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Lectura de Hoy

Devocional: Hechos 26

En Hechos 26, Lucas presenta el tercer relato de la conversión de Pablo en este libro (compárese con Hechos 9 y 22). Cada uno de ellos tiene un objetivo diferente, por supuesto. Aquí, Pablo está defendiéndose ante el gobernador romano Porcio Festo y Herodes Agripa II de Galilea. Destacaremos lo siguiente:

(1) Como en defensas anteriores, Pablo recalca su continuidad con su pasado en el judaísmo conservador: comparte una “esperanza” con los judíos no convertidos, por lo que Dios prometió a sus padres, y un anuncio de la resurrección final (por ejemplo, 24:15; 26:6-7).

(2) La destacada pregunta retórica de Pablo en 26:8 cumple, por tanto, varias cosas a la vez: “¿Por qué os parece a vosotros increíble que Dios resucite a los muertos?”. Para los judíos del tribunal, la pregunta establece que Pablo está de acuerdo en ese asunto con la rama farisaica de la tradición judía. Implícitamente, también da a entender que, si tienen una modalidad en la que Dios resucita a los muertos al final, ¿por qué iba a ser tan imposible que el Todopoderoso levantase a Jesús de los muertos como un anuncio del fin? Para un hombre como el rey Agripa, buen conocedor de las creencias judías, la pregunta reforzaba un asunto con el que él ya estaba familiarizado. Para un hombre como Festo, buscaba disminuir el escepticismo de su complejo entorno pagano. Para las personas con perspectivas naturalistas en la actualidad, la misma pregunta sigue siendo un desafío: el rechazo de la resurrección brota de un anterior rechazo del Dios de la Biblia. Conociendo a este Dios, ¿por qué es tan difícil aceptar el concepto de la resurrección?

(3) Pablo se dirige principalmente al rey Agripa (26:2, 13, 19), es decir, al gobernante más familiarizado con el legado judío y las Escrituras. Por su parte, Festo reconoce estar perdido (25:26-27) y, aunque es consciente de los conocimientos de Pablo, considera que sus palabras son tan extrañas que solo demuestran la locura del apóstol (26:24). Si Pablo se hubiese dirigido a Festo de forma más directa, quizás habría empleado un planteamiento como el de Hechos 17:16-31, en el discurso de la colina de Marte.

(4) La apelación del apóstol al rey Agripa (26:25-29) es abiertamente evangelística y maravillosamente directa, pero al mismo tiempo perfectamente respetuosa. La “defensa” de Pablo no es tal; su exposición parece más un ataque evangelístico que el alegato de un prisionero asustado o acobardado. Sin embargo, así como su “defensa” no es defensiva, tampoco su “ataque” es ofensivo.

(5) Tanto Festo como Agripa perciben que Pablo no ha hecho nada merecedor de la muerte o el encarcelamiento (26:31). Si este hecho hubiese tenido lugar antes de los acontecimientos de 25:1-12, lo habrían liberado. La apelación al César no podía anularse, por lo que, en la providencia de Dios, llevan a Pablo a Roma.

 


Este devocional es un extracto de Por amor a Dios, Volumen II, por Donald A. Carson © Publicaciones Andamio, 2016. Usado con permiso.

Devocional: Génesis 27

Los cuatro pasajes escogidos para hoy tienen algo que decir sobre la providencia de Dios.

Génesis 27 es, en muchos sentidos, un relato patético y sucio. Anteriormente Esaú había despreciado su herencia (25:34). Y ahora su hermano recurre a una artimaña para llevársela. Con el fin de lograrlo, Jacob encuentra ayuda y apoyo en Rebeca, quien de este modo, muestra favoritismo hacia uno de sus hijos y deslealtad hacia su marido. Esaú pierde los estribos y no se hace responsable de sus actos. Al contrario, abriga su rencor muy dentro suyo, y comienza a tramar el asesinato de su hermano. Para la familia que constituye la línea mesiánica, las cosas no van muy bien.

