Cómo hablar del pecado en una era posmoderna

Cuando empecé a leer la Biblia, buscaba temas unificadores. Llegué a la conclusión de que hay muchos, y que si hacemos de un tema “el tema”, (como “pacto” o “reino”), corremos el riesgo del reduccionismo.

Sin embargo, una de las principales maneras de leer la Biblia es como la perpetua lucha entre la fe verdadera y la idolatría. En el principio, los seres humanos fueron creados para adorar y servir a Dios, y para gobernar sobre todas las cosas creadas, en nombre de Dios (Gén. 1:26-28). Pablo percibe el pecado original de la humanidad como un acto de idolatría: “Y cambiaron la gloria del Dios incorruptible… y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador” (Ro. 1:21-25). En lugar de vivir para Dios, comenzamos a vivir para nosotros mismos, o para nuestro trabajo, o para los bienes materiales. Invertimos el orden original establecido.

Y cuando comenzamos a adorar y a servir las cosas creadas, paradójicamente, las cosas creadas llegan a gobernarnos.

En lugar de ser los viceregentes de Dios, gobernando sobre la creación, la creación ahora nos domina. Estamos expuestos a la decadencia y a la enfermedad y al desastre. La prueba final de esto es la muerte misma. Vivimos para nuestra propia gloria trabajando en el polvo, pero al final volvemos al polvo: el polvo “gana” (Gén. 3:17-19). Vivimos para hacernos famosos, pero nos olvidan.

Aquí, en el comienzo de la Biblia, aprendemos que la idolatría significa esclavitud y muerte.

La trampa de la idolatría 

Las dos primeras y más fundamentales leyes de los diez mandamientos (una quinta parte de la ley de Dios para la humanidad) están en contra de la idolatría. El éxodo no prevee una tercera opción entre la fe verdadera y la idolatría. Adoraremos al Dios increado, o adoraremos algo creado (un ídolo). No existe la posibilidad de que no adoremos nada.

El texto clásico del Nuevo Testamento es Romanos 1:18-25. Este extenso pasaje sobre la idolatría a menudo se considera como refiriéndose solo a los gentiles paganos, sin embargo debemos reconocerlo como un análisis de lo que es el pecado y cómo funciona. El versículo 21 nos dice que la razón por la que nos volvemos a los ídolos es porque queremos controlar nuestras vidas, a pesar de que sabemos que le debemos todo a Dios: “Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias”. El versículo 25 nos menciona la estrategia del control: apropiarse de cosas creadas, y asentarlas en nuestro corazón, y construir nuestras vidas alrededor de ellas. Puesto que necesitamos adorar algo, debido a cómo fuimos creados, no podemos eliminar a Dios sin crear sustitutos de Dios. Los versículos 21 y 25 nos hablan de los dos resultados de la idolatría:

  • Engaño: “se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido” (v. 21).
  • Esclavitud: “y adoraron y sirvieron” a las cosas creadas (v. 25).

Todo lo que adoramos serviremos, porque la adoración y el servicio están siempre inextricablemente unidos. Somos seres de “alianzas”. Entramos en alianza con lo que más capta nuestra imaginación y nuestro corazón. Nos atrapa. Por lo tanto, cada personalidad humana, comunidad, forma de pensamiento, y cultura, se basará en algún tema principal o en alguna dedicación principal, ya sea hacia Dios o hacia algún sustituto de Dios. Individualmente, en última instancia, nos apoyaremos en Dios o en el éxito, el romance, la familia, el estatus, la popularidad, la belleza, o cualquier otra cosa para que nos haga sentir personalmente significativos y seguros, y para guiarnos en nuestras decisiones. Culturalmente, en última instancia, nos apoyaremos en Dios, o en el mercado libre, el estado, las élites, la voluntad del pueblo, la ciencia y la tecnología, la fuerza militar, la razón humana, el orgullo racial, o alguna otra cosa, para adquirir significado y seguridad colectivamente, y para guiar nuestras decisiones.

Idolatría en la raíz 

Nadie entendió mejor este punto que Martín Lutero, quien vincula extraordinariamente el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento en su exposición de los diez mandamientos. Lutero veía que tanto la ley del Antiguo Testamento y su énfasis en contra de los ídolos, al igual que el énfasis del Nuevo Testamento en la justificación por la fe, son esencialmente lo mismo. Observó que los diez mandamientos comienzan con dos mandamientos en contra de la idolatría. Esto se debe a que el problema fundamental en la transgresión de la ley siempre es la idolatría. En otras palabras, nunca transgredimos los otros mandamientos sin transgredir antes el primer mandamiento —la ley contra la idolatría. Lutero comprendió que el primer mandamiento trata realmente de la justificación por la fe, y el no creer en la justificación por la fe es idolatría, la cual es la raíz de todo lo que le disgusta a Dios:

