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¡Auxilio! Tengo que educar a mi hijo en casa

No nací en un hogar cristiano. Tampoco crecí jugando muñecas; todo lo contrario. Era de deportes y juegos grupales. Jamás jugué a ser profesora y ni siquiera tenía peluches. Nunca estuvo en mí el instinto maternal, ni la ternura, ni las ganas de ser mamá. Mi enfoque era vivir mi vida y pasarla bien. Estudié arquitectura porque me gustaban los números y el arte; pero allí tampoco me sentía plena. Había un vacío que evidentemente Dios tenía que llenar. 

Luego Dios interceptó mi vida. Me mostró que mi llamado era educar y servir a jóvenes. Desde hace 16 años he trabajado en el sector educativo, enseñando y coordinando, para adolescentes y universitarios. Me encanta el trabajo en el aula, enseñar lo que sé e investigar lo que aún no sé. 

Desde que mi hijo nació hace siete años, he tenido el deseo de educarlo en casa, disfrutar sus logros, y acompañarlo en sus retos. Pero muchas veces las necesidades económicas y la inestabilidad de nuestros países latinoamericanos nos obliga a las mujeres a trabajar. Y amo trabajar en el colegio, servir a tantas familias diferentes, y ver a otros crecer en el Señor. Lo veo como un ministerio más que un trabajo. Además, me ha tocado un hijo muy sociable que, cada vez que contemplamos la idea de educarlo solo en casa, opina rotundamente que no.

Mientras sigo en Internet a muchísimas cuentas de madres que hacen homeschooling, y admiro mucho a las familias que han podido tomar esta decisión contracultural, yo soy feliz trabajando en el colegio, y mi hijo me acompaña y aprende junto a sus amigos. ¡Todo un éxito!

Y llegó la pandemia.

Clase virtual sin haberlo planeado

Todos nos vimos obligados a quedarnos en casa, sin ayuda, sin salidas, y para colmo con varios meses por delante para que nuestros hijos terminaran sus clases. No sé cómo te fue a ti, pero me tomó casi dos semanas tomarle el paso al material de primer grado, a la rutina del hogar, a seguir con mi trabajo, y a no estar tan cansada para ser mujer y esposa. Qué duro me dio. Tuve que armarme de valor, dejar las quejas a un lado, y ser mamá y maestra a la vez.

Dejé mi comodidad, mi tiempo de ocio o de paz, para dedicar las mañanas enteras a apoyar el progreso académico de mi hijo. No solo apoyarlo, sino también motivarlo a aprender nuevas formas de ser enseñado a través de una pantalla, sin interacción social, sin competir con el otro, sin reírse con sus amigos, y aún así disfrutar el proceso. Dios trató conmigo y se marcó en mí su Palabra en Filipenses 2:3-4:

“No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás”.

Cada día me levantaba con eso en mente, recordando que enseñar en casa no se trataba de mí sino de apoyar a mi hijo y por ende agradar a Dios. Nuestra meta es parecernos a Jesús, y ¿qué hubiera hecho Él? Lo correcto y sin quejarse.

A pesar de que me sentía “bien” resolviendo los quehaceres de la casa mientras lo ayudaba a conectarse a Meet y hacer sus deberes, evaluaba mi actitud constantemente. Los primeros días fueron de quejas, lágrimas, y cansancio. Pero el Espíritu Santo nos da convicción y ayuda para ser intencionales en hacer con gozo lo que nos toca hacer, con un espíritu afable y apacible, modelando a Cristo y siendo de testimonio para nuestros hijos.

Algunas estrategias para educar a tu hijo en casa

En medio de la mejora espiritual pude implementar estrategias prácticas que me ayudaron a no perder el juicio durante esos meses. Quizá puedan servirte de ayuda:

  • Cada semana imprimía el calendario de las actividades diarias, tanto las de la mañana como las de la tarde.
  • Colocaba en una pizarra las horas importantes de las reuniones virtuales y sus días.
  • Puse en el iPad alarmas, sobre todo para la hora de la primera clase.
  • Cada noche, antes de acostarme, dejaba todo el material académico listo y leíamos juntos lo que tocaba al otro día. De esta forma los dos nos preparábamos mejor y la ansiedad bajaba un poco.
  • Antes de comenzar las clases, los dos siempre estábamos bañados y desayunados. Las dos cosas nos ayudan a estar más alertas.
  • Despejamos el área de estudio de toda distracción.
  • Al principio, me funcionó que él usara su uniforme escolar, pero después me di cuenta que lo motivaba más elegir su ropa y sentirse cómodo durante las clases. Le servía de aliciente vestirse “genial”.
  • No me iba de su lado al inicio y al final. Eso ayudaba a mantenerlo enfocado y organizado. Lo ayudaba a agilizar procesos, ya sea tecnológicos o logísticos. A esa edad, los niños tienden a frustrarse con facilidad si no saben o no pueden lograr algo.
  • Durante las mañanas, mi mayor atención estaba en sus clases. Si no me daba tiempo de cocinar, se pedía comida a domicilio. La limpieza la dejaba para las tardes y fines de semana. Nuestros hijos notan nuestras prioridades y responden positivamente a ellas.
  • Comenzamos un sistema de puntos y recompensas por tareas completadas pero no nos funcionó. Quizás a otros los mantiene motivados y sé que a muchos les ayuda a enfocarse.

Sobre todo, lo más importante es involucrarnos y amar el proceso. Nada mejor que tener y mostrarle a nuestros hijos amor al servirles; y que esto sea de corazón. Me encantaba entrar al Meet a saludar a la profe o a sus amigos, leer las historias juntos, ayudarlo a sumar y restar, hacer los experimentos, y pasar tiempo juntos.

Sé que para muchas madres esto es aún más complejo, al tener que educar en el hogar por causa de la pandemia mientras tienen un trabajo a tiempo completo con el cual cumplir. Quiero animarte a que, sea cual sea tu caso, acudas a la fortaleza que encontramos en Cristo gracias a su obra de redención por nosotros. No podemos lograr nada de esto en nuestras propias fuerzas. Él nos da la sabiduría, Él nos da la gracia, Él nos provee de medios que ni habíamos imaginado. Descansa en Él y confía en su cuidado.

Esta pandemia me ha permitido aprender más sobre mi hijo, sus fortalezas y debilidades. Me di cuenta de múltiples áreas a trabajar en su corazón y en el mío, dándome cuenta también de que en verdad Dios obra todo para nuestro bien (Ro. 8:28).

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