No obstante, los que han leído este texto dentro del contexto de toda la narrativa se acordarán de que Dios mismo le había dicho a Rebeca, antes del nacimiento de los gemelos, que el mayor serviría al menor (25:23). Tal vez sea este uno de los motivos por los cuales hizo lo que hizo; parece que creía que Dios necesitaba un empujón para que fuese fiel a su promesa. No obstante, tras estas acciones sucias y malas, Dios sigue llevando a cabo su propósito: conducir el hilo de la promesa a la conclusión que ha determinado. Por supuesto que Dios podía haber hecho que primero naciese Jacob, si este era quien había de continuar la línea mesiánica. En lugar de ello, Esaú nace primero, pero es Jacob quien había sido escogido, como si fuese para proclamar que, por importante que sea la línea, la elección soberana de Dios lo es mucho más que cualquier jerarquía humana de prioridades, más que la mera primogenitura.

En Mateo 26, las autoridades organizan una conspiración nefasta para corromper la justicia con el fin de resolver un problema político: Judas, un miembro del círculo más cercano a Jesús, vende a su maestro; Jesús se encuentra en medio de una terrible angustia en el huerto de Getsemaní; es arrestado, traicionado por un beso; el Sanedrín condena a su preso; Pedro niega conocer a Jesús. No obstante ¿quién se atrevería a afirmar, en el curso de la narrativa del libro, que Dios no mantiene el control soberano con el objeto de llevar a cabo el fin que él desea? Jesús acabará dando su vida “en rescate por muchos” (20:28), y todos los fracasos, todo el dolor, todo el pecado que relata este capítulo desembocan en la redención.

El libro de Ester ni siquiera menciona el nombre de Dios, pero aquí también, incluso el genocidio masivo tramado por Amán y aprobado por el gobierno, constituye un paso más hacia la salvación. Y Pablo (Hechos 26) aparentemente habría sido puesto en libertad si no hubiese apelado al Cesar – sin embargo, precisamente esta apelación es lo que le lleva al final a proclamar el evangelio desde el mismo corazón del imperio.

La providencia es misteriosa. Nunca se debe invocar para justificar actos injustificables, ni para restar importancia a la seriedad del pecado: Isaac y su familia no son trigo limpio, Judas es un desgraciado mentiroso, Amán es un ser vil, y el tribunal romano que enjuicia a Pablo es corrupto. No obstante prevalece la soberanía de Dios, detrás del escenario, logrando gloria de lo más putrefacto, y honra de la vergüenza.

 


Este devocional es un extracto de Por amor a Dios, Volumen I, por Donald A. Carson © Publicaciones Andamio, 2013. Usado con permiso.

Génesis 27

Jacob suplanta a Esaú

27 Y aconteció que siendo ya viejo Isaac, y sus ojos demasiado débiles para ver, llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo: «Hijo mío». «Aquí estoy», le respondió Esaú. Y dijo Isaac: «Mira, yo soy viejo y no sé el día de mi muerte. Ahora pues, te ruego, toma tu equipo, tu aljaba y tu arco, sal al campo y tráeme caza. Prepárame un buen guisado como a mí me gusta, y tráemelo para que yo coma, y que mi alma te bendiga antes que yo muera».

Rebeca estaba escuchando cuando Isaac hablaba a su hijo Esaú. Y cuando Esaú fue al campo a cazar una pieza para traer a casaRebeca dijo a su hijo Jacob: «Mira, oí a tu padre que hablaba con tu hermano Esaú, diciéndole“Tráeme caza y prepárame un buen guisado para que coma y te bendiga en presencia del Señor antes de mi muerte”. Ahora pues, hijo mío, obedéceme en lo que te mando. Ve ahora al rebaño y tráeme de allí dos de los mejores cabritos de las cabras, y yo prepararé con ellos un buen guisado para tu padre como a él le gusta.

