6 obras de música clásica que todo cristiano debe conocer

¿Por qué molestarse con la música clásica? A primera vista, parece una seria indulgencia dar tiempo y atención a algo tan trivial como la música, ya sea clásica o de otro tipo. Sin embargo, el hecho es que ninguna sociedad humana, por empobrecida que sea, ha logrado prescindir de la música de alguna forma. El impulso a cantar, de soplar aire a través de tubos de madera, y pasar los dedos encima de cuerdas parece imposible de erradicar. Además, hace tiempo que se reconoce que las personas vierten sus más profundos anhelos y pasiones en la creación de música. La música puede ser un índice notable de los impulsos y movimientos más profundos de una cultura: impulsos y movimientos que a menudo están cargados teológicamente.

La música puede ser un índice notable de los impulsos y movimientos más profundos de una cultura: impulsos y movimientos que a menudo están cargados teológicamente.

¿Qué, entonces, de la música clásica en particular? Estrictamente hablando, la “música clásica” es aquella que pertenece a una era bastante breve (aproximadamente la segunda mitad del siglo XVIII), pero el término se usa comúnmente para referirse a todo el flujo de música asociado con el concierto europeo y la cultura operística, la cual emerge alrededor de 1600. A veces se le llama “música artística”, y generalmente se considera que hay que escucharla, no solo oírla. Esto no la hace superior o más valiosa que otra música, solo diferente. Esta música te pide toda tu atención a lo largo del tiempo que dura, te pide la voluntad de permanecer con ella creyendo que dará más más con cada vez que la escuchas. Escuchar la música clásica significa suspender la pregunta: “¿Me gusta?”, y preguntar más bien: “¿Qué está pasando aquí?”.

Y el cristiano puede hacer otra pregunta: “¿Qué podría aprender teológicamente de lo que está pasando aquí?”.

Si eres nuevo en este género, aquí hay seis piezas de música (escucha nuestras listas en Spotify o Apple Music) que podrían proporcionarte una buena “entrada”.

1. J .S. Bach (1685–1750), Pasión de San Mateo

Este es posiblemente el mayor logro musical cristiano de la era moderna. Vívido, convincente, y emocionalmente directo, te lleva dentro de la historia del sufrimiento y la muerte de Cristo de una manera que quizá nunca haya sido igualada. Bach, un luterano comprometido, estaba impregnado de las Escrituras y entendió sus matices, sutilezas, y ramificaciones mejor que la mayoría de los otros músicos de su tiempo. Esta obra te hace sentir responsable por lo que sucedió el Viernes Santo, y te hace replantearte toda tu relación con Aquel que fue crucificado. Ten en cuenta que dura casi tres horas. Es mejor no escucharlo en una sola sesión, especialmente si eres nuevo a Bach. Digiérelo en secciones. Y si puedes, usa una guía.

2. G. F. Handel (1685–1759), Mesías

Lástima por la sala de conciertos en los Estados Unidos o Gran Bretaña que no incluye el Mesías en tiempo navideño, cuando aumentan las ventas de álbumes y las descargas de este oratorio. Escrito a una velocidad impresionante (en menos de un mes), comprensiblemente se ha convertido en un clásico. Handel le pone a la música nada más que textos bíblicos (la mayoría del Antiguo Testamento) para mostrar la coherencia de la historia de las Escrituras, que culmina con la venida de Jesucristo. El resultado es un drama en tres partes, que corresponde aproximadamente con la encarnación de Cristo, su obra redentora, y el reino eterno. La mejor grabación, en mi opinión, es la de Stephen Layton con Polyphony y la Sinfonía Britten. Es increíblemente dramático.

3. W. A. Mozart (1756–1791), Concierto para piano, n.° 21 en do mayor, K. 467, último movimiento

En sus últimos años, el teólogo reformado suizo Karl Barth solía escuchar la música de Mozart todos los días como una especie de práctica espiritual. Decía el teólogo que en Mozart escuchaba cómo el mundo físico de manera natural alababa a Dios. En otras palabras, Mozart no se interpone en el camino. Él no lucha para “decir” algo, o expresar su ser interior. Simplemente se deja convertir en el vehículo de una nueva iteración del aleluya de la creación. Si escuchas la burbujeante y alegre abundancia del tercer movimiento de esta pieza para piano y orquesta, puedes terminar pensando que Barth tenía razón.

4. Ludwig van Beethoven (1770–1827), Sinfonía nº 6 (“Pastoral”), cuarto y quinto movimientos

En el giro de la época “clásica” a la “romántica”, Beethoven desató formas de expresión humana que cambiaron permanentemente el curso de la historia de la música. Su enorme producción cautivó a los compositores del siglo XIX, que tuvieron la mala suerte de venir inmediatamente después de él.

Beethoven se hizo famoso por su estilo “heróico”: aspirante, con fuerza y, a menudo, muy agresivo. Esta sinfonía “pastoral” muestra un lado diferente: menos asertivo, mucho más estable, amable, y agradecido. Para él, esta obra estaba destinada a convertir en sonido los sentimientos evocados por el campo que rodea Viena, los campos y los caminos por donde paseaba a menudo. Los movimientos cuarto y quinto te llevan de una tormenta feroz a la “Canción del pastor: sentimientos alegres y agradecidos después de la tormenta”. Es una de las grandes transiciones de la música occidental: es probable que la sensación de gratitud casi infantil derrita incluso el corazón más duro. (La grabación de Simon Rattle con la Filarmónica de Viena es excepcional.)

5. Sergei Rachmaninov (1873–1943), Concierto para piano n.º 2, adagio sostenuto

El anhelo que el corazón humano tiene por un hogar distante nunca se ha evocado más elocuentemente que en la música de Rachmaninov, un compositor que fue obligado a pasar gran parte de su vida lejos de su amada Rusia. El Concierto para piano n.º 2, compuesto a medida que emergió de una depresión severa, es quizá la pieza de música clásica más conocida que se haya escrito, y merece su popularidad. N. T. Wright ha dicho que nuestro mundo está marcado por una “belleza adolorida”: su esplendor es glorioso, pero está desfigurado y en espera de su cumplimiento. Escucha el segundo movimiento con eso en mente. (Entre la gran cantidad de grabaciones, intente con Krystian Zimerman con la Boston Symphony Orchestra).

6. James MacMillan (1959–), Las siete últimas palabras de la cruz

Comencé con la cruz, y ahora vuelvo a ella. Sir James MacMillan puede ser el compositor cristiano teológicamente más profundo del mundo. Se las arregla para dar voz a una esperanza vibrante, pero nunca desciende al sentimentalismo, nunca nos permite olvidar que Dios sana al mundo descendiendo a sus profundidades más oscuras. En siete movimientos cortos, las últimas palabras de Cristo se ponen en música de una manera que es profundamente fiel a los Evangelios, y que resulta inquietantemente nueva. Entre otras cosas, se nos recuerda cómo el silencio puede convertirse en la esencia misma de la música. En la última pieza, escuchamos una evocación de la muerte de Jesús, tomando sus últimos suspiros. Si alguna vez necesitas estar convencido del poder teológico de la música, difícilmente podrías hacerlo mejor que comenzar aquí.  


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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