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La consejería matrimonial es una de las tareas más importantes en el ministerio pastoral y en el proceso de discipulado dentro de la iglesia. Una congregación fuerte está constituida de matrimonios sólidos y familias sanas. La solidez de una iglesia es también proporcional a la madurez de sus miembros, incluyendo a los casados.

Es por eso que es indispensable que quienes aconsejen no solo sean creyentes con un buen testimonio matrimonial, sino también que sean personas preparadas en alguna medida para abordar los problemas y dar consejos desde una perspectiva bíblica. El propósito de este escrito es dar unas ideas generales y luego una orientación particular para todos aquellos que se desempeñan como consejeros matrimoniales, ya sea de manera regular como un servicio a su iglesia como de manera esporádica en ocasiones especiales.

A largos rasgos

  • Quienes aconsejamos a parejas en crisis debemos escuchar atentamente y con sensibilidad los argumentos de ambas partes. Para hacer una evaluación justa, el consejero debe tener todos los elementos e información disponibles (Pr. 18:17).
  • Es importante recordarle a los esposos su nueva naturaleza y los elementos que le acompañan: el perdón, la misericordia, el respeto, el amor y la humildad (Ef. 4:1-2).
  • De la misma manera, será determinante el acompañamiento que se hace posterior a la consejería. En ocasiones las parejas necesitan de mentores para ayudarlos a seguir creciendo por meses, o incluso años.

De primera importancia

Algo más que las generalidades, quiero apuntar al aspecto más importante que todo consejero debe considerar en el proceso de consejería. En este sentido, debemos citar unas palabras del apóstol Pablo: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”, Colosenses 3:23.

La importancia de este imperativo se nota cuando consideramos el contexto de lo que el apóstol está diciendo. En los versos que preceden a este mandato Pablo le ha dado instrucciones a los cónyuges con respecto a su responsabilidad individual dentro del matrimonio (Col. 3:18-19). Para cerrar esta sección, el apóstol les exhorta diciendo que todo debe ser hecho “como para el Señor”. Este llamado que Pablo hace a los creyentes es el criterio que debe guiar nuestra conducta y vida en general, incluyendo la esfera del matrimonio. Fuimos creados para la gloria de Dios (Is. 43:7; Ef. 1:12) y por eso los esposos deben glorificar a Dios en todo lo que hacen. Los cristianos tenemos que preguntarnos si nuestras acciones, palabras y actitudes están honrando al Señor.

Los consejeros debemos ayudar a las parejas cristianas a crear consciencia de su mayor responsabilidad: glorificar a Dios. Al fin y al cabo, ese es el propósito de nuestra existencia. Por supuesto, estamos agradecidos de que glorificar verdaderamente a Dios trae también gozo a nuestras almas y a nuestros matrimonios.

Los esposos deben entender la necesidad e importancia de glorificar a Dios, y quienes aconsejamos debemos hacer nuestro mayor esfuerzo para llevar a las personas a esa convicción.  Por encima de cualquier motivación, los cónyuges deben procurar agradar primeramente a Dios y a partir de esto humillarse, perdonar, pedir perdón, tolerar, hacer los cambios necesarios y cumplir con sus deberes como esposos.

En medio de esto, no podemos dejar de presentar el evangelio. La razón por la que podemos perdonar es porque hemos sido perdonados (Col. 3:13). El matrimonio mismo es una hermosa representación de lo que Cristo compró en la cruz (Ef. 5:25-33). Como todo en la vida cristiana, la obra de Jesús a nuestro favor es el combustible. Que el Señor nos ayude cuando estamos aconsejando a las parejas, y nos conceda su sabiduría y gracia para cumplir fielmente este noble ministerio.

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