10 »Entonces se lo llevarás a tu padre, que comerá, para que te bendiga antes de su muerte». 11 Pero Jacob dijo a su madre Rebeca: «Esaú mi hermano es hombre velludo y yo soy lampiño. 12 Quizá mi padre me toque, y entonces seré para él un engañador y traeré sobre mí una maldición y no una bendición». 13 Pero su madre le respondió: «Caiga sobre mí tu maldición, hijo mío. Solamente obedéceme. Ve y tráemelos». 14 Jacob fue, tomó los cabritos y los trajo a su madre, y su madre hizo un buen guisado, como a su padre le gustaba.

15 Entonces Rebeca tomó las mejores vestiduras de Esaú, su hijo mayor, que ella tenía en la casa, y vistió a Jacob, su hijo menor. 16 Le puso las pieles de los cabritos sobre las manos y sobre la parte lampiña del cuello, 17 y puso el guisado que había hecho y el pan en manos de su hijo Jacob.

18 Entonces Jacob fue a su padre, y le dijo: «Padre mío». «Aquí estoy. ¿Quién eres, hijo mío?», preguntó Isaac. 19 Jacob contestó a su padre: «Soy Esaú tu primogénito. He hecho lo que me dijiste. Levántate, te ruego. Siéntate y come de mi caza para que me bendigas». 20 Pero Isaac dijo a su hijo: «¿Cómo es que la has encontrado tan pronto, hijo mío?». «Porque el Señor tu Dios hizo que así me sucediera», respondió Jacob.

21 Isaac entonces dijo a Jacob: «Te ruego que te acerques para tocarte, hijo mío, a ver si en verdad eres o no mi hijo Esaú». 22 Jacob se acercó a Isaac su padre, y él lo tocó y dijo: «La voz es la voz de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú». 23 No lo reconoció porque sus manos eran velludas como las de su hermano Esaú, y lo bendijo.

24 Y le preguntó: «¿Eres en verdad mi hijo Esaú?». «Yo soy», respondió Jacob. 25 Entonces dijo: «Sírveme, y comeré de la caza de mi hijo para que yo te bendiga». Y le sirvió, y comió; le trajo también vino, y bebió.

26 Y su padre Isaac le dijo: «Te ruego que te acerques y me beses, hijo mío». 27 Jacob se acercó y lo besó; y al notar el olor de sus vestidos, Isaac lo bendijo, diciendo:

«Ciertamente el olor de mi hijo
Es como el aroma de un campo que el Señor ha bendecido.
28 Dios te dé, pues, del rocío del cielo,
Y de la riqueza de la tierra,
Y abundancia de grano y de vino nuevo.
29 Sírvante pueblos,
Y póstrense ante ti naciones;
Sé señor de tus hermanos,
E inclínense ante ti los hijos de tu madre.
Malditos los que te maldigan,
Y benditos los que te bendigan».

30 Pero tan pronto como Isaac había terminado de bendecir a Jacob, y apenas había salido Jacob de la presencia de su padre Isaac, su hermano Esaú llegó de su cacería. 31 También él hizo un buen guisado y lo trajo a su padre, y dijo a su padre: «Levántese mi padre, y coma de la caza de su hijo, para que tú me bendigas».

32 Y su padre Isaac le dijo: «¿Quién eres?». «Soy tu hijo, tu primogénito, Esaú», le respondió. 33 Isaac tembló con un estremecimiento muy grande, y dijo: «¿Quién fue entonces el que trajo caza, antes de que tú vinieras, y me la trajo y yo comí de todo, y lo bendije? Sí, y bendito será».

34 Al oír Esaú las palabras de su padre, clamó con un grande y amargo clamor, y dijo a su padre: «¡Bendíceme, bendíceme también a mí, padre mío!». 35 Pero Isaac respondió: «Tu hermano vino con engaño y se ha llevado tu bendición».

36 Y Esaú dijo: «Con razón se llama Jacob, pues me ha suplantado estas dos veces. Primero me quitó mi primogenitura y ahora me ha quitado mi bendición». Y añadió: «¿No has reservado una bendición para mí?». 37 «Mira», le respondió Isaac, «yo lo he puesto por señor tuyo, y le he dado por siervos a todos sus parientes; y con grano y vino nuevo lo he sustentado. En cuanto a ti ¿qué haré, pues, hijo mío?».