“Todos aquellos que no confían siempre en Dios ni en su favor, gracia, y buena voluntad en todas sus obras o sufrimientos, en la vida y en la muerte, sino que buscan su favor en otras cosas o en sí mismos, no guardan este (primer) mandamiento, y practican verdaderamente la idolatría, aunque cumplan todos los demás mandamientos y además tengan todas las oraciones, obediencia, paciencia, y castidad de todos los santos combinados. Si la obra principal no está presente, todo lo demás no es más que mera farsa, espectáculo y fingimiento, sin ningún fundamento…. Si dudamos o no creemos que Dios es bondadoso con nosotros y está complacido con nosotros, o si presuntuosamente esperamos complacerlo solo a través y gracias a nuestras obras, entonces todo es puro engaño, honrando a Dios exteriormente, pero interiormente estableciéndonos como un falso [salvador]” (Tratado sobre las buenas obras, parte X.XI)

Aquí Lutero dice que fracasar en creer que Dios nos acepta plenamente en Cristo, y apoyarnos en algo más para nuestra salvación, equivale a fracasar en guardar el primer mandamiento; es decir, no tener otros dioses ante Él. Tratar de obtener la salvación propia mediante la justicia a través de las obras es transgredir el primer mandamiento. Una vez más, él dice que no podemos guardar verdaderamente ninguna de las otras leyes a menos que guardemos la primera ley en contra de la idolatría y la justicia a través de las obras. Entonces, detrás de cualquier pecado en particular está este pecado de rechazar la salvación por medio de Cristo, y el de entregarse a la salvación por medio de uno mismo.

Por ejemplo, digamos que una persona engaña en su formulario de impuesto a la renta. ¿Por qué hace eso? Bueno, usted dirá, porque es un pecador. Sí, pero ¿por qué su pecado toma esa forma? La respuesta de Lutero sería que el hombre cometió ese engaño porque estaba haciendo del dinero y las posesiones —y el estatus o consuelo de tener más— lo más importante, más importante que Dios y su favor. O digamos que una persona miente a un amigo en lugar de avergonzarse por algo que hizo. En ese caso, el pecado subyacente es que la aprobación humana, o mantener su reputación, es más importante que la justicia que se tiene en Cristo.

La Biblia, entonces, no considera que la idolatría sea un pecado entre muchos. Por el contrario, fracasar en confiar completamente en Dios o en vivir correctamente tienen como raíz la idolatría, algo que se vuelve más importante que Dios. Siempre hay una razón para el pecado. Detrás de nuestros pecados hay deseos idólatras.

La idolatría en la cultura posmoderna

Las enseñanzas de las Escrituras acerca de la idolatría son particularmente útiles para el evangelismo en un contexto postmoderno. La forma típica en que los cristianos definen el pecado es decir que es la transgresión de la ley de Dios. Correctamente explicado, por supuesto, esa es una definición buena y suficiente. Pero la ley de Dios incluye tanto los pecados de omisión como de comisión, e incluye actitudes tanto del corazón como de comportamiento. Esas actitudes y motivaciones erróneas suelen ser deseos excesivos; formas de idolatría. Sin embargo, cuando la mayoría de los oyentes nos escuchan definir el pecado como “transgredir la ley de Dios”, el énfasis en sus mentes recae en lo negativo (pecados de comisión) y en lo externo (comportamientos en lugar de actitudes). Existen razones significativas, entonces, por las cuales el “transgredir la ley” no es la mejor manera de describir el pecado a los oyentes posmodernos.

Ordinariamente empiezo a hablar del pecado a un joven citadino no cristiano de esta manera:

El pecado no solo es el hacer cosas malas; fundamentalmente es más bien hacer de las cosas buenas algo primordial. El pecado es construir tu vida y su significado en alguna cosa, incluso una cosa muy buena, en lugar de hacerlo en Dios. Todo sobre lo que construimos nuestra vida nos manejará y nos esclavizará. El pecado es, principalmente, idolatría.

¿Por qué es este un buen camino a seguir?

En primer lugar, esta definición de pecado incluye un grupo de gente del cual las personas posmodernas son muy conscientes. La gente posmoderna cree, y con razón, que mucho daño ha sido hecho por gente religiosa pretenciosa. Si decimos que “el pecado es la transgresión de la ley de Dios” sin mucha explicación adicional, parece que el pueblo fariseo que ellos conocen están “dentro”, y la mayoría de las demás personas están “fuera”. Los fariseos, por supuesto, son muy meticulosos en su acatamiento a la ley moral, y por lo tanto (para el oyente) parecen ser la esencia de lo que un cristiano debería ser. Un énfasis en la idolatría evita este problema. Como señala Lutero, los fariseos, aunque no se inclinaban ante ídolos literales, confiaban en sí mismos y en su bondad moral para justificarse, y por lo tanto estaban transgrediendo el primer mandamiento. Su moralidad estaba basada en su comportamiento autosuficiente y, por tanto, espiritualmente patológico. Al final, en su obediencia a la Ley, en realidad estaban transgrediendo la ley más fundamental de todas. Cuando definimos y describimos el pecado a la gente posmoderna, debemos hacerlo de una manera que desafíe no solo a las prostitutas, sino también a los fariseos, a una transformación.

