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Todo verdadero cristiano tiene en alta estima la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por tal razón, todos debieran tener un aprecio singular por los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Lamentablemente, no siempre es así. De hecho, para muchos creyentes, la lectura de los Evangelios puede resultar un tanto confusa, al tratar de entender el significado de las obras, los discursos y los diversos relatos de la pasión de nuestro Señor y Salvador, y cómo encajan esos relatos y discursos entre sí y con el mensaje central de las Escrituras.

Es por eso que, antes de abordar el estudio de los Evangelios, es recomendable comenzar con algunas preguntas generales sobre el tipo de literatura con el que estamos lidiando. ¿Son los Evangelios una colección de historias y dichos de Jesús desconectados entre sí? ¿Debemos leerlos como biografías cronológicas de la vida, muerte y resurrección de Cristo, o pertenecen a un género literario diferente? ¿Por qué tenemos cuatro Evangelios en vez de uno? ¿Por qué hay tanta similitud entre Mateo, Marcos y Lucas, y tanta diferencia con el Evangelio de Juan? ¿Por qué aun entre Mateo, Marcos y Lucas encontramos tantas diferencias? Estos son algunos de los asuntos que quiero explorar a continuación, con el propósito de tener una mejor comprensión en nuestro estudio de los Evangelios.

¿Qué son los Evangelios?

La palabra “Evangelio” es una palabra griega que significa literalmente “noticias que traen gozo” y que afectan significativamente la vida de sus oyentes. Y desde los primeros días de la Iglesia, los cuatro relatos canónicos fueron conocidos como “El Evangelio según… Mateo, Marcos, Lucas y Juan”. Esta designación nos muestra que estos cuatro relatos no pretenden ser cuatro Evangelios diferentes, sino uno solo, según Mateo, según Marcos, según Lucas y según Juan. En ese sentido, sería más apropiado hablar del cuádruple Evangelio del Señor Jesucristo. No eran meras biografías, en el sentido moderno de la palabra, sino la proclamación de que en Cristo se cumple la esperanza mesiánica del reino de Dios, ampliamente anunciada por los profetas del Antiguo Testamento (Lc. 24:25-27).

Algunos se refieren a los Evangelios como “biografías teológicas”. Esta designación es apropiada, en el sentido de que los evangelistas no tenían la intención de proveernos un relato cronológico de la vida de Jesús. No obstante, esta designación se queda corta al no incluir el elemento de proclamación que demanda una respuesta de sus lectores.

La proclamación del Evangelio demanda de los hombres arrepentimiento y fe. Es un mensaje de gracia y esperanza, no un tratado moralista.

La buena nueva de la llegada del reino de Dios en la persona de Jesús era proclamada por la iglesia mucho antes de que los evangelistas pusieran por escrito sus relatos; y esa proclamación no era un mero traspaso de información acerca de un hecho histórico, o la explicación del significado teológico de esos hechos. La proclamación del Evangelio demanda de los hombres arrepentimiento y fe (Mr. 1:14-15; 2 Co. 5:18-21). Es un mensaje de gracia y esperanza, no un tratado moralista.

Eso explica por qué los evangelistas dedicaron tanto espacio en sus narrativas a los últimos siete días del ministerio de Jesús. Mateo dedica un cuarto de su Evangelio, los capítulos 21 al 28, a esa pequeña porción del ministerio terrenal de Cristo. Marcos le dedica un tercio; Lucas un quinto; y Juan la mitad de su relato. Si sumamos el contenido de los cuatro Evangelios, hacen un total de 89 capítulos, 30 de los cuales se enfocan en estos 7 días. En otras palabras, más de un tercio de los cuatro Evangelios está dedicado a narrar con lujo de detalles lo que sucedió durante esos últimos días de la vida y ministerio de Jesús.

