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Escribir sobre los anhelos y sueños pareciera ser un tema desgastado. Pero la realidad es que el ser humano siempre anhelará algo en particular. Tal vez no seas consciente, pero hoy te has esforzado por algo que tu corazón desea o has abandonado algo por aquello que tanto quieres.

Tus anhelos afectan la forma en que vives. ¿Qué sucederá cuando obtengas lo que tanto has deseado? Esta es una interrogante que resuena en las páginas de El gran Gatsby. Deberíamos prestar atención a los anhelos de nuestro corazón, pero Dios es el único que verdaderamente puede satisfacernos. 

El gran Gatsby es una novela escrita en 1925 por el estadounidense F. Scott Fitzgerald. La obra no fue reconocida en su época, pero hoy ocupa un lugar entre las mejores de la literatura clásica. Fitzgerald narra la intrigante historia del millonario Jay Gatsby desde la perspectiva del ameno vendedor de bonos, Nick Carraway. La historia tiene como escenario a Nueva York, donde todos conocen las fiestas desmedidas y exuberantes de Gatsby, pero nadie parece realmente conocer a su anfitrión.

El misterio de su vida, sus riquezas y su comportamiento se van revelando a lo largo del libro. Gatsby termina pagando un precio muy alto por un deseo obsesivo que jamás llegaría a satisfacer.

Anhelos incesantes

La historia comienza describiendo un panorama oscuro de la alta sociedad de 1922. Reuniones en mansiones que destilaban dinero, fama, ocio y otros placeres tan codiciados por la humanidad. Carraway expresa entre líneas su escepticismo ante tal opulencia. Desde las primeras páginas, manifiesta la impresión que Gatsby dejó en él: «fue lo que se cebó en él, el sucio polvo que levantaron sus sueños lo que provocó durante algún tiempo mi desinterés por las penas infructuosas y alegrías alicortas de los seres humanos» (p. 12).

Desde su perspectiva, Carraway creía que siempre existiría algo que anhelar que nos haría miserables y siempre sería efímera la alegría de nuestros deseos cumplidos. Nunca se podrá tener todo lo que nuestro corazón anhela. Nada es suficiente. Siempre faltará algo.

Los anhelos incesantes del corazón humano ofrecen un fugaz destello de alegría que se desvanece en miseria

Desear no es lo que nos hace miserables. Desde el principio, incluso antes de que el pecado infectara nuestro corazón, el ser humano tuvo anhelos. En el huerto, donde todo era bueno, Adán buscó una ayuda que fuera adecuada para él y no la encontró (Gn 2:20). Dios estaba allí y era todo lo que Adán necesitaba. El deseo de una compañera era un buen anhelo dado por Dios, que había previsto que la soledad de Adán ameritaba compañía.

Pero el pecado cambió esta realidad. Nuestros buenos corazones se corrompieron y entonces nuestros deseos cambiaron. En palabras de Jeremías: «Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿Quién lo comprenderá?» (Jr 17:9). Nuestros deseos ahora nacen de un corazón perverso, obsesionado con vivir para sí mismo.

Con mucha razón, Carraway despreciaba todo lo que observaba a su alrededor. Los anhelos incesantes del corazón humano ofrecen tan solo un destello fugaz de alegría que se desvanece en miseria.

Intentos inútiles 

Gatsby había cumplido las fantasías irreales que le obsesionaban en su juventud: fortuna desmesurada, fama y posición social. Pero como afirma Fitzgerald a través de Carraway: «No existe fuego ni lozanía capaz de competir con lo que un hombre atesora en el fantasmagórico mundo de su corazón» (p. 102). Los anhelos cumplidos se vuelven fantasmas y soledad en un corazón engañoso.

Gatsby seguía intentando complacer su corazón insatisfecho. Persistía en el deseo que finalmente creía que lo llenaría. Pero cuando lo obtuvo, la desilusión lo inundó: «en el rostro de Gatsby había reaparecido la expresión de desconcierto, como si se le hubiese ocurrido alguna tímida duda sobre el valor de su felicidad presente» (p. 102). 

Todos hemos tenido en nuestro rostro esa misma expresión de desconcierto. Anhelamos algo, nos esforzamos, lo obtenemos y la emoción se desvanece tan rápidamente. Engrandecemos nuestros deseos y vertemos en ellos expectativas inútiles. Nuestras vidas son similares a las de Jay Gatsby, aunque no tengamos la mansión, ni la fortuna, ni sus sueños.

El problema yace en el corazón: «Por que del deseo de su corazón se gloría el impío, y el codicioso maldice y desprecia al Señor» (Sal 10:3). Nuestro corazón pecador busca lo que solo pareciera ser bueno para sí mismo. Desprecia a Dios y lo que nos ha dado para nuestra plena satisfacción, anhelo que tratamos de alcanzar tan desesperadamente a través de intentos inútiles. 

El único que nos puede satisfacer 

La vida de Gatsby termina trágicamente. Ni su fama, ni los miles de invitados que acogía en sus fabulosas fiestas, ni aún la mujer que creía amar estarían presentes. ¿Quién se imaginaría que una vida llena de lujos incesantes, éxito rotundo y fama sin precedentes sería catalogada como «desgraciada»?

No tenemos que desear desesperadamente algo en este mundo, porque en Cristo lo tenemos todo

La realidad es que la humanidad caída está condenada a vivir bajo los deseos de un corazón entenebrecido y sus fatales consecuencias (Ro 1:21). Nada de lo que deseemos en este mundo podrá satisfacer jamás lo que verdaderamente anhelamos.

Pero Dios nos dio a Su Hijo. Cristo vino a cambiar nuestra realidad para siempre. Nos dio un nuevo corazón. Nos completó (Col 2:10). Solo en Él podemos tener buenos anhelos. Anhelos que Dios previó, en Su bondad, para nosotros. No tenemos que desear desesperadamente algo en este mundo, porque en Cristo lo tenemos todo.

A través de Él podemos ver nuestros deseos cumplidos como lo que realmente son: gracia inmerecida por parte de un Dios bondadoso. Nuestra realización está en Cristo y no en el miserable sentimiento de un sueño cumplido que no satisface. Vivimos para Él (Fil 1:21) y no para nuestros propios deseos.

Es probable que lo que Gatsby deseaba esté muy distante de lo que tú deseas, pero la realidad es que, aún con un corazón transformado, el pecado sigue al acecho. Nuestros deseos pecaminosos, sin importar su magnitud, desvían nuestra vida con facilidad. Examina tu corazón, presta atención a tus anhelos y recuerda que en Cristo está tu plenitud. «Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón» (Sal 37:4).

Encontremos deleite en quién verdaderamente puede satisfacernos y Dios cumplirá los buenos anhelos que ponga en nuestro corazón. Esos anhelos que ha previsto en nuestras vidas, para Su gloria.

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