38 Y Esaú dijo a su padre: «¿No tienes más que una bendición, padre mío? Bendíceme, bendíceme también a mí, padre mío». Y Esaú alzó su voz y lloró. 39 Entonces su padre Isaac le dijo:

«Lejos de la fertilidad de la tierra será tu morada,
Y lejos del rocío que baja del cielo.
40 Por tu espada vivirás,
Y a tu hermano servirás;
Mas acontecerá que cuando te impacientes,
Arrancarás su yugo de tu cuello».

Rencor de Esaú

41 Esaú, pues, guardó rencor a Jacob a causa de la bendición con que su padre lo había bendecido; y Esaú se dijo: «Los días de luto por mi padre están cerca; entonces mataré a mi hermano Jacob». 42 Cuando las palabras de Esaú, su hijo mayor, le fueron comunicadas a Rebeca, envió a llamar a Jacob, su hijo menor, y le dijo: «Mira, en cuanto a ti, tu hermano Esaú se consuela con la idea de matarte. 43 Ahora pues, hijo mío, obedece mi voz: levántate y huye a Harán, a casa de mi hermano Labán. 44 Quédate con él algunos días hasta que se calme el furor de tu hermano; 45 hasta que la ira de tu hermano contra ti se calme, y olvide lo que le hiciste. Entonces enviaré y te traeré de allá. ¿Por qué he de sufrir la pérdida de ustedes dos en un mismo día?».

46 Entonces Rebeca dijo a Isaac: «Estoy cansada de vivir a causa de las hijas de Het. Si Jacob toma mujer de las hijas de Het, como estas, de las hijas de esta tierra, ¿para qué me servirá la vida?».

   

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Mateo 26

Complot para prender y matar a Jesús

26 Cuando Jesús terminó todas estas palabras, dijo a Sus discípulos: «Ustedes saben que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado».

Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás, y con engaño, tramaron entre ellos prender y matar a Jesús. Pero decían: «No durante la fiesta, para que no haya un tumulto en el pueblo».

Jesús ungido en Betania

Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, se acercó a Él una mujer con un frasco de alabastro de perfume muy costoso, y lo derramó sobre Su cabeza cuando estaba sentado a la mesaPero al ver esto, los discípulos se indignaron, y decían: «¿Para qué este desperdicio? Porque este perfume podía haberse vendido a gran precio, y el dinero habérselo dado a los pobres».

10 Pero Jesús, dándose cuenta, les dijo: «¿Por qué molestan a la mujer? Pues buena es la obra que me ha hecho. 11 Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a Mí no siempre me tendrán. 12 Pues al derramar ella este perfume sobre Mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. 13 En verdad les digo, que dondequiera que este evangelio se predique, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho, en memoria de ella».

Traición de Judas

14 Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, 15 y les dijo: «¿Qué están dispuestos a darme para que yo les entregue a Jesús?». Y ellos le pesaron treinta monedas de plata (30 siclos: 432 gramos). 16 Y desde entonces Judas buscaba una oportunidad para entregar a Jesús.

Preparación de la Pascua

17 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: «¿Dónde quieres que hagamos los preparativos para que comas la Pascua?». 18 Y Él respondió: «Vayan a la ciudad, a cierto hombre, y díganle: “El Maestro dice: ‘Mi tiempo está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa con Mis discípulos’”». 19 Entonces los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

Jesús identifica al traidor

20 Al atardecer, estaba Jesús sentado a la mesa con los doce discípulos. 21 Y mientras comían, dijo: «En verdad les digo que uno de ustedes me entregará». 22 Ellos, profundamente entristecidos, comenzaron a decir uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». 23 Él respondió: «El que metió la mano al mismo tiempo que Yo en el plato, ese me entregará. 24 El Hijo del Hombre se va, según está escrito de Él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido». 25 Judas, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Acaso soy yo, Rabí?». «Tú lo has dicho», le contestó Jesús.

Institución de la Cena del Señor

26 Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: «Tomen, coman; esto es Mi cuerpo». 27 Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: «Beban todos de ella; 28 porque esto es Mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. 29 Les digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con ustedes en el reino de Mi Padre».

