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Con la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos (Tit 1:2).

Dios prometió Su salvación incluso antes de que todo fuese creado. El apóstol Pablo dice que fuimos escogidos antes de la fundación del mundo (Ef 1:14) y Pedro dice que Cristo fue destinado desde antes de la fundación del mundo para ser el cordero sin mancha que moriría por nosotros (1 P 1:20).

Meditar en este misterio puede ser de mucho provecho para nuestras almas. Dios, desde antes de que el mundo fuese creado, ya había destinado a Cristo para morir como sacrificio sustitutorio por Su pueblo. También destinó a quienes salvaría. En este versículo, Pablo dice que Dios había prometido la esperanza de la vida eterna.

Lo más precioso es que Dios ordenó que esto quedara registrado en las Escrituras. Es decir, el Señor quiso que los cristianos supiéramos que esta salvación fue deseada, preparada y prometida desde antes que el mundo existiera. Antes que el primer ser humano respirara y que el primer pecado se cometiera.

Dios quiere que sepamos que aquello que Él hizo, hace y hará en nosotros es la realización de un plan que Él decretó incluso antes de nuestro nacimiento. Dios ha estado llevando a cabo este plan de salvación fielmente desde antes de la fundación del mundo. 

El propósito eterno de Dios trasciende el tiempo y no depende de lo que suceda en la tierra. Su propósito es seguro y no está subordinado a lo que los seres humanos podamos hacer o dejar de hacer.

Podemos confiar y descansar en que cada cosa, cada evento, cada aflicción, cada prueba son como pequeñas partes de este gran rompecabezas que Dios está armando de acuerdo a Su propósito sabio y eterno. Esto es glorioso y esperanzador.

Nuestra salvación, y cada etapa de ella, forman parte de una historia que comenzó antes de que nuestra vida comenzara. Tenemos una salvación segura. Cada dificultad, lejos de ser una interrupción en nuestras vidas, puede ser vista como algo que Dios ordena para nuestro bien, como parte del cumplimiento de Sus planes eternos. ¡Gloria a Dios!

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