5 razones por las que me alegra haber ido al seminario

Actualmente soy ama de casa de tiempo completo al cuidado de tres hijos. Hago las compras, cocino, y algunas veces (si mi familia es particularmente afortunada) lavo la ropa. Es más probable que sostenga entre las manos juguetes que un libro de teología; y la mayoría de mis conversaciones giran más alrededor de la importancia del café que de las mujeres en el mundo de la teología.

Pero de vez en cuando, alguna de mis amigas se entera que fui al seminario e inevitablemente me pregunta por qué. Es una buena pregunta, una con una hermosa historia detrás de cómo Dios me movió, llamó, y dirigió. Pero ahora, aquí sentada, rodeada por el desorden de la vida cotidiana, creo que una mejor pregunta, o mejor dicho, una pregunta más importante sería si estoy contenta de haber ido.

Como verás, cualquiera diría que no hay nada que pruebe que tengo un título. No soy pastor ni una famosa escritora, tampoco doy clases y ni siquiera dirijo un estudio bíblico. Soy solo… yo. Tengo un pequeño blog, y a veces hablo en eventos para mujeres. Cuido de mis hijos, sigo a Dios, y no tengo idea de qué es lo que sigue. Puedo parecer alguien que no tiene un título de seminario. Sin embargo, estoy muy contenta de tenerlo.

Como madre atareada, me alegra haber asistido al seminario por cinco razones.

1. Un mayor conocimiento de Dios

La primera razón puede parecer obvia, pero tengo que decirlo: ir al seminario profundizó mi conocimiento de Dios y de su Palabra. Uno no puede sentarse con profesores increíblemente dotados, leer a muchas de las mentes más teológicamente expertas de la historia, y hablar de temas relacionados a la fe con otros estudiantes, sin aprender algo. En mi caso, aprendí muchísimo.

2. Un caminar más íntimo con Dios

A pesar de lo que muchos alumnos de nuevo ingreso asumen, esto no está garantizado. La lectura, el estudio, y la asistencia a las clases no garantizan un caminar más íntimo con el Señor. De hecho, podría ocurrir todo lo contrario. Leer acerca de Dios a veces podría hacernos pensar que hemos pasado tiempo con Él.

Ahora bien, es posible dejar que estos nuevos conocimientos te lleven a amar más profundamente al Señor. Estar en el seminario me enseñó la importancia de amarlo con mi mente. Después de todo, Él nos llama a ser personas que estudien sus caminos y reflexionen sobre la fe y la vida (Sal. 111:2). El seminario me ayudó a hacer eso, y como resultado amo más al Señor.

3. Un entendimiento de lo que no sé

A la par de adquirir una tonelada de conocimiento, llegó una profunda convicción de no saberlo todo. Me humilló. Era necesario. Y fue muy bueno.

Al igual que muchas personas dentro y fuera del seminario, por momentos mi caminar con Dios se había caracterizado por esa presunción perezosa y arrogante de “saberlo todo”. Creía entender a Dios, y rara vez lo contemplaba con asombro. Pero de alguna manera, estar en el seminario fue como salir del agua y contemplar el mar por primera vez. Llegué a percibir qué tan grande, insondable, e incluso inescrutable es Dios. Él se digna a revelarse a nosotros, sí, pero es tan grande, tan poderoso e infinito que nunca podremos comprender todo lo que Él es. Necesitaba ver a Dios como Dios porque en ocasiones, cuando creemos que entendemos algo, empezamos a suponer que podemos controlarlo. Pero Dios va más allá de lo que jamás podré llegar a comprender, y me di cuenta de esto en el seminario.

4. Un entendimiento de lo que sé

A pesar de haber tantas cosas incomprensibles, hay mucho que sí podemos aprender. Todos tenemos preguntas, y de eso se trata la teología: de hacernos preguntas acerca de Dios. Cada vez que me sentaba en clase, me unía a personas que por siglos se habían hecho las mismas preguntas que yo me hacía; creyentes que habían buscado, estudiado, y dedicado sus vidas a compartir sus conocimientos con el resto de nosotros. Sí, Dios es insondable, pero se ha revelado a nosotros, y hay respuestas disponibles para muchas de nuestras interrogantes más elementales. El seminario no solo me ayudó a encontrar respuestas, también me enseñó a hacer mejores preguntas.

5. Un oído afinado a la verdad

El seminario me ayudó a construir cimientos bíblicos que me sirven como base para poner a prueba todo lo que escucho. Esto me ha protegido de mala teología, y me ha ayudado a poder distinguir aquellas enseñanzas arraigadas en las verdades de las Escrituras.

Necesitaba esto. Necesitaba una brújula. Hay tantas doctrinas allá afuera, y sin una base firme, puede ser extremadamente difícil discernir la diferencia entre lo que es verdad y lo que es falso.  Mi educación en el seminario me permitió hacer esto.

No me arrepiento

¿Es el seminario absolutamente necesario para obtener estas bases (o cualquiera de los beneficios antes mencionados)? No, no necesariamente. ¿Podría alguien aprender todo lo que yo he aprendido sin estudiar en un seminario? Probablemente. Pero es más difícil hacerlo por cuenta propia. Hay que reconocer los beneficios de rodearse de profesores de confianza, piadosos, que te guiarán a una fe más profunda en Dios y al conocimiento de su Palabra.

Pues bien, ahí está. Esta es la respuesta que daría a una amiga que se pregunta si estoy contenta de haber asistido al seminario. Le serviría otra taza de café, me aseguraría de que no se nos hace tarde para recoger a los niños en la escuela, o para hacer las compras del día, y si todavía tuviéramos unos minutos extra, hablaríamos de qué formas estudiar en un seminario podría ser una opción para ella, en caso de estar interesada.

Sin importar a dónde Dios me dirija en un futuro, nunca me arrepentiré del tiempo que invertí en el seminario. 


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Carolina López Ortiz.
Imagen: Lightstock.
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