×

En sus años como joven monje, Martín Lutero luchaba por amar a Dios. Al recordar esa etapa, llegó a decir: «¿Amar a Dios? ¡Lo odiaba!». No es de extrañar: hasta entonces, todo lo que había conocido era la severidad de Dios. Aún no había contemplado Su bondad. Es difícil amar a alguien que uno percibe como duro o cruel. Tal vez por eso, desde el principio, el objetivo de Satanás ha sido poner en duda la bondad de Dios.

Por eso, capítulos como 2 Samuel 9 son tan importantes en la Biblia. Este es un relato que destaca la bondad de David. La frase «mostraré bondad» aparece tres veces (vv. 1, 3, 7) y culmina con estas palabras tan reconfortantes: «No temas, porque ciertamente te mostraré bondad».

Pero esta historia no trata solo de la bondad de David. La Escritura nos dice que él fue «un hombre conforme a[l] corazón [de Dios]» (1 S 13:14). Este pasaje en particular deja en claro que hay un vínculo directo entre la bondad de David y la bondad de Dios (2 S 9:3). Así que veamos cuatro aspectos de la bondad de David que aparecen en esta historia y pensemos en cómo reflejan el corazón de Dios hacia nosotros.

1. Mefiboset: el objeto de la bondad de David

El objeto de la bondad de David fue Mefiboset, un hombre lisiado que pertenecía a una casa rival. Siendo nieto de Saúl, no es de extrañar que sintiera temor ante David (2 S 9:7). Recibir bondad de parte de David debía ser lo último que esperaba. Después de todo, era común que los nuevos monarcas eliminaran a los descendientes de la dinastía anterior.

La discapacidad de Mefiboset fue consecuencia de una caída: su nodriza lo dejó caer cuando tenía cinco años, mientras huía tras enterarse de que su padre había muerto en batalla (2 S 4:4; 9:3, 13). Así que este hombre vivía bajo una doble desventura. No solo era parte de la familia enemiga del rey, sino que también estaba lisiado y completamente incapacitado para valerse por sí mismo.

Este es el tipo de persona a la cual David elige mostrarle bondad: un miembro de la casa de su enemigo, reducido a la indefensión por una caída.

2. El pacto: el origen de la bondad de David

Tal vez resulte sorprendente, pero la bondad de David hacia Mefiboset no surgió inicialmente por amor o compasión hacia él. Su motivación fue otra: el amor por alguien más. Había un hombre en la casa de Saúl que había sido su amigo fiel. Ese hombre era el padre de Mefiboset: Jonatán.

David preguntó: «¿Hay todavía alguien que haya quedado de la casa de Saúl, para que yo le muestre bondad por amor a Jonatán?» (2 S 9:1).

Si queremos entender el origen de la bondad de David, debemos ir más allá de Mefiboset y remontarnos a un acto de amor pactado entre David y el padre de Mefiboset (1 S 18:1-4). Aunque David representaba una amenaza directa al derecho de Jonatán al trono, Jonatán lo amó «como a sí mismo», lo defendió contra la furia homicida de Saúl y reconoció a David como el verdadero heredero. Finalmente, le pidió a David que mostrara «misericordia» [hebreo: hesed] a su casa cuando llegara a ser rey (1 S 20:13-17).

Es esa petición sellada por un juramento la que David está honrando ahora cuando dice: «¿Hay todavía alguien que haya quedado de la casa de Saúl, para que yo le muestre bondad [hebreo: hesed] por amor a Jonatán?» (2 S 9:1).

Ese es el origen de la bondad de David. No fue porque Mefiboset lo mereciera, ni siquiera porque estuviera en una condición lamentable. Fue por amor a Jonatán y por el pacto que ese amor los llevó a jurarse. Mefiboset era simplemente un pecador desdichado e indigno que ahora recibía las bendiciones de un amor pactado en el que no había tenido parte alguna.

3. Abundancia: La demostración de la bondad de David

David demuestra su bondad hacia Mefiboset de tres maneras. En primer lugar, lo llama y lo recibe en su presencia (vv. 5-7). Mefiboset no vino por iniciativa propia; fue David quien lo buscó, lo mandó a traer y lo recibió con palabras de consuelo (v. 7).