Por otra parte, estas cuatro narrativas del Evangelio no solo tienen la intención de ser instrumentos para el evangelismo, sino también para el discipulado. En ese sentido, estoy de acuerdo con el erudito norteamericano Jonathan Pennington cuando afirma que

“debemos acercarnos a las narrativas del Evangelio como lo hacemos con un sermón; estas (narrativas) deben ser tratadas, no meramente como portadoras de información (histórica o doctrinal), sino como instrumentos de transformación”.[1]

Los Evangelios y el canon

¿Qué lugar tienen los cuatro Evangelios en el canon? Esta pregunta es importante para la correcta interpretación de ellos. Estos deben ser leídos “en conexión orgánica con el Antiguo Testamento”, como diría Alfred Edersheim, porque en ellos se narra “la historia del establecimiento del tan esperado reino de Dios en la tierra”.[2]

Jesucristo es el clímax de la historia de redención que se va desarrollando a través de los pactos de Dios con Su pueblo.

Jesucristo es el clímax de la historia de redención que se va desarrollando a través de los pactos de Dios con Su pueblo. De ahí los comentarios explicativos, típicos del Evangelio de Mateo: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta” (Mt. 1:22), y otros similares.

El mismo Jesús nos exhorta a escudriñar las Escrituras del Antiguo Testamento, “porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39). En tal sentido, una vez más pienso que Pennington tiene razón al considerar que las cuatro narrativas del Evangelio funcionan como la piedra angular de un arco romano: sosteniendo ambos lados de la revelación bíblica, teniendo el Antiguo Testamento de un lado y el resto del Nuevo Testamento del otro.[3] Por supuesto, no podemos presuponer que los autores del Antiguo Testamento estaban conscientes de que en su narrativa estaban prediciendo o anticipando a Cristo; más bien esto se hace evidente cuando leemos los Evangelios en retrospectiva, como nos sugiere Richard B. Hays.[4]

Consideremos, por ejemplo, la declaración de Jesús, en Juan 2:19: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Juan aclara más adelante que “él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn. 2:21). Estas palabras se encuentran orgánicamente conectadas con la historia redentora que comienza a desarrollarse a partir de la primera promesa evangélica, en Génesis 3:15. En el huerto del Edén, Dios manifestaba Su presencia especial con el hombre creado a Su imagen y semejanza. Este jardín fue el primer santuario de la historia (Gn. 3:8). Pero el acceso a este santuario, a la presencia misma de Dios, quedó bloqueado por causa de la caída de nuestros primeros padres, que fueron expulsados “al este del Edén” (Gn. 3:26).

Tanto el tabernáculo como el templo representarían esa presencia especial de Dios en el huerto; pero la gran promesa de los pactos permanecería en suspenso hasta la llegada de Jesús: “Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Ez. 37:27). La identificación de Jesús en el Evangelio de Juan, primero con el tabernáculo (1:14) y luego con el templo (2:19,21), es muy significativa porque lo señala como la morada final de Dios, el verdadero templo (4:20-24). Hasta que el cuerpo físico de Jesús no fuese destruido en la cruz (Jn. 2:19), ningún pecador podía tener acceso a la presencia especial de Dios (Heb. 10:19-22).

¿Por qué cuatro Evangelios?

Los tres primeros Evangelios que aparecen en nuestras versiones de la Biblia (el Evangelio según Mateo, Marcos y Lucas) se conocen como “sinópticos”, del griego syn (“junto”), y opsis (“ver”), porque comparten un punto de vista similar. El Evangelio según Juan es el más diferente de todos. Sin embargo, aun los llamados “Evangelios sinópticos” poseen considerables diferencias entre sí. Tomemos como ejemplo el nacimiento de Jesús: Marcos lo obvia por completo, mientras que los relatos de Mateo y de Lucas, tan amplios como son, no se solapan entre sí.[5]

Jesús es el Rey que asume una posición de siervo para dar Su vida en rescate por muchos.

Para muchos creyentes, tener cuatro narrativas del Evangelio de Cristo resulta confuso e intimidante, sobre todo al tratar de armonizarlos entre sí. ¿No habría sido mejor tener una sola narrativa del Evangelio en vez de cuatro? ¡Por supuesto que no! En tal caso nos habríamos perdido la riqueza de las diversas perspectivas que nos presentan los evangelistas en cada una de sus narrativas. “Nuestros cuatro Evangelios son como vitrales, los cuales capturan y refractan la luz del sol en diferentes formas, matices e imágenes”.[6]

Mateo se dirige primariamente a los judíos, tratando de demostrar que Jesús es el Mesías que fue prometido en el Antiguo Testamento, Aquel que encarna la presencia de Dios en medio de Su pueblo. Marcos escribe para un público gentil, mostrando a Jesús como el Rey que asume una posición de siervo para dar Su vida en rescate por muchos. El Evangelio de Lucas, también dirigido primordialmente a los gentiles, nos muestra a Jesús como el Hombre perfecto que vino a salvar y a ministrar en el poder del Espíritu Santo. Juan, por su parte, se dirige a todo el mundo sin distinción, presentando a Jesús como Aquel que es completamente Hombre, y al mismo tiempo uno con el Padre, en el cual debemos creer para recibir la vida eterna.

