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Corría el año 1997. Yo estaba asumiendo un nuevo cargo en una gran iglesia en el área de Washington, D.C. después de servir como pastor durante doce años. No me iba a centrar tanto en el cuidado pastoral, y más en la música y la adoración. Después de obtener un título en piano, hacer giras con una banda cristiana, dirigir en la adoración congregacional durante más de veinte años y participar en un par de álbumes de música de adoración, pensé que no podía estar más preparado.

Unos meses después de mi llegada, mi pastor principal, C. J. Mahaney, entró en mi oficina con tres libros que quería que leyera. Uno de ellos era Engaging with God: A Biblical Theology of Worship [Comprometiéndose con Dios: una teología bíblica de la adoración], de David Peterson, un autor del que nunca había oído hablar. Parecía más académico que la mayoría de los libros sobre adoración y Peterson no parecía ser músico. Pero sabía que C. J. solo me recomendaría libros que considerara útiles. Así que me lancé.

En la segunda página, encontré esta cita:

¿Es, pues, la adoración esencialmente una experiencia o un sentimiento? ¿Se identifica con una sensación especial de la presencia de Dios, con algún tipo de éxtasis religioso o con expresiones de profunda humillación ante Dios? ¿Hay momentos especiales en una reunión cristiana en los que realmente «adoramos» a Dios? ¿Deben medirse los servicios religiosos por la medida en que permiten a los participantes entrar en tales experiencias? Tal enfoque subjetivo se refleja a menudo en los comentarios que las personas hacen sobre las reuniones cristianas, pero tiene poco que ver con la enseñanza bíblica al respecto (p. 16).

Escribí «Buena pregunta» en el margen. Sin embargo, a medida que pasaban los meses y seguía reflexionando sobre ese párrafo, cada vez me inquietaba más su afirmación final: «… tiene poco que ver con la enseñanza bíblica al respecto».

Fuera del Lugar Santísimo

Hasta entonces, había tratado la adoración principalmente como un «momento especial en una reunión cristiana». Normalmente, ocurría después de haber cantado dos o tres canciones. De repente, éramos más conscientes de que Dios estaba en medio de nosotros. Estábamos emocionalmente comprometidos y seguros de que algo espontáneo estaba a punto de suceder. En nuestra mente, esto correspondía directamente al modelo del templo del Antiguo Testamento. Comenzábamos en el atrio exterior, pasábamos por el atrio interior y finalmente entrábamos al Lugar Santísimo. Como líder de alabanza, intenté llevar a la iglesia a esa experiencia del «Lugar Santísimo».

La adoración aceptable no comienza con la intuición o la inventiva humanas, sino con la acción de Dios

Veinticinco años después, sigo apreciando y anticipando los momentos en que la iglesia tiene una conciencia fuerte de que el Santo de Israel está en medio de nosotros (Is 12:6), pero ya no defino la adoración de esa manera. Porque las Escrituras no lo hacen.

La cita de Peterson me puso cara a cara frente a mi teología poco desarrollada de la adoración. Si la adoración no se definía por una «sensación especial de la presencia de Dios, un éxtasis religioso o una profunda humillación ante Dios», ¿qué era? Con el tiempo y por la gracia de Dios, empecé a ver más claramente lo que me estaba perdiendo, incluyendo estas cinco lecciones valiosas.

1. La adoración no se centra en mí

Por mucho que supiera que la adoración tenía que ver con Dios, de alguna manera me las arreglaba para que tuviera que ver conmigo: cómo me sentía, lo apasionado que estaba, lo que percibía o no percibía. Si no se trataba de mí, se trataba de nosotros. Tendía a medir la adoración por el tamaño de la audiencia, el volumen o cuántas manos se levantaban. Lo que se me escapó es que nuestros deseos, planes y acciones no son la esencia de la adoración. La esencia ha tenido lugar desde tiempos eternos, cuando el Dios trino se ha glorificado y deleitado en Sí mismo (Jn 17:5).

Mientras adoramos, Dios nos invita a unirnos a Él en lo que ya está haciendo. Nuestra respuesta es iniciada por Dios, fundamentada en la obra reconciliadora de Cristo y capacitada por Su Espíritu (Jn 4:23-24; Ef 2:18; Fil 3:3). Como dice Peterson: «La adoración aceptable no comienza con la intuición o la inventiva humanas, sino con la acción de Dios» (26). Nuestra parte consiste en participar gustosamente en la adoración perfecta de Jesús, quien con Su sacrificio único ha hecho que todas nuestras ofrendas sean aceptables a Dios (1 P 2:5).

2. La adoración no se define por una experiencia musical

Hace años comprendí que la adoración se aplica a toda la vida y no solo al canto. Pero mi vocabulario revelaba (y al mismo tiempo daba forma a) mi teología. Afirmaciones como: «La iglesia estaba realmente adorando en la última canción», «Vamos a volver a la adoración después del sermón» o «Si llegas tarde te perderás la adoración», reforzaban la idea equivocada de que la adoración era una experiencia musical infundida espiritualmente que Dios abría y cerraba como un grifo.

