Cómo escoger una carrera universitaria

¿Ha notado cómo muchos individuos fracasan en sus proyectos? Aunque sean creyentes, se han introducido en la realidad de la vida como ateos. Entran a universidades y negocios sin considerar el debido sentido de deber y de peligro, definido por la Biblia. Desarmados y sin protección, son sorprendidos por las tentaciones del mundo que tanto agradan a la naturaleza caída.

Para prepararse contra este peligro en sus estudios o empleos, es necesario trabajar para un entendimiento del Cristianismo y su aplicación a la vida. En particular, respondamos a la pregunta, ¿qué hacer para que la piedad me guíe a escoger una profesión? 

Sabiduría del Señor

Enfoquemos este versículo: “No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal” (Pro. 3:7). Según la semilla que se seleccione, de la misma naturaleza será el fruto que se coseche. Y en esto del escoger una carrera universitaria u oficio sucede como con los árboles; los frutos no se conocen de una vez, sino con el transcurso del tiempo, siempre será después. No es como probar la leche para averiguar si está fría o caliente, cuya respuesta es al instante. De ahí que debemos ser cuidadosos al escoger una carrera universitaria, porque el mayor enemigo contra esta elección nacería de nuestros propios prejuicios, conceptos o ideas. Si hemos escogido por nosotros mismos, no hay base para esperar razonablemente la bendición de nuestro Padre Dios. Pero si escogemos según los lineamientos de las Escrituras, nuestra esperanza racional de éxito sería mucho mayor.

Vivir independiente de Dios es una desgracia, y aunque muchos conozcan de prosperidad, no conocerán de paz ni de quietud de conciencia; no serán visitados por la bendición del Señor, sino que ansiedad, desasosiego y ruina serían su permanente salario. Eso es para los que quizás prosperan, pero la experiencia indica que la mayoría no tendría ni prosperidad ni paz, sino amarga frustración. 

Una actitud correcta

Es necesario tener una visión y actitud correcta al escoger un empleo. Para seguir el consejo de Dios en materia de un oficio, carrera universitaria u ocupación, hay que tener en cuenta las providencias del Señor con relación a mi capacidad, mis circunstancias y hasta, en algunos casos, con mis futuros colegas. Es necesario acompañar eso con una actitud correcta hacia el consejo de Cristo revelado en su Palabra.

La capacidad

En esto es necesario una combinación racional de querer y poder. Yo quisiera ser un Michael Jordan en baloncesto, pero no tengo el físico suyo; quiero, pero no puedo. Hay jóvenes con facilidad para las letras, no tanto así con las matemáticas. Quizás quieren ser ingenieros, pero no pueden. Yo quisiera ser un maestro del evangelio como John Piper, pero no tengo su capacidad intelectual y disciplina al estudio. Hay cosas que quiero, pero no puedo, y otras que puedo, pero no quiero.

La vocación de una persona depende en gran parte de una correcta combinación de estas dos. Que uno quiera hacer lo que puede hacer, o ser realistas con el tipo de talento que me fue dado. Que no sea la imaginación, sino el juicio objetivo lo que marque la escogencia. Es propio, justo y natural pedirle a la mariposa que vuele; le dieron alas para eso mismo. Pero sería irracional pedirle al elefante que levante vuelo. Uno pudiera hacer volar al elefante, bastaría montarlo en un helicóptero y arrojarlo desde las nubes, pero volaría hasta que toque suelo o encuentre un obstáculo en su descenso. Hay personas que se fuerzan ellos mismos para alcanzar ciertas carreras, pero carecen de vocación. Su fracaso sería la crónica de una muerte anunciada. Así es justo que evalúes tu destreza natural con el fin de que sepas qué puedes y qué no puedes hacer. Y para una correcta actitud en cuanto a tu capacidad, es necesario el contentamiento con lo que el Señor ha dado.

Las circunstancias

Además se ha de tener en cuenta las circunstancias en que nos ha tocado vivir. Hay carreras muy costosas, que sería harto difícil para un pobre alcanzarla, aun teniendo la debida vocación. Arquitectura, medicina, ortodoncia, son estudios muy costosos, y estudiarlo con tantas adversidades, si fuese el caso, resultarían con un desempeño deficiente, y por ende con no poco descontento.

Refuerzo adicional se obtienen de la vocación de Jesús: “¿No es éste el carpintero, hijo de María?”, (Mrc. 6:3). Sus vecinos lo conocieron como un carpintero, escogiendo él seguir la misma profesión de su padre. Si tu padre es médico, para citar un caso, puede que sea muy conveniente continuar la senda que ya él trazó. Es altamente probable que al ejercerla entrarías no por abajo, sino para continuar sus logros, pudiendo heredar sus éxitos. Sería como una carrera de relevo. Además que las oportunidades de ventajas se facilitarían. Estas cosas no se escapan del poder soberano de Dios: antes bien, Él las ordenó.

La experiencia ajena

Es recomendable oír la opinión de personas que están ya ejerciendo, o han ejercido la carrera que tú aspiras. Escoge varios profesionales amigos, siéntate a conversar con ellos de manera individual, pregúntale de sus experiencias. Los peligros a evitar, las tentaciones en la universidad, y el método que aplicaron para que se les facilitara el éxito. El costo de esa carrera, su forma o disciplina de estudio, cómo fueron sus primeros pasos, tanto al entrar a la universidad, como al inicio de su profesión. En cuáles materias poner más empeño, y otras preguntas que te sea necesario encontrar respuestas. Así enriquecerías tu arsenal de información para ser mas objetivo en tu elección.

Una exhortación

Cuando un deber te parezca difícil y pesado, dedícale tiempo y ocupación; eso lo transformará en fácil y tolerable. Los poderes de la mente y del cuerpo se fortalecen con la práctica. El trabajo de un científico nos parece duro y difícil, pero a él mismo le es fácil por los años de práctica. El tiempo y el ejercicio facilitan las dificultades. La divina providencia permite asuntos difíciles para quebrar nuestro orgullo, a lo cual el joven está muy inclinado.  Acuérdate que la fe nos fortalece y quita peso a la carga, y que ya Dios nos ha dado lo más importante: Su propio Hijo. Amén. 

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