Dado que cada Evangelio posee un propósito distintivo, debemos considerarlos de manera individual, antes que iniciar el estudio de cada pasaje tratando de armonizarlos con las otras narrativas. En otras palabras, si bien tiene sus ventajas leer los Evangelios a nivel horizontal, colocándolos uno al lado de los otros, debemos darle preferencia a la lectura vertical, considerando cada pasaje de acuerdo con el propósito del autor de ese Evangelio en particular.

¿Cómo estudiar las partes narrativas en los Evangelios?

El estudio de los pasajes narrativos de las Escrituras, y más particularmente de los Evangelios, puede ser un verdadero reto para los intérpretes y expositores de la Palabra de Dios. Aquí hay algunas sugerencias prácticas, no sin antes advertir que ninguna metodología es exhaustiva ni resuelve todos los problemas.[7]

1) Aísla la unidad literaria. En otras palabras, determina la demarcación del pasaje que estás considerando.

2) Lee la historia múltiples veces. Debemos familiarizarnos con el pasaje en cuestión, antes de comenzar a analizarlo.

3) Identifica el escenario y los personajes.

4) Observa la historia. “¿Hay algunas palabras clave o frases o ideas que se repiten? ¿Es declarada alguna relación de causa y efecto? ¿Cuáles ilustraciones son usadas, si es que aparece alguna?”.[8]

5) Aísla las diferentes escenas.

6) Analiza la narrativa. Toda narrativa suele establecer primero el escenario y los personajes de la historia, antes de pasar a las siguientes etapas en el desarrollo de la historia: una tensión, el clímax y la resolución, los cuales establecen por lo general un nuevo escenario. Debes tomar en cuenta que la tensión no es sinónimo de lucha física o verbal, sino que puede tratarse de un dilema o la aparición de un problema no resuelto, así como también que esa tensión puede aparecer al principio de la historia. Es en el incremento de esa tensión donde se desarrolla la trama de la historia. Es en la tensión y en su resolución donde se suele encontrar el punto principal que el autor está tratando de resaltar.

7) Ubica la historia en el contexto del propósito de ese Evangelio en particular, y de la historia redentora en general. ¿Hay alguna conexión evidente con el resto del Evangelio? ¿Hay alguna conexión evidente, o incluso sutil e indirecta, con el Antiguo Testamento?

Conclusión

Tal como se mencionó al inicio de este artículo, todo creyente debiera tener un aprecio singular por los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Es allí, como en ningún otro lugar de la Escritura, donde se encuentra el punto focal de la historia redentora: la persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo.

Es mi oración que este breve artículo sea de ayuda para todos aquellos que deseen profundizar en el estudio de estas cuatro narrativas del Evangelio, y que al hacerlo, adquieran un conocimiento y un aprecio más profundo por las buenas nuevas del reino de Dios encarnadas en Jesús.


[1] Jonathan T. Pennington, Reading the Gospels Wisely [Leer los Evangelios con sabiduría] (Grand Rapids, Baker Academic, 2012); 34. Paréntesis agregado.

[2] Ibid., 28.

[3] Ibid., 231.

[4] Richard B. Hays; Reading Backwards [Leer hacia atrás] (Waco, Texas, Baylor University Press, 2014); 2.

[5] Pennington, 55.

[6] Ibid., 70.

[7] Para una perspectiva ampliada de esta metodología, ver Pennington, 169-210. También recomiendo Timothy Wiarda, Interpreting Gospel Narratives: Scenes, People, and Theology [Interpretar las narrativas de los Evangelios: Escenas, personas y teología (Nashville, B&H, 2010); y Richard B. Hays, Reading Backwards [Leer hacia atrás] (Waco, Texas, Baylor University Press, 2014).

[8] Pennington; 176.

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