Hay otra razón por la que necesitamos una mejor explicación del pecado a las personas posmodernas: son relativistas, y en el momento en que se les dice, “El pecado es la transgresión de los estándares morales de Dios”, replicarán, “Bueno, ¿quién puede decir cuáles son los estándares morales correctos? ¡Todos tenemos diferentes estándares! ¿Qué hace que los cristianos piensen que el suyo es el único estándar correcto?”. La forma habitual de contestarles es desviándose de la presentación del pecado y la gracia a una discusión apologética sobre el relativismo. Por supuesto, las personas posmodernas deben ser enfáticamente desafiadas acerca de su visión pobre de la verdad, pero creo que hay una manera de continuar el tema y de hacer una presentación del evangelio creíble y convincente antes de entrar en temas de  apologética. Lo hago de esta manera: tomo una página del libro de Kierkegaard, “The Sickness unto Death” (La enfermedad que lleva a la muerte), y defino el pecado como basar su identidad —su autoestima y felicidad— en cualquier otra cosa que no sea Dios. En lugar de decirles que están pecando porque están durmiendo con sus novias o novios, les digo que están pecando porque están confiando en que sus carreras y romances los salvarán y les darán todo lo que deberían estar buscando en Dios. Ese tipo de idolatría conduce al impulso, a las adicciones, a la ansiedad severa, a la obsesión, a la envidia de otros, y al resentimiento.

Me he percatado que cuando uno describe sus vidas en términos de idolatría, la gente posmoderna no ofrece mucha resistencia. Dudan que haya alguna alternativa real, pero admiten tímidamente que eso es lo que están haciendo. También he percibido que esto hace que el pecado sea más personal. Hacer un ídolo de algo significa darle el amor que uno debe dar a su Creador y Sustentador. Representar el pecado no solo como una transgresión de la ley, sino también del amor, es más convincente. Por supuesto, una descripción completa del pecado y de la gracia incluye el reconocimiento de nuestra rebelión en contra de la autoridad de Dios. Pero he descubierto que si las personas se convencen de ser culpables de su pecado de idolatría y amor mal dirigido, es más fácil mostrarles que uno de los efectos del pecado es negar su hostilidad hacia Dios. De alguna manera, la idolatría es como la adicción escrita en mayúscula. Estamos atrapados por nuestros ídolos espirituales, al igual que la gente está atrapada por la bebida y las drogas. Vivimos negando cuánto nos estamos rebelando contra el gobierno de Dios, al igual que los adictos viven negando cuánto están pisoteando a sus familias y seres queridos.

El tema bíblico de la idolatría tiene muchas más implicaciones para el ministerio en una sociedad posmoderna como la que he discutido aquí. No solo es una clave para el evangelismo, también es crucial para el discipulado y la consejería, como David Powlison ha demostrado en sus muchos escritos sobre el tema (ver su ensayo “Idols of the Heart” [Ídolos del corazón] y “Vanity Fair” [La feria de las vanidades]). Los calvinistas holandeses también han demostrado que la mejor manera de analizar las culturas es mediante la identificación de sus ídolos colectivos. De hecho, cada campo de vocación y estudio tiene sus ídolos reinantes, al igual que los partidos políticos y las ideologías. Mientras que las sociedades seculares han hecho un ídolo de la razón humana y de la autonomía humana, otras sociedades más tradicionales hacen ídolos de la familia o de la pureza de la raza.

En su reciente autobiografía, Easter Everywhere: A Memoir (Semana Santa por doquier: una memoria), Darcey Steinke relata cómo ella, la hija de un ministro luterano, abandonó su vocación cristiana. Se mudó a la ciudad de Nueva York, entró en una vida nocturna activa y en la obsesión sexual. Escribió varias novelas. Sin embargo, ella se sentía extremadamente inquieta e insatisfecha. En el centro del libro cita a Simone Weill como resumiendo el conflicto principal en su vida. “A uno solo le queda elegir entre Dios y la idolatría”, escribió Weil. “Si uno niega a Dios… uno está adorando algunas cosas de este mundo creyendo que solo las vemos como cosas, pero de hecho, aunque sin percatarnos nosotros mismos, nos imaginamos en ellas los atributos de la Divinidad”. 

Stephen Metcalf, en su reseña de la autobiografía para el New York Times, calificó la cita de Weill como “extraordinaria”. Este es testimonio de lo penetrante que es el concepto de la idolatría para las personas posmodernas.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Juana Gervais.
Imagen: Lightstock
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