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Uno de los mejores padres que aparece en la Biblia es un hombre que no tenía hijos propios. Es decir, no tuvo hijos biológicos.

El apóstol Pablo vivió y murió como un «hombre soltero», siempre «preocupado por las cosas del Señor, por cómo agradar al Señor» (1 Co 7:32). Como misionero y plantador de iglesias incansable, una vez apedreado, tres veces náufrago y cinco veces azotado, tenía poco espacio en su vida para un hogar estable y una familia en crecimiento. Pero aun así, fue padre. Uno de los mejores padres que ofrecen las Escrituras.

De hecho, no encontramos a ningún otro hombre tan a menudo asociado a la paternidad en el Nuevo Testamento. Llamó «verdadero hijo» a hombres como Timoteo y Tito (1 Ti 1:2; Tit 1:4), y a sus iglesias «hijos míos amados» (1 Co 4:14). No se veía a sí mismo simplemente como misionero, apóstol o maestro, sino también como «padre» (2 Co 12:14-15; 1 Ts 2:11). Pablo parecía acumular hijos allá donde iba, incluso en la cárcel (Flm v. 10). Era un hombre soltero con muchos hijos.

En Cristo, Dios llama a cualquier hombre, soltero o casado, al mismo tipo de paternidad.

Padres sin hijos

Durante mucho tiempo, la paternidad robusta que encontramos en Pablo se limitó a, bueno, padres: hombres con hijos biológicos. El Antiguo Testamento sugiere a veces una especie de paternidad espiritual, como cuando Eliseo se refiere a Elías como «padre mío» (2 R 2:12). Pero, en su mayoría, los hombres que no tenían hijos propios habrían estado tentados de decir: «Soy un árbol seco» (Is 56:3). La línea familiar termina conmigo.

Pero entonces llegó Jesús: soltero, sí, y también el hombre más fructífero y multiplicador que jamás haya existido. Sin matrimonio ni hijos, ni siquiera un hogar donde reclinar la cabeza, se rodeó de «Su descendencia» (Is 53:10), «los hijos que Dios me ha dado» (He 2:13). Era un árbol seco en términos de linaje biológico y, sin embargo, sus ramas ahora cubren el mundo.

En Jesús, encontramos un nuevo tipo de paternidad junto a la antigua: una paternidad no de la carne, sino del espíritu; no del hogar, sino de la iglesia. Donde antes el árbol genealógico de un padre requería descendencia biológica, ahora un solo hombre como Pablo puede transmitir la herencia del evangelio de un hijo fiel al siguiente (2 Ti 2:2). Cualquier hombre puede ser un padre que predica el evangelio y discipula.

En Jesús, encontramos un nuevo tipo de paternidad junto a la antigua: una paternidad no de la carne, sino del espíritu; no del hogar, sino de la iglesia

Y más que eso, los hombres cristianos están hechos para esa paternidad. Estamos hechos no solo para ser hijos que siguen detrás, y no solo hermanos que caminan al lado, sino también para ser padres que trazan el camino a seguir.

4 caminos hacia la paternidad espiritual

Sin embargo, por diversas razones, la paternidad espiritual puede parecer inalcanzable. Algunos hombres jóvenes con luchas pueden preguntarse cómo podrían guiar a otros. Otros pueden desear haber tenido primero un padre espiritual, para tener un ejemplo a seguir. Incluso hombres cristianos mayores pueden mirar a su alrededor, notar la falta de hijos en sus vidas y no estar seguros de dónde encontrarlos.

¿Cómo se convierte entonces un hombre en Cristo en un padre en Cristo, joven o viejo, soltero o casado? Considera cuatro caminos hacia la paternidad espiritual a partir de la vida y las cartas de Pablo.

1. Vive de una manera digna de imitación

Para Pablo, tres palabras estaban cerca del corazón de la paternidad fiel: «Imítenme a mí». Llamaba a sus hijos no solo a escucharle o a aprender de él, sino a seguirle como él siguió a Cristo. «Porque aunque ustedes tengan innumerables maestros en Cristo, sin embargo no tienen muchos padres», dice a los corintios. «Los exhorto: sean imitadores míos» (1 Co 4:15-16). Así pues, el primer paso hacia la paternidad espiritual es llevar una vida digna de imitación. Los padres espirituales están más avanzados en el camino de la fe y la madurez cristiana.