30 Y después de cantar un himno, salieron hacia el monte de los Olivos.

Jesús predice la negación de Pedro

31 Entonces Jesús les dijo*: «Esta noche todos ustedes se apartarán por causa de Mí, pues escrito está: “Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán”. 32 Pero después de que Yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea». 33 Pedro le respondió: «Aunque todos se aparten por causa de Ti, yo nunca me apartaré». 34 Jesús le dijo: «En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces». 35 Pedro le dijo*: «Aunque tenga que morir junto a Ti, jamás te negaré». Todos los discípulos dijeron también lo mismo.

Jesús en Getsemaní

36 Entonces Jesús llegó* con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo* a Sus discípulos: «Siéntense aquí mientras Yo voy allá y oro». 37 Y tomando con Él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. 38 Entonces les dijo*: «Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quédense aquí y velen junto a Mí».

39 Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras». 40 Entonces vino* Jesús a los discípulos y los halló* durmiendo, y dijo* a Pedro: «¿Conque no pudieron velar una hora junto a Mí? 41 Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».

42 Apartándose de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: «Padre Mío, si esta copa no puede pasar sin que Yo la beba, hágase Tu voluntad». 43 Vino otra vez Jesús y los halló durmiendo, porque sus ojos estaban cargados de sueño44 Dejándolos de nuevo, se fue y oró por tercera vez, y dijo otra vez las mismas palabras. 45 Entonces vino* a los discípulos y les dijo*: «¿Todavía están durmiendo y descansando? Vean, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. 46 ¡Levántense! ¡Vamos! Miren, está cerca el que me entrega».

Arresto de Jesús

47 Mientras Jesús estaba todavía hablando, Judas, uno de los doce, llegó acompañado de una gran multitud con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. 48 El que lo entregaba les había dado una señal, diciendo: «Al que yo bese, Él es; lo pueden prender». 49 Enseguida se acercó a Jesús y dijo: «¡Salve, Rabí!». Y lo besó. 50 «Amigo, haz lo que viniste a hacer», le dijo Jesús. Entonces ellos se acercaron, echaron mano a Jesús y lo arrestaron.

51 Y uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo al siervo del sumo sacerdote, le cortó la oreja. 52 Entonces Jesús le dijo*: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán. 53 ¿O piensas que no puedo rogar a Mi Padre, y Él pondría a Mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles? 54 Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que así debe suceder?».

55 En aquel momento Jesús dijo a la muchedumbre: «¿Cómo contra un ladrón han salido con espadas y palos para asegurarse que me arrestaban? Cada día me sentaba en el templo para enseñar, y no me prendieron. 56 Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas». Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Jesús ante el Concilio

57 Los que prendieron a Jesús lo llevaron ante el sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos. 58 Pedro fue siguiendo de lejos a Jesús hasta el patio del sumo sacerdote, y entrando, se sentó con los guardias para ver el fin de todo aquello.

59 Y los principales sacerdotes y todo el Concilio procuraban obtener falso testimonio contra Él, con el fin de dar muerte a Jesús, 60 y no lo hallaron a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Pero más tarde se presentaron dos, 61 que dijeron: «Este declaró: “Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reedificarlo”».

62 Entonces el sumo sacerdote, levantándose, le dijo: «¿No respondes nada? ¿Qué testifican estos contra Ti?». 63 Pero Jesús se quedó callado. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te ordeno por el Dios viviente que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». 64 Jesús le contestó*: «Tú mismo lo has dicho; sin embargo, a ustedes les digo que desde ahora verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo».

65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ahora mismo ustedes han oído la blasfemia. 66 ¿Qué les parece?». «¡Él es digno de muerte!», le contestaron. 67 Entonces le escupieron en el rostro y le dieron puñetazos; y otros lo abofeteaban, 68 y le decían: «Adivina, Cristo, ¿quién es el que te ha golpeado?».

