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Te esfuerzas a diario por cuidar de tu familia. Te levantas temprano, despiertas a tus hijos, preparas el desayuno, te encargas de la comida y de que toda la casa esté ordenada. Estás atenta a las necesidades de todos en tu hogar. Cuando tu día termina, estás agotada. Pero lo peor no es el cansancio, sino la sensación de que nadie ve ni valora lo que estás haciendo.

Quizás has llevado una vida marcada por un pecado particular, de modo que este se ha convertido en aquello por lo que los demás te conocen. Entras a un lugar y sientes cómo las personas evitan mirarte a los ojos. Aunque pareciera que todos hablan de ti, nadie habla contigo. Deseas cambiar, pero no sabes cómo hacerlo ni quién puede ayudarte.

O puede ser que tu vida haya estado consumida por el dolor y el sufrimiento. Todos continúan con su vida normal, pero tú sientes que no puedes seguir porque el dolor todavía está presente. A veces pareciera que los demás no se dan cuenta o están tan envueltos en sus propias situaciones que no tienen más tiempo para ti.

Hay momentos de la vida en los que no nos sentimos vistos ni apreciados por los demás. Momentos en los que nos sentimos solos y pensamos que nadie quiere siquiera mirarnos. Sin embargo, esa no es solo nuestra experiencia. También era la historia de personas en las Escrituras que tuvieron un encuentro transformador con la mirada de Dios.

Tres historias, una misma mirada

Zaqueo (Lc 19:1-10)

Bajito y de mala reputación, así era Zaqueo. Había escuchado acerca de Jesús y sabía que él iba a pasar cerca. No obstante, no podía verlo debido a la multitud y su estatura, así que se subió a un árbol con la intención de observarlo.

No sé dónde estás ni cuál es la condición de tu corazón, pero sí sé que, sin importar cómo estés o lo que estés atravesando, el Dios de los cielos te ve

El trabajo de Zaqueo no era honroso, así que era odiado por muchos. Imagino la vergüenza que experimentaba al caminar entre personas que le volteaban el rostro o le dirigían miradas de desprecio. Sin embargo, él quería ver a Jesús. Lo que Zaqueo no imaginaba era que Jesús lo vería a él: «Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa”» (Lc 19:5).

Entre la multitud, este hombre pequeño y de mala reputación no pasó desapercibido para el Dios de los cielos. Jesús levantó la mirada, llamó a Zaqueo por su nombre y, por si eso fuera poco, se quedó en su casa. Jesús lo miró con amor cuando nadie más lo hacía. Jesús lo recibió cuando muchos lo rechazaban.

La mujer con flujo de sangre (Mr 5:25-34)

Sufrimiento, desprecio, soledad, vergüenza y desesperanza eran parte de la vida de esta mujer. Durante doce años había padecido flujo de sangre. Era marginada por su condición y, con toda probabilidad, era evitada por otros que la veían como una persona impura.

Entonces, en medio de una multitud que rodeaba a Jesús, ella se atrevió a tocar con fe el borde de Su manto y, al instante, fue sanada. Todo lo que había anhelado durante tantos años ocurrió en un solo momento. Pero su historia no terminó con su sanidad:

Enseguida Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de Él, volviéndose entre la gente, dijo: «¿Quién ha tocado Mi ropa?». Y Sus discípulos le dijeron: «Ves que la multitud te oprime, y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Pero Él miraba a su alrededor para ver a la mujer que lo había tocado (Mr 5:30-32).

Para Jesús, esta mujer no era simplemente una sanidad más en medio de una multitud. Era una mujer a quien Él conocía y a quien quería mirar.

Imagina aquel momento: una mujer temerosa y avergonzada, ahora sana, siendo buscada por el Dios de los cielos para ser vista en medio de toda la multitud. Aquella mujer marginada es ahora vista, conocida y valorada por el más grande de todos.

El ciego Bartimeo (Mr 10:46-52)

Bartimeo era un mendigo y, por si no fuera suficiente, también era ciego. Vivía de las limosnas de los demás y probablemente estaba acostumbrado a ser ignorado y hasta maltratado.

Jesús dirige Su mirada al cansado, al marginado, al enfermo, al que ha perdido la esperanza. Y sigue haciendo lo mismo hoy

Sentado junto al camino, escuchó que Jesús pasaba por allí y comenzó a gritar rogándole que tuviera misericordia de él. Imagina el dolor detrás de ese clamor. Este hombre, acostumbrado a las migajas y lleno de desesperanza, no perdió la oportunidad de pedirle ayuda a Jesús.

Aunque los demás comenzaron a decirle que se callara, él no se detuvo. Había una profunda esperanza en su corazón: aunque otros lo silenciaran, aunque viviera ignorado, confiaba en que Jesús tendría misericordia de él. Y así fue.

Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Y llamaron al ciego, diciéndole: «¡Anímate! Levántate, que te llama». Arrojando su manto, se levantó de un salto y fue a Jesús (Mr 10:49).

El grito desesperado de Bartimeo no pasó desapercibido para el Dios de los cielos. Jesús se detuvo y lo llamó. Aunque al principio los ojos de Bartimeo no podían ver a Jesús, Jesús sí podía verlo a él. Y, unos pocos momentos después, sus ojos fueron abiertos y el primer rostro que contempló fue el del Salvador.

Sus historias son las nuestras

En cada una de estas historias, Jesús dirige Su mirada al cansado, al marginado, al enfermo, al que ha perdido la esperanza; a aquellos que nadie más mira y a quienes otros les vuelven el rostro. Y aquí lo impresionante: Él sigue haciendo lo mismo hoy.

No sé dónde estás ni cuál es la condición de tu corazón, pero sí sé que, sin importar cómo estés o lo que estés atravesando, el Dios de los cielos te ve. Nunca pasas desapercibido para Él. Nunca eres ignorado. Si vienes a Él, nunca serás rechazado por Cristo.

Él es el Dios que nos miró en nuestra peor condición y estuvo dispuesto a entregar Su vida para darnos vida. Por Su obra a nuestro favor, jamás seremos apartados de Él. Ten ánimo, Dios te ve.

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