Decir «Imítenme a mí» no exige perfección, por supuesto. De este lado del cielo, cualquier hombre digno de imitación deseará ser más digno de imitación. Pero decir «Imítenme a mí» requiere integridad. Requiere una búsqueda de Cristo a lo largo de toda la vida. En otras palabras, la casa de la vida de un padre no necesita ser totalmente renovada, pero no puede haber ninguna habitación secreta.

Por la gracia transformadora de Jesús, los padres espirituales son cada vez más capaces de señalar cualquier área de la vida y decir: «Sígueme aquí como yo sigo a Cristo». Sigue mis hábitos de gasto y mis elecciones de entretenimiento. Sigue mis disciplinas espirituales y mi ética de trabajo. Sigue, como dice Pablo en otro lugar, «mi enseñanza, mi conducta, propósito, fe, paciencia, amor, perseverancia» (2 Ti 3:10). Y, cuando falle en alguna de estas áreas, sigue mi arrepentimiento.

Independientemente de si alguien te sigue de cerca ahora mismo, ¿qué pasaría si vivieras esperando ser imitado? ¿Qué pasaría si te despertaras y trabajaras y hablaras y comieras con la pregunta en la cabeza: «¿Podría llamar a alguien para que me siguiera aquí?»? Tal vez, como un nuevo padre biológico, empezarías a sentirte recién responsable de algo más que de ti mismo, observado por más ojos que los tuyos.

Cuando descubres algún área en la que los demás no deben seguirte, no te rindas ni desesperes. La mayoría de los hombres, en la mayoría de los momentos, tienen algún área que necesita atención renovada y resolución. Concéntrate en seguir a Jesús ahí hoy, y de nuevo mañana, y surgirá cada vez más una vida digna de imitación.

2. Busca hijos específicos

La paternidad física es, a veces, involuntaria: un hombre puede tener un hijo sin desearlo. La paternidad espiritual, sin embargo, comienza y continúa únicamente con una intención cuidadosa. Estos padres van en busca de sus hijos.

Por supuesto, las vidas de algunos hombres son tan dignas de imitación que los hijos van y los buscan. Pero cada una de las relaciones padre-hijo de Pablo, él la inició. A menudo, tuvo que iniciarlas porque los hijos en cuestión aún no estaban en Cristo. Así, se convirtió en padre de iglesias como la de los corintios y de hombres como Onésimo, al ganarlos primero para Jesús (1 Co 4:15; Flm v. 10). Pero incluso cuando no inició la paternidad (cuando el hijo ya era cristiano), lo encontramos haciéndolo.

Cuando Pablo llegó a Derbe y Listra y oyó hablar bien allí de un joven llamado Timoteo, leemos: «Pablo quiso que este [Timoteo] fuera con él» (Hch 16:3). Pablo quería a Timoteo. Quería que este joven sirviera con él «como un hijo sirve a su padre» (Fil 2:22). Así que, lo tomó (Hch 16:3). Así nació la relación padre-hijo más profunda y duradera de la vida del apóstol.

Cuando comparo mi propia intencionalidad con la de Pablo, me doy cuenta de que a menudo espero que la paternidad espiritual ocurra por accidente. Pero si un hombre tiene una relación con un hijo espiritual, lo más probable es que esa relación haya surgido porque vio a un hombre, se hizo amigo suyo y lo invito a acercarse: a leer, orar, comer, evangelizar y descansar.

Si esperamos a que la paternidad espiritual suceda por sí sola, probablemente no sucederá

Al pensar en los hombres más jóvenes que te rodean —más jóvenes en edad o en fe—, ¿hacia quién podrías dar pasos intencionales? ¿A quién podrías incorporar a tu vida de manera significativa? ¿Los dones de quién podrías «avivar» (2 Ti 1:6), incluso aunque te cueste mucho tiempo y atención? Si esperamos a que la paternidad espiritual suceda por sí sola, probablemente no sucederá.

