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Embarazo después de una pérdida

‪“Por favor, no me feliciten. No tienen ni idea de cómo acabará esto”.

‪Este pensamiento ha pasado por mi cabeza una y otra vez. El embarazo después de haber tenido un aborto involuntario es como ser pinchada constantemente por un puercoespín. Al principio tenía emociones mezcladas, me tambaleaba para vomitar, y comunicar mis sentimientos, era una lucha. No me podía explicar por qué no me sentía llena de una feliz expectación acerca de esta nueva vida, pero aun así sentía una profunda gratitud sostenida vagamente a la luz de un futuro incierto.

‪Miraba la página de mi red social, y me dolía cuando veía otra publicación sobre un aborto involuntario o infertilidad que era confesada al mundo, y quería alcanzar por teléfono a esa conocida del Instagram para decirle que todo iría bien. En mi mente le diría que Dios sigue siendo bueno, y que con su ayuda la herida podría hacer brotar algo en su interior que ni ella sabía que existía.

‪Intercambiaba historias con otras guerreras embarazadas aterrorizadas, y me preguntaba si me había inventado mi historia, como si, de alguna forma, esos otros bebes no hubiesen muerto en realidad, y yo solo hubiese comido algo malo. Si no fuese porque estuve vomitando a todas horas, sintiéndome como si alguien me hubiese drogado, hubiese vivido como si el embarazo fuese producto de mi imaginación. Me distancié de todo sentimiento; de un Dios amoroso, de un bebé que crecía, y de un esposo fiel. Si no sentía nada, entonces no podría ser herida de nuevo.

‪No soy quien yo imaginaba

‪Esta estrategia de supervivencia no haría sentir orgulloso a nadie. Sí, está la gracia, pero eso no quiere decir que mi respuesta fuese buena, bonita, o saludable. Me imagino una mujer fuerte, hermosa, sentada sobre un corcel, con su pelo ondeando al viento con valentía. Ella es valiente. Tiene la fuerza del coraje temeroso de Dios otorgado a la realeza. Ella tiene mi edad, pero ha vivido sus años mucho mejor que yo. Ella no soy yo, y la contemplo. Solía creer que esa era yo. Pero no lo es. En lugar de eso, he recibido un baño de realidad que probablemente me durará toda la vida. Nunca seré ella, el único héroe es Jesús.

‪Un día me di cuenta de que yo había elegido no relacionarme con el bebé que crecía dentro de mí. Miraba a mi hija de 3 años, llena de vida, con un afecto profundo y pensaba que al menos la teníamos a ella. El problema es que no siempre la tendremos. Sus días están contados, y no están dictados por mí. Necesitaba algo más a lo que aferrarme.

‪Finalmente me rendí honestamente ante Dios: lo bueno, lo feo y lo malo. Esto es lo que sé, así es como me siento (lo cual revelaba lo que creía realmente) y esta es la realidad de quien soy: imperfecta, y posiblemente enojada. “Renuncio a fingir, no soy tan fuerte como en verdad pensaba, y me tienes que ayudar, Dios. Tú eres el único que puede”.

‪Lecciones de gracia

‪Con mi petición de ayuda, la gracia comenzó a calentar mis fríos pensamientos.  Ahora, vuelvo a sentir. Lento pero seguro. Y esto es lo que estoy aprendiendo en esta temporada de gracia fresca.

‪He de estar en la Palabra de Dios. Si yo soy como un buzo, este es mi tanque de aire. A Satanás le encantará alejarme, y mi carne mataría por algo de sueño, comida, o entretenimiento extra. Sin embargo, si quiero tener vida, no es negociable el conocer lo que el Dador de Vida tiene que decir.

‪Privarme a mí misma de la gracia, sería una arrogancia descarada. Y el resultado es privar también de la gracia a otros. La vida sin gracia es dura al tacto. Es lamentable, especialmente cuando tú misma sabes lo que te estás perdiendo.

‪He de ser honesta . . . ante Dios, ante los otros, y ante mí misma. Pretender que estoy en mejor forma de la que estoy no es esperanza, es un simple camino pavimentado al infierno.

‪Tengo que orar. No en el sentido de pedir por todo lo que creo que necesito bajo el sol, sino en el sentido de evocar Hebreos 4. Él promete dejarse ver, y yo consigo ir ante un trono de gracia. No un trono de odio o de “ya te lo dije”. Yo he dicho eso mismo a miles de mujeres. Una temporada tras otra, he consolado a mujeres heridas rogando con ellas en nombre del Gran Consolador, con este mismo sentimiento. El truco no está en alguna ecuación, se trata simplemente de pedir ayuda en la hora de tu necesidad.

‪Necesito gracia que de lugar a paciencia. Sí, la ira y amargura que crece dentro de una persona es pecado. Afortunadamente Jesús murió para vencer y perdonar el pecado. Y es por eso que puedo leer Romanos 5 y tener esperanza. Soy una pecadora quebrantada por la que Cristo murió, no una guerrera embellecida que cabalga un corcel.

‪Había una canción que se repitió durante unos buenos seis meses, cuando, como familia, decidimos cambiar la trayectoria de nuestras vidas radicalmente. Nos mudamos al otro extremo del país, hacia un mundo completamente nuevo, destruyendo nuestra cómoda comunidad y la vida tal y como la conocíamos. Todo lo que habíamos conocido hasta ese punto estaba protegido por una hermosa cultura sureña, con un lazo de bonita teología reformada. Era bastante satisfactorio. Pero los bebés murieron, nos mudamos a una cultura completamente nueva, y nuestras vidas cambiaron de arriba a abajo. Oré a Dios una canción que habíamos repetido en nuestro anterior hogar:

‪¿Por qué la vida es tan complicada? ¿Por qué forma parte de nosotros el dolor? Hay días en los que siento que nada sale bien, a veces duele demasiado . . . Pero tú estás aquí, tu eres real, se que puedo confiar en ti. Incluso cuando duele, incluso cuando es difícil, incluso cuando todo se desmorona. Correré hacia ti, porque sé que tú eres el que ama mi alma, el que sana mis cicatrices. Tú calmas mi corazón. Tú calmas mi corazón.

‪Y de eso se trata. Él no promete una vida libre de cicatrices. Apuesto que la mujer del corcel tiene cicatrices. Jesús las tiene, y eso es lo que hace que sea nuestro héroe. Y promete afirmarnos. Con eso es con lo que cuento.


Publicado originalmente para The Gospel Coalition. Traducido por Manuel Bento.
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