las personas a unirse a la Reforma.

Pero cualquier persona que conoce bien la historia pudiera poner obstáculos a la palabra héroe. Los Reformadores no fueron solo hombres y mujeres valientes quienes recuperaron el mensaje del evangelio, sino también hombres y mujeres inconsistentes que con sus vidas traicionaron al evangelio. Considera algunos ejemplos bien conocidos de Lutero, Calvino, y Zuinglio, las tres luces más brillantes de la Reforma.

  • Lutero repetidamente arrojó insultos a sus oponentes, incluyendo católicos, judíos, anabaptistas, y otros. Aunque Lutero atacaba primeramente a judíos por razones teológicas y no étnicas, muchos lo acusaron de ser antisemita.
  • Calvino permitió que el concilio de la ciudad de Ginebra ejecutara a Miguel Servet, un hereje que huía de las autoridades católicas romanas.
  • Zuinglio, de la misma forma que Calvino, aprobó que Félix Manz fuera ahogado, uno de sus exalumnos y líder del movimiento anabaptista.

Si lees las biografías de otros líderes de la Reforma, encontrarás que muchos albergaron defectos, así como Lutero, Calvino, y Zuinglio. Cada uno escribió en las páginas de la historia párrafos con manchas. Uno podría preguntarse si deberíamos celebrar y dar reconocimiento a estos hombres y mujeres.

El tipo correcto de celebración

Pero esa dificultad es tan vieja como el libro de Hebreos. En Hebreos 11, el autor reconoce y celebra a un grupo de creyentes que fallaron así como nuestros reformadores. Considera a Noé, quien se emborrachó con el fruto de su viñedo y desnudo se durmió en su carpa (Gn. 9:20-21). O Moisés, cuya desobediencia lo dejó fuera de la tierra prometida (Dt. 34:4-5). O David, quien utilizó su autoridad real para cometer adulterio y asesinato (2 S. 11:1-27).

De alguna forma, el autor de Hebreos dio un vistazo a lo largo de la contradictoria vida de estas personas y vio a un grupo de héroes. Yo creo que podemos ver lo mismo en Lutero, Calvino, Zuinglio, y el resto de nuestros reformadores. Para poder procesar sus carencias y reconocer sus victorias como deberíamos, podríamos seguir un proceso de tres pasos: entender su contexto, nombrar su pecado, y celebrar su fe.

1. Entender su contexto.

Primero, deberíamos tratar de aprender lo más que podamos del contexto de los personajes históricos y la situación particular que provocó esa reacción pecaminosa. Al hacerlo, no buscamos minimizar, excusar, o justificar su pecado; sino que estamos ubicándonos a su lado como pecadores, y buscamos entender el por qué de lo que ocurrió. Es muy fácil lanzar piedras hacia el pasado antes de haber viajado en el tiempo por nosotros mismos.

Por ejemplo, intentemos habitar en la Ginebra de 1553, el año en que Calvino aprobó la ejecución de Servet. En los últimos doce siglos, la iglesia ha juntado manos con el estado, ha sido un matrimonio que ha creado creencias no ortodoxas aplicadas a las dos partes. Bajo este arreglo, las autoridades de la iglesia y el estado no solo excomulgaban a herejes; los ejecutaban. Calvino respiró este aire político y eclesial toda su vida.

Calvino, quien conocía a Sevet e intentó persuadirlo a una teología ortodoxa, le advirtió que no fuera a Ginebra. Cuando de todas maneras fue, las autoridades católicas ya habían condenado a este hombre a ser quemado en una estaca por hereje, una decisión que puso a Ginebra entre la espada y la pared. El historiador Mark Talbot escribe: “El no ejecutar a Servet, si él no se arrepentía y se retractaba en sus declaraciones, hubiera dado la impresión de debilidad tanto religiosa como política en los territorios protestantes” (With Calvin in the Theater of God [Con Calvino en el teatro de Dios], 151).

Se puede decir más, pero en algunos de estos actos, podemos admitir que el asunto de Servet podría verse un poco diferente en una Ginebra del siglo VI a una América del siglo XXI. Si fielmente descubrimos el contexto histórico del pecado de nuestros líderes, a menudo terminaremos diciendo: “Ese pude haber sido yo. Yo pude haber hecho eso”.

2. Nombrar su pecado.

Sin embargo, ninguna de esta información circunstancial quita la responsabilidad de los reformadores. Y no le hacemos ningún favor a nadie al pretender lo que no es.

Si tratamos de menoscabar lo hecho por Lutero, Calvino, Zuinglio, y otros, escondemos la lección que necesitamos escuchar; aquello que Satanás y nuestros corazones usan para engañarnos exhaustivamente, para así no ver cómo nuestras vidas contradicen nuestro mensaje. Como John Piper escribe en su corta biografía de Lutero: “El diablo es real y puede hacer caer a un gran hombre en un comportamiento de desgracia, incluso cuando él ha recobrado el mensaje de la gracia después de siglos de oscuridad” (The Legacy of Sovereign Joy [El legado del gozo soberano], 32). El estudiar a los reformadores debería humillarnos y enviarnos a descubrir nuestras propias carencias, los pecados que manchan los libros de historia desde hace cinco siglos atrás hasta el día de hoy.