3. Desarrolla la paciencia del discipulado

Cualquier hombre que busque a hombres más jóvenes se dará cuenta (a menudo rápidamente) de su necesidad de paciencia. Mucha paciencia. Los discípulos tienden a crecer lentamente, como los niños (e igual que nosotros). Pero a través de cada avance y retroceso, ascenso y caída, victoria decisiva y retirada miserable, los padres espirituales permanecen fieles. Constantes. Pacientes.

La paciencia de Pablo puede verse más claramente en su corazón paternal hacia los corintios. Solo un padre paciente permanecería leal a una iglesia así. Pablo permaneció leal. No solo fundó la iglesia, sino que también enseñó en ella durante año y medio (Hch 18:11). No solo enseñó allí, sino que también escribió cartas después de marcharse, a menudo tratando inmadureces profundas. No solo escribió cartas, sino que también mezcló sus palabras «con amor y espíritu de mansedumbre», con la paciencia de un padre (1 Co 4:21).

¿De dónde venía esa paciencia? Procedía, en parte, de la capacidad de Pablo para mirar a los hijos inmaduros y ver una imagen de su gloria futura. Al igual que Jesús con los doce, Pablo podía trazar una línea entre lo que es y lo que podría ser, y en Cristo, lo que será. Podía ver la posibilidad de pureza en los que luchaban contra la lujuria, la esperanza de contentamiento en los corazones amargados, la gracia de la diligencia en las manos perezosas.

A pesar de su increíble paciencia, se negó a bajar el estándar de la santidad y, por el contrario, elevó a sus hijos a esa altura. «Como un padre lo haría con sus propios hijos», escribió a los tesalonicenses, «alentábamos e implorábamos a cada uno de ustedes… para que anduvieran como es digno del Dios que los ha llamado» (1 Ts 2:11-12). No puede haber norma de conducta más elevada que andar «como es digno de Dios».

Cuando consideras a los hombres más jóvenes e inmaduros que te rodean, ¿los ves con la esperanza firme y profunda de que ellos, por débiles o errantes que sean, podrían caminar cada vez más como es digno de Dios? Cuando ves sus debilidades, ¿ves también el potencial que tienen en Cristo? ¿Podrían tus palabras —pacientes pero creyentes y audaces— convertirse en uno de los medios que Dios utiliza para llamarlos a lo más alto?

4. Abraza la mayor bienaventuranza

Cuando consideramos la búsqueda intencional y la inversión paciente de la paternidad espiritual, tal vez el costo se vislumbre grande. Discipular a un hijo espiritual en Cristo requiere tiempo, pensamiento creativo, energía valiosa y mucho corazón. Si pasamos el compromiso por una calculadora relacional de pérdidas y ganancias, podríamos decidir quedarnos sin hijos. Sin embargo, Jesús quiere que utilicemos una calculadora totalmente distinta: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hch 20:35).

Pablo es un modelo de lo que significa abrazar esta mayor bienaventuranza. Como escribe a los Corintios:

No busco lo que es de ustedes, sino a ustedes. Porque los hijos no tienen la responsabilidad de atesorar para sus padres, sino los padres para sus hijos. Y yo con mucho gusto gastaré lo mío, y aún yo mismo me gastaré por sus almas (2 Co 12:14-15).

Escucha el latido del padre: «No busco lo tuyo, sino a ti». No busco tu rápido crecimiento, tu retribución a cambio de algo, tus fáciles afirmaciones del ego, ni siquiera tu reconocimiento de todo lo que hago por ti. Más bien, te busco a ti. Desde las profundidades de mi nuevo corazón en Cristo, busco el bien de tu corazón en Cristo. Por eso, cada sacrificio y cada servicio, cada palabra dura que digo y cada carga que soporto llevan el aroma inconfundible de la alegría cristiana.

O como dijo otro padre espiritual: «No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad» (3 Jn v. 4). Contempla el secreto de la paternidad espiritual: bajo el sol, no hay mayor gozo que ver a los hijos espirituales caminando en la verdad. Y aquellos que saborean tal gozo estarán en camino de convertirse en un padre, soltero o casado, con muchos hijos.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Eduardo Fergusson.
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