La negación de Pedro

69 Pedro estaba sentado afuera en el patio, y una sirvienta se le acercó y dijo: «Tú también estabas con Jesús el galileo». 70 Pero él lo negó delante de todos ellos, diciendo: «No sé de qué hablas».

71 Cuando salió al portal, lo vio otra sirvienta y dijo* a los que estaban allí: «Este estaba con Jesús el Nazareno». 72 Y otra vez él lo negó con juramento: «¡Yo no conozco a ese hombre!».

73 Un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro que tú también eres uno de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre». 74 Entonces él comenzó a maldecir y a jurar: «¡Yo no conozco al hombre!». Y al instante un gallo cantó. 75 Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho: «Antes que el gallo cante, me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

   

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Ester 3

Conspiración de Amán

3 Después de esto el rey Asuero engrandeció a Amán, hijo de Hamedata el agagueo, y lo ensalzó y estableció su autoridad sobre todos los príncipes que estaban con él. Y todos los siervos del rey que estaban a la puerta del rey se inclinaban y se postraban ante Amán, porque así había ordenado el rey en cuanto a él; pero Mardoqueo ni se inclinaba ni se postraba. Entonces los siervos del rey, que estaban a la puerta del rey, dijeron a Mardoqueo: «¿Por qué traspasas el mandato del rey?». Después que ellos le estuvieron hablando día tras día y él se había negado a escucharlos, se lo informaron a Amán para ver si la palabra de Mardoqueo era firme, porque él les había declarado que era judío.

Cuando Amán vio que Mardoqueo no se inclinaba ni se postraba ante él, Amán se llenó de furor. Y él no se contentó con echar mano solo a Mardoqueo, pues le habían informado cuál era el pueblo de Mardoqueo. Por tanto, Amán procuró destruir a todos los judíos, el pueblo de Mardoqueo, que estaban por todo el reino de Asuero.

En el mes primero, que es el mes de Nisán, el año doce del rey Asuero, se echó el Pur, es decir la suerte, delante de Amán para cada día y cada mes hasta el mes doce, que es el mes de Adar. Y Amán dijo al rey Asuero: «Hay un pueblo esparcido y diseminado entre los pueblos en todas las provincias de su reino; sus leyes son diferentes de las de todos los demás pueblos, y no guardan las leyes del rey, así que no conviene al rey dejarlos vivosSi al rey le parece bien, que se decrete que sean destruidos, y yo pagaré 340 toneladas de plata en manos de los que manejan los negocios del rey, para que los pongan en los tesoros del rey». 10 El rey tomó de su mano el anillo de sellar y se lo dio a Amán, hijo de Hamedata el agagueo, enemigo de los judíos. 11 Le dijo el rey a Amán: «Quédate con la plata y también con el pueblo, para que hagas con él lo que te parezca bien».

12 Entonces fueron llamados los escribas del rey el día trece del mes primero, y conforme a todo lo que Amán había ordenado, fue escrito a los sátrapas del rey, a los gobernadores que estaban sobre cada provincia y a los príncipes de cada pueblo, a cada provincia conforme a su escritura, a cada pueblo conforme a su lengua, escrito en el nombre del rey Asuero y sellado con el anillo del rey.

13 Se enviaron cartas por medio de los correos a todas las provincias del rey para destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un solo día, el día trece del mes doce, que es el mes de Adar, y sus posesiones dadas al saqueo. 14 La copia del edicto que sería promulgada ley en cada provincia fue publicada a todos los pueblos para que estuvieran preparados para ese día. 15 Salieron los correos apremiados por la orden del rey. El decreto fue promulgado en la fortaleza de Susa, y mientras el rey y Amán se sentaron a beber, la ciudad de Susa estaba turbada.

   

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Hechos 26

Defensa de Pablo ante Herodes Agripa II

26 Agripa II dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu favor». Entonces Pablo, extendiendo la mano, comenzó su defensa:

«Con respecto a todo aquello de que los judíos me acusan, me considero afortunado, oh rey Agripa, de poder presentar hoy mi defensa delante de usted, sobre todo, porque es experto en todas las costumbres y controversias entre los judíos. Por lo cual le ruego que me escuche con paciencia.

