La vida es sueño

A lo largo de la historia, los hombres nos hemos hecho siempre las mismas preguntas: ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Quién gobierna nuestros destinos? ¿Somos verdaderamente libres para decidir sobre nuestras vidas o somos simples marionetas?

Estas mismas dudas son las que atraviesan La vida es sueño, del dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca. Aunque fue puesta en escena por primera vez alrededor del año 1636,  esta obra no ha perdido su relevancia en nuestros días.

Calderón es uno de los autores más significativos del Siglo de Oro de la literatura española. En esta época escribieron los autores más importantes de las letras en nuestro idioma, como Góngora, Quevedo, Cervantes, y más. En ese contexto La vida es sueño es considerada una de las obras más importantes del autor, del período, y de la literatura en general. Por la profundidad de los temas que toca, y por el lirismo con el que Calderón nos sumerge en los grandes dramas de la humanidad, esta obra es una de esas lecturas que todos deberíamos hacer al menos una vez en la vida.

La vida es sueño
Pedro Calderón de la Barca
165 pp.. US$0.00.

La vida es sueño entrelaza dos historias: la de Rosaura, quien ha llegado a Polonia disfrazada como hombre en busca de restaurar su honor mancillado; y la de Segismundo, quien vive prisionero y aislado en medio del bosque sin saber que en realidad es el príncipe de esa región. Él está encerrado allí y todo el mundo lo cree muerto, porque su padre, el rey Basilio, quiere evitar que se cumpla la profecía que dice que traerá desgracia al reino.

El rey Basilio duda acerca de lo que ha hecho al haber encerrado a su hijo, y busca una manera de remediar el daño. Libera a Segismundo y hace que despierte en el palacio, para comprobar si este puede vencer al destino y hacer que no se cumplan los malos augurios que lo acompañan desde su nacimiento. Apenas Segismundo despierta y todos lo tratan como príncipe, él muestra un carácter violento e irascible. Su padre, arrepentido, decide regresarlo a su prisión, donde despierta y se le intenta convencer que esa jornada en el palacio ha sido un sueño. En ese momento el autor, a través de Segismundo, nos brinda uno de los momentos más sublimes de la obra:

“Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas le convierte la muerte, ¡desdicha fuerte! […]

Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende. […]

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. [1]

Toda la vida es sueño, apariencia, vanidad, como dijo Salomón (Ec. 1:14). Nuestras vidas son frágiles y no podemos poner nuestra confianza en aquello que rápidamente puede desvanecerse. Esta es la conclusión a la que arriba Segismundo.

La obra continúa, y aún han de pasar algunas cosas más, pero esta breve experiencia como príncipe —que pronto descubrirá que no se ha tratado de un sueño— hace que Segismundo reflexione profundamente sobre el sentido de su existencia.

Calderón no solo aborda estas temáticas por su universalidad y atemporalidad; la época en la que fue escrita la pieza tiene mucha importancia también. Escasos años atrás un monje alemán había pateado el tablero del pensamiento europeo proclamando que el destino de los hombres no depende de cuán buenos hayan sido (o cuán generosos con la Iglesia), sino del lugar en donde depositaran su fe.

Por aquellos días los hombres creían que haciendo penitencias, observando fiestas religiosas, y sobre todo siendo generosos con la Iglesia de Roma, garantizaban su acceso al Reino de Dios. La Reforma significó un regreso a las Escrituras y a entender la soberanía de Dios, lo que destruyó la falsa confianza que tenían los hombres en sus buenas obras.

Esta confusión existencial es la que subyace al mensaje de la obra de Calderón. ¿Puede el hombre hacer algo para torcer su destino? ¿Es el hombre el que decide y obra para alcanzar la salvación? ¿Puede el hombre confiar en lo que hace, en lo que tiene, en lo que ha logrado? En la obra, Basilio, intentando torcer y manipular el destino, se convierte en un instrumento para su cumplimiento.

La posición social, las riquezas, y el poder son cosas vanas y pasajeras. No podemos confiar en ellas para recibir salvación. La vida no es solo un sueño; los hombres hemos sido creados por y para el Señor. No somos cautivos de los caprichos del destino, sino que la vida de cada hombre descansa en las manos de un Dios soberano.

La lectura de una pieza teatral con cerca de 400 años de antigüedad, con un lenguaje complejo y rebuscado, puede resultar, en principio, poco atractiva. A pesar de esto, y sin duda alguna, esta una obra que vale la pena especialmente hoy, para nosotros que recibimos por la gracia las respuestas de las preguntas que Segismundo se hacía.


[1]  La vida es sueño, versos 2158-2187.

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