Mucho más importante, cuando menoscabamos las caídas de los reformadores, oscurecemos el corazón y el alma de la Reforma. Incluso en sus mejores momentos, los reformadores son una muestra del evangelio que predicaron: Jesús vino por personas caídas y quebrantadas. Dios no busca gente intachable para salvar; al contrario, busca a aquellos quebrantados para hacerlos intachables a través de su Hijo, Jesucristo (Mt. 9:13; Lc. 19:10).

Dios no busca gente intachable para salvar; al contrario, busca a aquellos quebrantados para hacerlos intachables a través de su Hijo, Jesucristo.

Si el evangelio es solo para los intachables, o solo para los santos quienes saltan de escalón en escalón para alcanzar la gloria, entonces el evangelio no es ni para ti ni para mí. El evangelio que promete una instantánea y total transformación es una mentira sentimental, una rosa escondiendo sus espinas, un intento vano de limpiar los lienzos de la historia y los corazones humanos, para no vernos desesperadamente malvados. En otras palabras, eso para nada es el evangelio.

Para ser claro, las personas que practican el pecado no entrarán en el reino de Dios (1 Co. 6:9-10; 1 Jn. 3:8). Pero si cavamos suficientemente a profundidad en los contextos históricos y las vidas personales de los reformadores, encontraremos (en la mayoría de los casos) que ellos no hicieron del pecado una práctica. Su cultura y tiempo pudo haberlos cegado en sus males particulares; raramente (si es que se dio el caso) caminaron en una rebelión sin arrepentimiento.

La Reforma nunca fue acerca de presentar personajes santos, al contrario, fue acerca de un Cristo santo.

La Reforma nunca fue acerca de presentar personajes santos, al contrario, fue acerca de un Cristo santo, el Hijo de Dios, quien a través de su sufrimiento y resurrección cubrió los pecados de las personas, incluyendo los pecados que ellos cometieron cuando debieron actuar mejor. Jesús limpió a nuestros reformadores con su preciosa sangre. Tú y yo no tenemos que hacerlo.

3. Celebrar su fe.

Ahora llegamos a una posición donde podemos reconocer y celebrar a estos reformadores con nuestros ojos bien abiertos. Podemos denunciar la falta de control en la lengua de Lutero. Podemos lamentar la complicidad que Calvino y Zuinglio tuvieron con el estado. Pero al haberlo hecho, podemos observar y reconocer que estos hombres complejos también moldearon sus vidas con una fidelidad espectacular. Y junto con el autor de Hebreos, podemos celebrar la fe de los hombres imperfectos de Dios.

Podemos celebrar la fe de Lutero en la palabra de Dios al levantarse ante la asamblea del santo imperio romano y decir: “Mi consciencia está cautiva a la palabra de Dios. Por lo tanto, no puedo y no me retractaré, porque actuar en contra de mi consciencia no es ni seguro ni correcto. Dios me ayude. Amén”.

Podemos celebrar la fe de Calvino en la providencia de Dios cuando escribió en su Institución: “Cuando injustamente somos heridos por hombres, no veamos su maldad… recuerda acercarte a Dios, y aprender a creer que sea lo que sea que el enemigo ha cometido en contra de nosotros, fue permitido y enviado por la justa soberanía de Dios” (1.17.8).

Podemos celebrar la fe de Zuinglio en el poder de Dios cuando escribió en sus “Sesenta y siete artículos”: “[Cristo] es la eterna salvación y la cabeza de todos los creyentes, quienes son su cuerpo, el cual está muerto y no puede hacer nada sin Él”.

Podríamos seguir. A través de estos reformadores, Dios se opuso a gobernantes orgullosos, desenmascaró sacerdotes depravados, y recuperó para el mundo las buenas noticias que la justificación de los pecadores es solo por gracia, solo por la justicia de Cristo, solo a través de la fe, solo para la gloria de Dios, al ser enseñada solo por la autoridad de la Escritura.

Cada santo verdadero

Por lo tanto sí, estamos en lo correcto al llamar a los reformadores héroes. Ellos fueron héroes ciertamente con un lado oscuro, pero eso es verdad en cada héroe excepto Aquel a quien ellos reflejaron. Estos hombres y mujeres pudieron haber mezclado “un conocimiento profundo de la gracia con un defectuoso punto de vista, y vivir con muchas fallas”, como Piper escribe. Pero “cada teólogo digno, y cada santo verdadero, hace lo mismo” (The Legacy of Sovereign Joy, 27).

Jesús construirá su Iglesia, y Él lo hará con santos quebrantados.

Cada santo verdadero es una persona dividida, una nueva persona que reincide en viejas tendencias (Ef. 4:20-24), un manantial que brota tanto con agua dulce como salada (Stg. 3:11), una mezcla confusa de bien y mal. Pero como Lutero, Calvino, y Zuinglio lo demostraron, las fallas de los reformadores no fueron un obstáculo para el Señor de la Reforma. Jesús construirá su Iglesia, y Él lo hará con santos quebrantados.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Fanny Stewart-Castro.
Imagen: Lightstock.
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