En segundo lugar, le restaura su herencia (vv. 7, 9-10). Todo lo que su padre había perdido le es devuelto. Solo esa herencia habría hecho de Mefiboset un hombre rico. Podría haberse sentado a su propia mesa y comer del fruto de su propia tierra. Pero aún hay más.

Cuando el Rey quiere mostrarte bondad, los pecadores no discutimos, aceptamos la herencia, damos gracias a nuestro nuevo Padre y nos sentamos a Su mesa

Como acto culminante de bondad, David le da un lugar en la mesa del rey. Esta escena se repite cuatro veces (vv. 7, 10, 11, 13). Es un lugar permanente: tres veces se menciona la palabra «siempre» (vv. 7, 10, 13). No se trata de un periodo de prueba; es una seguridad de pacto. Además, es un asiento reservado solo para la familia: «Mefiboset comía a la mesa de David como uno de los hijos del rey» (v. 11). Si alguien alguna vez lo reprochaba por ser nieto de Saúl, David estaba de su lado. Su vara y su cayado lo confortaban, y él habitaría en la casa de David para siempre.

4. Gratitud: la respuesta a la bondad de David

Solo queda una pregunta: ¿Cómo se responde a una bondad como esta? Mefiboset «se postró de nuevo, y dijo: “¿Quién es su siervo, para que tome en cuenta a un perro muerto como yo?”» (v. 8).

¡Qué humildad! Podría haber respondido con amargura: «¡Tú le robaste la corona a mi padre!». O con orgullo: «Lo siento, pero no acepto caridad». O con un sentido de derecho: «Es lo mínimo que puedes hacer, ya que, si no fuera por ti, yo habría sido rey y no un lisiado».

Pero en lugar de eso, recibe con alegría este regalo indescriptible, agradecido de que un gran rey como David se haya inclinado a mostrarle bondad a alguien tan miserable como él.

5. El evangelio: contemplando la bondad de Dios hacia nosotros

Si todo esto te suena extrañamente familiar, es porque tú y yo somos Mefiboset. Esta no es solo una historia sobre la bondad de David hacia él; es la historia de la bondad de Dios hacia nosotros en el evangelio.

Si preguntamos: «¿Quiénes son los objetos de la bondad de Dios?», la respuesta no es Sus amigos, sino Sus enemigos. No los sanos, sino los enfermos (Mr 2:17). No los fuertes, sino los lisiados por la caída, incapaces de ayudarse a sí mismos (Ro 5:6, 10).

Habiendo entregado a Su Hijo por nosotros, ahora nos llama y nos da la bienvenida a Su presencia

Si preguntamos: «¿De dónde proviene esta bondad?», veremos que su origen no está en nosotros, sino en algo mucho más profundo. En última instancia, Dios no nos muestra bondad por causa nuestra, sino por causa de Jesús y del pacto que hicieron mucho antes de que naciéramos. Es un pacto eterno: el Padre acordó enviar a Su Hijo, el Espíritu acordó ayudarle y el Hijo aceptó venir y morir por pecadores merecedores del infierno como nosotros.

Si preguntamos: «¿Cómo demuestra Dios Su bondad hacia nosotros?», el evangelio responde que, habiendo entregado a Su Hijo por nosotros, ahora nos llama y nos da la bienvenida a Su presencia, restaura nuestra herencia y nos concede un lugar en Su mesa familiar. Gracias a Jesús, podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia y esperar escuchar a nuestro Padre decir: «No temas, porque ciertamente te mostraré bondad» (cp. He 4:16).

Si preguntamos: «¿Cómo deberíamos responder?», la respuesta es sencilla: deberíamos ver cuánto nos ama Dios y no poder evitar exclamar: «¿Quién soy yo para que un Rey muestre bondad a un perro muerto como yo?». Sabemos que no merecemos nada de esto. Ni siquiera lo buscamos: fue Él quien nos llamó. Pero cuando el Rey quiere mostrarte bondad, los perros muertos no discuten. En cambio, aceptamos la herencia, damos gracias a nuestro nuevo Padre y nos sentamos a Su mesa, tal como hizo Mefiboset.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando