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Nota del editor: 

Esta carta fue escrita en diciembre del 2020 por el pastor Gerson Morey para los miembros de la iglesia Día de Adoración.

Queridos hermanos,

En estas últimas semanas medité para hacer una evaluación sobre las implicaciones de la pandemia que nos tocó vivir este año. Primero, hice una evaluación personal, luego familiar y también como congregación. Pienso que este ejercicio de análisis es necesario porque la Biblia nos invita a reflexionar acerca de nuestros caminos y evaluar el estado de nuestro corazón (Hag 1:5; 2 Co 13:5; Sal 4:4; 139:24-25).

Además, siempre necesitamos entender las cosas desde una perspectiva bíblica, y más cuando hemos pasado un tiempo de prueba y dificultad. Reflexionar en esto, por ejemplo, nos ayudará a discernir qué lecciones Dios nos quiso enseñar, es decir, evaluar en qué áreas debemos crecer, qué pecados debemos confesar y qué cosas debemos rendir al Señor en oración y pedir Su ayuda. Esta clase de reflexión también será de provecho para ver de qué formas Dios nos mostró su misericordia durante este año y así le mostremos gratitud y alabanza. 

Al final, esto nos llevará inevitablemente a mirar la gracia de Cristo con luz renovada y un mayor aprecio. Aquí algunas reflexiones de la pandemia:

1) La muerte está más cerca de lo que quisiéramos

Santiago afirmó: “… ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece” (Stg 4:4). Nuestra vida es frágil y efímera como la neblina de la mañana. Está presente un poco de tiempo y luego desaparece. La pandemia nos recuerda que Santiago no mintió.

En mi familia, la realidad de la muerte nos tocó muy de cerca con el fallecimiento de mi cuñada a causa del virus. Esto nos recordó de una manera dolorosa lo pasajera que es nuestra existencia. A veces sería sabio ver la muerte como ese vecino cercano que nos tocará la puerta cuando menos esperamos. Somos débiles y no tenemos poder para hacerle frente a la muerte. Ella es una realidad cercana, inminente e inevitable. El cristiano hará bien en tomar en serio esa verdad y vivir con esa perspectiva.

2) Nuestros planes son como castillos de naipes

La Biblia nos enseña que “muchos son los planes en el corazón del hombre, mas el consejo del Señor permanecerá” (Pr 19:21). Es decir, los seres humanos tenemos planes, ideas y aspiraciones, pero al final se hace lo que Dios estableció. Los designios de Dios están por encima de nuestros planes. A veces me pregunto cuántas personas empezaron proyectos, invirtieron dinero, planificaron algo y abrieron negocios para luego encontrar que sus planes se vinieron abajo por la pandemia.

Debemos confiar en que en cada plan que Dios interrumpe y en cada ilusión que derrumba, Él está cumpliendo su sabio y buen plan

El hombre hace planes y cuando Dios así lo desea los destruye para hacer algo mejor. Debemos confiar en que cada plan que Dios interrumpe o cada ilusión que derrumba, Él está cumpliendo su sabio y buen plan. Todo está bajo su supervisión y control: “‘Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos’, declara el Señor” (Is 55:8). Todo lo que el Señor hace es mucho mejor que nuestros planes y por eso podemos confiar que Dios usa todas las cosas para nuestro bien, incluso cuando derriba los castillos de naipes.

3) La pandemia nos privó de aquello por lo que usualmente no agradecemos

Tenemos una gran deuda de gratitud con Dios, pero somos más prontos para quejarnos, reclamar y murmurar, porque no tomamos en serio la gratitud. Recibimos tantos beneficios de Dios y, sin embargo, los estimamos como seguros y merecidos. No agradecemos por ellos con entusiasmo cuando los tenemos. En este tiempo que fuimos restringidos de algunas libertades, caímos en cuenta de que muchas veces no las apreciamos debidamente.

En este año, nos percatamos que no nos conmovemos ni agradecemos de corazón por beneficios que incluye el comer en un restaurante, compartir con amigos, por las medicinas disponibles, por la libertad de ir a la playa, por el trabajo que tenemos, por el cine, por los veinte minutos de almuerzo que nos dan, por el salario que nos pagan, por el cajero del supermercado, por el parque del vecindario, por vivir en un país libre o por el vecino que nos saluda cuando llega a su casa. Demos gracias porque en cada una de esas pequeñeces vemos el gran amor de Dios por los pecadores.

Pablo pide a los creyentes que “den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús” (1 Ts 5:18). La pandemia nos recordó que la gratitud no es opcional, sino una cualidad necesaria en aquellos que sin merecerlo han recibido gracia y perdón. La gratitud debe ser la postura natural de los que están en Cristo.