A la luz de nuestra tendencia a equiparar la adoración con la música, resulta sorprendente que la Biblia rara vez las relacione. Cuando Job se entera de que sus posesiones han desaparecido y sus hijos han muerto, el escritor bíblico dice que cae al suelo y adora (Job 1:20). Cuando Jesús habla con la samaritana junto al pozo, su descripción del tipo de adoración que busca el Padre no tiene referencias musicales (Jn 4:21-24). Las diversas palabras hebreas y griegas que traducimos como adoración en la Biblia están asociadas con la reverencia, el servicio, la sumisión y el honor, pero rara vez con la música.

Cantar a Dios puede ser una parte de nuestra adoración, pero nunca se pretendió que fuera el corazón de la misma

En otras palabras, cantar a Dios puede ser una parte de nuestra adoración, pero nunca se pretendió que fuera el corazón de la misma.

3. La adoración no empieza y termina

En realidad, nunca dejamos de adorar. En un momento dado, dirigimos nuestro afecto, atención y lealtad al único Dios verdadero o a ídolos que nunca podrán satisfacernos, consolarnos o rescatarnos. Esto significa que cada domingo ya estoy adorando algo. No tengo que esperar a que suenen los acordes adecuados, a que se digan las palabras correctas o a que se cree la «atmósfera» apropiada.

Lejos de ser un «momento especial en una reunión cristiana», la adoración que honra a Dios es el estado natural de nuestros corazones cuando procuramos «hacer todo para la gloria de Dios» (1 Co 10:31). Puedo adorar a Dios saludando a un miembro de la iglesia el domingo por la mañana y continuar adorando mientras alzo mi voz en cantos de alabanza (Heb 13:15-16). Dar con alegría mis diezmos y ofrendas, escuchar atentamente el sermón y orar por un amigo después del culto son actos de adoración.

Es más, puedo seguir adorando a Dios mientras tengo invitados a comer, hago la limpieza y duermo una siesta esa misma tarde. Mi adoración no se detiene mientras busco fielmente exaltar a Cristo en mi hogar, lugar de trabajo, escuela o vecindario, mostrando un corazón de servicio agradecido que ha sido transformado por el evangelio.

Las Escrituras hablan de distintos actos de adoración (Sal 29:2; Hch 13:2), pero todos ellos tienen lugar en el contexto más amplio de nuestro «culto espiritual» que abarca toda la vida (Ro 12:1).

4. La adoración todavía se trata de la presencia de Dios

Aunque la adoración no se «identifique con un sentimiento especial de la presencia de Dios», sigue teniendo mucho que ver con la presencia de Dios, se perciba o no.

Los que están más cerca del trono de Dios no pueden evitar sentirse maravillados, agradecidos, asombrados y, sí, en estado de adoración (Is 6:3; Ap 4:8; 5:13-14). Aunque no sintamos que estamos en la presencia de Dios en un momento dado, Dios ha sentado a los que han confiado en Cristo con Él «en los lugares celestiales» (Ef 2:6). En Cristo, Dios nos ha llevado «al monte Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles» (Heb 12:22). El apóstol Pablo pregunta a los creyentes de Corinto y también a nosotros: «¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos?» (1 Co 6:19).

Siempre estamos en la presencia de Dios y vivimos coram Deo, ante el rostro de Dios. Podemos confiar en Sus promesas de estar con nosotros (Mt 28:20; Jn 14:16; Heb 13:5). Pero cuando nos reunimos, Dios suele manifestar soberanamente Su presencia de formas más experienciales (Hch 4:31; 1 Co 12:7; 1 Co 2:4; 1 Ts 1:5). Sería contrario a la evidencia bíblica decir que la adoración en la presencia de Dios, en sentido amplio o estricto, nunca mueve nuestros afectos, nos hace «regocijarnos con gozo inefable y lleno de gloria» (1 P 1:8), convence nuestros corazones (1 Co 14:24-25), nos lleva a una mayor búsqueda de la santidad (2 Co 6:16-7:1), refuerza nuestra confianza (Heb 13:5-6), o profundiza nuestro amor por Dios (1 P 1:8).

El Espíritu de Dios tiende a moverse de forma más evidente cuando nos reunimos y deberíamos orar y anhelar esos momentos. Pero estos no son los únicos momentos en los que adoramos a Dios.

5. La adoración nunca terminará

Adoramos a Dios cuando sin importar lo que hagamos, «de palabra o de hecho, [hacemos] todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre» (Col 3:17). La adoración es una respuesta continua del Espíritu a la revelación de Dios que exalta Su gloria en Cristo en nuestras mentes, corazones y voluntades. No requiere música ni puede limitarse al ámbito de los sentimientos (¡aunque ciertamente puede implicar ambas cosas!). La adoración es un don generoso de nuestro Padre celestial, que nos invita, una y otra vez, a encontrar nuestro mayor gozo en Él. En cualquier momento. En cualquier lugar.

La mejor noticia de todas es que, para los que han sido lavados por la sangre de Cristo, la adoración nunca jamás terminará.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
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