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El gozo del perdón

Cuando uno lee el Nuevo Testamento, su oferta es evidente: el perdón de los pecados. Es necesario, pues, que se sepa lo que es el pecado y sus consecuencias, con fines de entender y desear la remisión de los pecados. Enfoquemos estos dos casos. El primero: “Contra ti, contra ti sólo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal. 51:4). David pecó y lo hizo en lo oculto; sin embargo, confiesa que lo hizo en la presencia del Creador. El pecado es una ofensa contra Dios y frente a Él. De manera que si los pecados de una persona son remitidos, ya no es considerada rebelde, sino que es trasladada a un estado de obediencia. El segundo: “El que sacrifica alabanza me honrará; Y al que ordenare su camino, Le mostraré la salvación de Dios” (Sal. 50:23). Si un hombre por fe corrige su conducta es una alabanza al Señor; pero si anda en incredulidad, le deshonra. En cambio si sus pecados son remitidos, sería considerada como si nunca hubiese pecado, ya que sería vuelto a su posición original.

¿Cómo saber si mis pecados han sido perdonados?

La Biblia tiene la repuesta: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5). Alguien comenta: “Eso fue con David, un caso extraordinario”. Sigamos leyendo: “Por esto orará a ti todo santo… “(v.6). David lo supo: el perdón está disponible. Otro caso: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). Y ahí mismo universaliza su experiencia: “Por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (v.16). Pablo supo que fue recibido a misericordia y puesto como ejemplo de consuelo para muchos otros. ¡Qué bien!: Podemos saberlo. La remisión de pecados es beneficiosa, necesaria y obtenible.

¿Cómo se llega a sentir el perdón?

David confesó sus transgresiones antes de saber el perdón, o que la convicción de pecado antecede sentirlo. El orden es así: convicción de pecado, ruego y perdón. Otro caso: “Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos” (Dan.9:4). Si un hombre ruega a Dios por buenas cosas, primero tiene que quitar lo que impida la entrada de esa buena cosa. La ilustración: “Le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados… Dice entonces al paralítico: Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa” (Mt. 9:2,6). El enfermo rogó, fue perdonado, lo sintió o se alegró, y finalmente le sanaron el cuerpo. Resuelto el problema espiritual fue fácil obtener el bien terrenal.

¿Cómo puedo sentirlo YO?

La Biblia responde: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Co. 2:9-10). Esas cosas son los grandes privilegios que tenemos en el evangelio y que Dios ha preparado para los que le aman. Podemos saberlo y sentirlo por medio de las revelaciones del Espíritu Santo en nuestra vida. Así como el sol calienta la piel y uno lo siente. El Espíritu de Dios es quien causa que la luz de Cristo brille o se sienta en el alma. Un caso: “Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lc. 24:32). Una cosa es oír el evangelio y otra muy distinta es que esas verdades sean dulce al alma. De ahí el ruego de Pablo: “Por esta causa también yo, hago memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación” (Efe.1:15). La revelación del perdón de pecados es un ministerio exclusivo del Espíritu Santo. Dicho de otra manera: Que la convicción es una obra en el alma, no solo en el entendimiento, es un calor que afecta los sentimientos y voluntad del individuo. Nadie podrá sentir el testimonio del Espíritu De Gracia en su corazón, a memos que antes tenga convicción de pecado, y luego sentir el perdón.

Si una persona tuviese convicción de una verdad, él sentirá el peso de esa verdad en su alma. Es un peso que llena su mente y altera su conducta normal. Si un comerciante está convencido que vender naranjas es buen negocio, cuando se presenta la oportunidad de negocio, su mente se llena con la expectativa de gozo si aumentan sus ganancias. Es algo que tiene peso en su corazón: no se trata de algo superficial, sino profundo. La convicción de pecado trae un amargo al corazón. Entiéndase que si alguno ve placer en el pecado, es certísimo que no tiene convicción, y tampoco sentiría la dulzura del perdón. Ilustremos esta declaración: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28). Note el orden, un amargo en el alma y después un consuelo. Convicción de pecado, luego confesarlo y el Espíritu de Cristo revelándole el perdón. Otro caso: “El que confiesa sus pecados y se aparta, alcanzará misericordia” (Pr. 28:13). En la gracia, el creyente es capacitado para alcanzar misericordia por su santo esfuerzo. Esta confesión y apartamiento son signos de haber sido perdonado. Sentiría en su alma el dulce consuelo del perdón.

Abonando la idea

La convicción de pecado es ver una verdad bajo la luz del evangelio, no simplemente entenderlo en la mente como si fuera mero conocimiento, tal como uno sabe que el agua es líquida. No así, sino algo mucho más profundo. Un caso: “Bien que os dará el Señor pan de congoja y agua de angustia, con todo, tus maestros nunca más te serán quitados, sino que tus ojos verán a tus maestros. Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda. Entonces profanarás la cubierta de tus esculturas de plata, y la vestidura de tus imágenes fundidas de oro; las apartarás como trapo asqueroso; ¡Sal fuera! les dirás. Entonces dará el Señor lluvia a tu sementera, cuando siembres la tierra, y dará pan del fruto de la tierra, y será abundante y pingüe; tus ganados en aquel tiempo serán apacentados en espaciosas dehesas” (Isa. 30:20-23). Note de nuevo el orden, amargura en el alma, convicción de pecado o que lo verían amargo y detestable, sin provecho como vería una mujer un trapo menstruoso, y luego la bendición del Señor o alegría de corazón. El amargo surgiría al oír la palabra. O que la convicción es en la luz del evangelio. En otras palabras, que sí es posible sentir el perdón de pecados. Es como la alegría de cuando el pie cojo es sanado.

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