4) Somos en extremo egoístas

No tenemos idea de cuán arraigado se encuentra el egoísmo en nuestro corazón. Casi siempre este pecado pasa desapercibido, por lo que debemos hacer un ejercicio honesto e intencional para detectarlo. Nuestro impulso más natural es hacia nuestro propio bienestar sin considerar al prójimo.

Pablo nos recuerda esto al afirmar: “no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás (Fil 2:4). Cuando se trata de supervivencia, nuestra disposición egoísta surge y nos domina. Ahí comenzamos a actuar como si nuestra vida y necesidades fueran más importantes que las de los demás. Durante la pandemia se nos presentaron muchas oportunidades de mostrar compasión, generosidad y sensibilidad, pero el temor nos gobernó y nos llevó al egoísmo.

Todo lo que el Señor hace es mucho mejor que nuestros planes y por eso podemos confiar que Dios usa todas las cosas para nuestro bien

Debemos confesar que el temor a ser contagiados controló algunas de nuestras decisiones y, en consecuencia, actuamos con egoísmo. A veces nuestra salud, bienestar y seguridad son bienes sobreestimados que se convierten en pequeños ídolos a quienes adoramos postrados.  Los creyentes tenemos un Dios generoso que entregó a su Hijo para salvarnos.

El egoísmo no solo es un vicio que impide ser de bendición a los demás, sino también una actitud contraria al evangelio y no refleja el amor y la generosidad del Señor. Por eso Pablo nos invita a mirar a Cristo para aprender de Él y motivarnos a la generosidad: “Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús” (Fil 2:5). Si seguimos a Cristo, debemos seguirlo también en su generosidad. Imitar al Redentor supone morir al egoísmo para entregarnos en amor con sabiduría por el bien de los demás, incluso si eso implica correr riesgos.

5) Podemos cantar con más convicción que “todo lo demás… arena es”

A mediados del siglo XVIII, el pastor John Dykes compuso el himno La Roca sólida, del cual el coro destaca: “En Cristo, la Roca fuerte, firme estaré de pie… Todo lo demás arena es”. ¡Cuán ciertas han probado ser, una vez más, las palabras de este himno!

Todas las cosas de este mundo, incluso las cosas buenas y las bendiciones terrenales, son solo arena. La salud, el trabajo, los bienes y las amistades, con todo lo bueno que pueden ser, son bendiciones temporales y realidades cambiantes. Ninguna de ellas son suelo firme para poner toda nuestra esperanza en ellas.

Lo más seguro y estable que tenemos es Cristo, quien vivió una vida perfecta, murió en la cruz por pecadores y se levantó de los muertos para dar perdón y nueva vida a los que confían en Él (1 Co 15:3-8). Cristo es nuestra roca. En Él tenemos la verdadera salud de nuestra alma (al redimirnos) y de nuestro cuerpo (cuando seamos glorificados). En Él tenemos la provisión que Dios nos da como hijos. En Él tenemos la herencia que recibiremos en los cielos nuevos y la tierra nueva y en quien tenemos el amor que satisface nuestras almas.

Él nos amó con amor eterno. Solo Cristo es el verdadero fundamento de nuestra esperanza (1 Co 3:11). Solo Él es la roca firme de su pueblo y por eso el salmista decía: “Solo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 62:2). Cristo es el salvador seguro y la roca firme para su pueblo… todo lo demás arena es.

Palabras finales

En el 2020, el COVID-19 provocó nuestros mayores desafíos. Pero esto no acaba aquí, porque si tomamos en serio las advertencias de la Escritura (Jn 16:33; Hch 14:22), debemos concluir que el próximo año cada uno sufrirá “su propia pandemia”. En el 2021 todos tendremos nuestros propios problemas. El coronavirus fue la crisis mundial del 2020 y, aunque quizá no tengamos otras situaciones así, con seguridad tendremos nuestras crisis personales, emocionales o familiares. Y buscaremos ansiosos una vacuna, una solución y quizá nos distanciaremos de las personas y usaremos mascarillas para ocultar cómo nos sentimos.

Pero, ¡qué gran esperanza tenemos en Cristo Jesús! ¡Qué gran consuelo tenemos en el evangelio que nos ofrece perdón de pecados, comunión con el Padre, la promesa de su protección y la vida eterna con Él! Mis hermanos, “la vacuna” para el peor virus humano llegó hace dos mil años y Cristo la compró con su sangre. ¡Ánimo y feliz año nuevo!

En Cristo,

Gerson Morey.

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