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“Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo…” (2 Pedro 3:18).

Esta bendita y santa Gracia es doble, una es no creada, y otra sí. La primera viene del libre y soberano amor del Altísimo: “El ángel le dijo: María… has hallado Gracia delante de Dios” (Lc. 1:30). La segunda es creada, y son los buenos dones que da la primera; sea natural, moral o espiritual; esto es, que toda Gracia es un don de Dios. Una Gracia está en Dios, y sólo Dios, y la otra es recibida por el hombre. Además se clasifican en dos: Gracia común y Gracia salvífica. Una es común a todos los hombres, la honestidad de un incrédulo por ejemplo; y la otra es peculiar a los verdaderos creyentes. Entonces se puede decir que la Gracia es sin nuestra voluntad, pero no se manifiesta en uno sin la aplicación de nuestra voluntad. De otro modo, que nos es dada, pero después de recibida sale de uno hacia otro por medio de nuestra voluntad; recibimos la Gracia de Dios y luego hacemos obras de Gracia. Note la exhortación: “Creced en la Gracia”. El Señor da la comida y las facultades para procesarla, pero no sería provechosa a menos que la coma, que use mi voluntad. Así lo enseña Pablo: “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13); Él pone en Sus hijos el deseo de hacer el bien, con el concurso de nuestra voluntad. En la Gracia se requiere nuestra colaboración.

¿Qué significa la gracia?

La Gracia significa el favor de Dios. Dicho de otro modo,  en el “puro afecto de su voluntad fuimos aceptos” (Ef. 1:5); esto es que por Gracia de Dios fuimos salvados de la culpa del pecado, y lo necesitamos siempre para ser continuamente librados del dominio del pecado; nótese: “Tenemos entrada por la fe a esta Gracia en la cual estamos firmes” (Ro. 5:2). Ahora bien, todos los que aman al Señor Jesucristo tienen esta Gracia madre, puesto que sin ella nadie puede arrepentirse de sus pecados; esto es el favor de Dios. Por eso el apóstol desea la multiplicación y confirmación de las hijas de esa Gracia madre, es decir los benditos efectos de este favor; los medios, el favor y todos los beneficios del amor de Dios en Jesucristo. El cristiano es justificado, santificado y glorificado. (Ro. 8:30). La Gracia madre justifica, y la multiplicación de la Gracia santifica. Mañana usted no será más justo que hoy, pero si sería más santo; la idea es que los talentos que Dios nos ha dado sean puestos a ganar intereses y otros talentos. Es necesario, pues, poner el mayor empeño de crecer en la Gracia; vivir en Gracia y bajo la Gracia. El deseo apostólico es para que cada día el señorío de Cristo sea patente, negándose a los deseos de los ojos, de la carne, de la vanagloria de esta vida, que hagan el bien y sean imagen fiel de la santidad de Cristo. Que el pecado no les toque, y sean librados del reino del mal. Resumen: Por la Gracia somos aceptos a Dios en Jesucristo, y por eso el Espíritu Santo obra en los creyentes los efectos, lo que es lo mismo, los frutos de la fe. Hay una Gracia sin nosotros, y otra con nosotros. Sin nosotros, la obra de Cristo, y con nosotros, nuestra obediencia hacia la santificación. La original está en Dios, y la otra es creada e infundida en el alma que ha nacido de nuevo. Entiéndase, pues, que crecer en la Gracia es cuando tu fe se hace más fuerte, tu amor más ardiente, tu paciencia te hace más manso, tu obediencia más cuidadosa, tu conciencia más tierna, entonces es signo evidente de estar creciendo, la semilla sembrada en ti en el día de la conversión crece y da frutos. Este signo de crecimiento se hace claro, por cuanto todo quien tiene esta Gracia tiene deseo ferviente de producir más; de ahí la exhortación apostólica: “Creced en la Gracia”.

Beneficios de la Gracia

Toda buena dádiva viene sólo y únicamente de Dios, y sus dones son de dos tipos: Terrenales o celestiales; corporales o espirituales; temporales o eternos. Que aplicado a este estudio significa que los dones temporales no pueden hacernos felices, pero la Gracia sí lo hace. La Gracia es para beneficio de la parte más noble, importante y duradera del ser humano: su alma inmortal.

El caso del Apóstol Pablo

“En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta” (2 Ti. 4:16-18). Los hermanos que tuvo en esta tierra en un dado momento le abandonaron. Ahora notemos el contraste cuando se refiere a los dones de la Gracia: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león” (v17). Su canto de victoria no terminó ahí, sino que trasladó su mente y su hablar al futuro inmediato, y al eterno; nótese: “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (v18). Así que, cuando uno puede ver con fe este hermoso cuadro y lo aplica a las circunstancias que estemos atravesando, con peligros, crisis, opresión, abusos, violencia y la abundancia de males por doquier, entonces cabe la exhortación apostólica: “Antes bien, creced en la Gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18). Las bendiciones de la Gracia son para siempre, no se pierden. Esta es la hermosura del alma, la fortaleza del espíritu, la paz de mente, y el consuelo de la conciencia. Y así el creyente es depositario de un tesoro inmortal. Alumbra los ojos, nos hace sabios, guía los pies, perfecciona la conducta, y cuando llega la hora de la muerte, la Gracia nos viste de un ungüento celestial para esperar con paciencia la resurrección del cuerpo. Ahora iremos con fines de averiguar qué hace la Gracia cuando el alma del verdadero creyente sale del tabernáculo corporal; miremos: “Aconteció que murió el mendigo (Lázaro), y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lc. 16:22). Tan pronto como el Cristiano muere, la Gracia termina sus labores y la entrega en manos de ángeles que llevan el alma a la reunión inseparable de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos. Entonces allí Cristo la presenta al Padre purificada, santa, sin manchas ni contaminación.

¿Cómo se crece en la Gracia?

El buen uso de un instrumento hace espacio para el próximo. La fe solicita el amor, el amor la obediencia, y la obediencia la perseverancia; una Gracia hace espacio para la otra. Hay hombres diestros en producir riquezas y grandes empresas, su buen plan sigue a otro, y a otro; de la misma manera la Gracia crece cada vez mejor y con más fuerza en el alma. Un buen día la Gracia puso en nuestras mentes el deseo de buscar de Dios, nos puso a oír el Evangelio, creímos, confesamos la fe, y luego testificamos con el bautismo; esos frutos de Gracia la misma Gracia los limpió para que lleven más fruto. En el comer es así: Experimentamos hambre, deseo de comer, luego comemos, se nutre el cuerpo, se sostiene la vida. En la vida cristiana es semejante, con una diferencia: con el cuerpo da lo que necesitamos, en la Gracia hace crecer lo que ya tenemos. Amén.

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