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En línea, Jill es una creyente alentadora y alegre. Ella aboga por los oprimidos y recauda fondos para los pobres. Cada sábado publica un tuit sobre su servicio en el refugio de personas sin hogar. Publica en las redes sociales versículos bíblicos varias veces al día. Basado en sus interacciones en las redes sociales, al parecer sus amigos la aman y disfrutan de su amistad.

Desconectada, ella es una Jill diferente.

Jill desconectada parece distante y sin compromiso con su comunidad de la iglesia. Su activismo en línea parece ser más de carácter juicioso, y aunque ayuda felizmente en un refugio, no se molesta en servir a su iglesia local. Heridos por su aparente desinterés, los compañeros de Jill se sienten ignorados y dejados a un lado. Ella parece contentarse más con tener una vida en línea que cara a cara.

¿Cómo puede la vida en línea de Jill ser tan diferente a su vida real? No la puedo juzgar; he sido como ella, y he visto las consecuencias.

Te engañé

Lo que te permito ver en línea forma tu percepción de mí.

Presento la versión más limpia de mí misma, y no para engañarte intencionalmente, sino que quiero glorificar a Dios en todo lo que digo y hago. (Claro, también tengo otras razones más egoístas). Evito transmitir mi negatividad para no ser de tropiezo (y, de nuevo, por razones más egoístas). Manejo con cuidado las actualizaciones de estado que publico; afirmo a otros; evito quejarme y refunfuñar. Presto atención a cómo expreso mis convicciones morales y sociales.

Ciertamente es una versión falsa de mí misma. No publico cosas como ”¡Me estoy volviendo loca! #Soyunavergüenza”, o “Hace más de un mes que no lavo la ropa. #Prefieroestartuiteando”. Eso no significa que no estoy consciente de mi pecado; es solo que estoy ocultando metódicamente toda la evidecia. Tú asumes que peco en ocasiones, pero no porque lo haya confesado.

En resumen, si basas tu impresión de mí en mi perfil en las redes sociales el resultado será una representación no real y vergonzosa.

Me engañé

Lo que presento en mis perfiles en línea involuntariamente da forma también a mi autoconciencia.

Mirar a la versión más bonita y ordenada de mí misma es fascinante. Me gusta la sensación de parecer perfecta. Las masas que me observan (o esos cinco o seis amigos…) no necesitan saber que soy pecadora, ¿cierto?

Para ser honesta, mi propio pecado me sorprende. Me sorprendo cuando el orgullo sale a la superficie; pierdo el autocontrol o caigo presa de los mismos patrones idólatras que he batallado por años. Mi reacción natural no es: “¡Ay de mí, que soy una mujer de labios impuros!”, sino que me avergüenzo por pensar que podía esconder la evidencia del pecado que mora en mí.

Si mi yo real es radicalmente diferente a mi yo en línea, ¿cuál es real y cuál es el impostor? Si fallo en demostrar el mismo fruto del Espíritu en mi “vida real” como lo hago “online”, probablemente ese fruto es plástico y debo estar consciente de la discrepancia.

Buscando comodidad

Es divertido llenar tu vida con amigos de Facebook, seguidores en Twitter y lectores del blog que parecen estar interesados cada vez que publicas una foto tuya o de tus hijos haciendo algo bueno. ¿Quién no amaría una audiencia que da “like” a tus fotos y se sorprende por tus capacidades?

Pero, hermanos y hermanas, debemos reconocer correctamente esta obsesión y orgullo.

Cuando estoy siendo alentada por las amistades en línea y paso gran parte de mi tiempo leyendo mis propias publicaciones, el sofá de las redes sociales puede ser muy cómodo. Me gusta vivir en un mundo en línea en el cual no hay necesidad de lidiar con mi comunidad. Prefiero disfrutar del amor de mi perfección digital que tropezar y caer frente a personas reales que me llamarán y me harán responsable.

Si no soy cuidadosa, mantenerme donde nadie conoce mis fallas me puede alejar fácilmente de la realidad y llevarme a una vida de aislamiento y falta de sinceridad.

Estando presente

Evitar las conexiones reales, como aquellas que se producen los domingos en la mañana, para abrir tu corazón a la comunidad digital no solo te prepara para una visión erronéa de ti mismo, también engendra estancamiento espiritual.

No importa lo bueno que sean tus amigos en la red, ellos no están a tu lado sintiendo tu ensimismamiento. Ellos no te ven en el peor momento o cuando estás evitando la comunión o sufriendo de depresión espiritual. No se darán cuenta de tu insatisfacción con tu cónyuge, de tu constante amargura o negatividad, o de tu falta de perdón a aquel amigo que te hirió. Pero los amigos de la vida real, los que puedes conducir hasta tu puerta, sí lo harán.

Yo necesito amigos que se metan en mis asuntos, que me reten y ayuden a vencer el pecado de frente. Puedo hacerme de la vista larga con astucia en las redes sociales, pero no frente a los verdaderos amigos. Necesito ser confrontada por mi pecado en la vida real, donde no hay filtro ni opciones para borrar.

Nuestra necesidad real y presente

Mi mayor necesidad no es un agente de relaciones públicas; es un Redentor. Y en la vida real, los amigos cotidianos, aquellos conscientes de mi pecado y del poder del evangelio, me recordarán regularmente esta necesidad.

Amigos a la distancia o en las redes, no importa lo maravillosos que sean, no podrán ganar acceso a nuestras almas. Ver los ojos compasivos de un amigo, sostener su mano e ir de rodillas juntos en oración son evidencias tangibles de la cercanía de Dios en nuestra guerra contra el pecado.

No te conformes con mantener tu vida principalmente o exclusivamente online. Las redes sociales son un pobre sustituto de la presencia física. Esfuerza, lucha e invierte en esos amigos cuyas voces, lenguaje corporal y personalidades extravagantes te son familiares. Estos son los corazones que conocen tu corazón y están orando y comprometiéndose con tu santificación.


Publicado originalmente para The Gospel Coalition. Traducido por Myrna Rodriguez.

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