»Pues bien, todos los judíos conocen mi vida desde mi juventud, que desde el principio transcurrió entre los de mi pueblo y en Jerusalén; puesto que ellos han sabido de mí desde hace mucho tiempo, si están dispuestos a testificar, que viví como fariseo, de acuerdo con la secta más estricta de nuestra religión.

»Y ahora soy sometido a juicio por la esperanza de la promesa hecha por Dios a nuestros padres: que nuestras doce tribus esperan alcanzar al servir fielmente a Dios noche y día. Y por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos. ¿Por qué se considera increíble entre ustedes que Dios resucite a los muertos?

»Yo ciertamente había creído que debía hacer muchos males en contra del nombre de Jesús de Nazaret. 10 Esto es precisamente lo que hice en Jerusalén. No solo encerré en cárceles a muchos de los santos con la autoridad recibida de los principales sacerdotes, sino que también, cuando eran condenados a muerte, yo añadía mi voto. 11 Castigándolos con frecuencia en todas las sinagogas, procuraba obligarlos a blasfemar, y enfurecido contra ellos, seguía persiguiéndolos aun hasta en las ciudades extranjeras.

Relato de la conversión de Pablo

12 »Ocupado en esto, cuando iba para Damasco con autoridad y comisión de los principales sacerdotes, 13 al mediodía, oh rey, yendo de camino, vi una luz procedente del cielo más brillante que el sol, que resplandecía alrededor mío y de los que viajaban conmigo. 14 Después de que todos caímos al suelo, oí una voz que me decía en el idioma hebreo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”.

15 »Yo entonces dije: “¿Quién eres, Señor?”. Y el Señor dijo: “Yo soy Jesús a quien tú persigues. 16 Pero levántate y ponte en pie; porque te he aparecido con el fin de designarte como ministro y testigo, no solo de las cosas que has visto, sino también de aquellas en que me apareceré a ti. 17 Te rescataré del pueblo judío y de los gentiles, a los cuales Yo te envío, 18 para que les abras sus ojos a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban, por la fe en Mí, el perdón de pecados y herencia entre los que han sido santificados”.

19 »Por tanto, oh rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial, 20 sino que anunciaba, primeramente a los que estaban en Damasco y también en Jerusalén, y después por toda la región de Judea, y aun a los gentiles, que debían arrepentirse y volverse a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento.

21 »Por esta causa, algunos judíos me prendieron en el templo y trataron de matarme. 22 Así que habiendo recibido ayuda de Dios, continúo hasta este día testificando tanto a pequeños como a grandes, no declarando más que lo que los profetas y Moisés dijeron que sucedería: 23 que el Cristo había de padecer, y que por motivo de Su resurrección de entre los muertos, Él debía ser el primero en proclamar luz tanto al pueblo judío como a los gentiles».

Pablo exhorta a Herodes Agripa II

24 Mientras Pablo decía esto en su defensa, Festo dijo* a gran voz: «¡Pablo, estás loco! ¡Tu mucho saber te está haciendo perder la cabeza!». 25 Pero Pablo le respondió*: «No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura. 26 Porque el rey entiende estas cosas, y también le hablo con confianza, porque estoy persuadido de que él no ignora nada de esto; pues esto no se ha hecho en secreto. 27 Rey Agripa, ¿cree usted en los profetas? Yo sé que cree».

28 Entonces Agripa II le dijo a Pablo: «En poco tiempo me persuadirás a que me haga cristiano». 29 Y Pablo contestó: «Quisiera Dios que, ya fuera en poco tiempo o en mucho, no solo usted, sino también todos los que hoy me oyen, llegaran a ser tal como yo soy, a excepción de estas cadenas».

30 El rey, el gobernador, Berenice y los que estaban sentados con ellos se levantaron, 31 y mientras se retiraban, hablaban entre sí, diciendo: «Este hombre no ha hecho* nada que merezca muerte o prisión». 32 Agripa II le dijo a Festo: «Este hombre podría haber sido puesto en libertad, si no hubiera apelado a César».

   

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