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Lectura de Hoy

Devocional: Génesis 15

El marco temporal de Dios es muy diferente del nuestro. Abram quiere un hijo y le parece que se va quedando sin tiempo. Dios tiene en mente a un pueblo compuesto de millones de descendientes. Abram siente que su vida se acerca al final sin que sea evidente en absoluto por qué Dios le ha llamado a salir de Ur de los caldeos; Dios ve el curso entero de la historia redentora.

Lo que Dios hace en Génesis 15 es prometer a Abram que su descendencia constituirá una multitud incontable. A un cierto nivel, la promesa de Dios es suficiente: “Abram creyó al Señor…” (Génesis 15:6). La fe de Abram es sencilla y también profunda: creyó la promesa de Dios, convencido de que Dios sería fiel a su palabra. Y a ojos de Dios, esta fe “contaba como justicia”. Esto no quiere decir que Abram se mereciese puntos por mostrar una fe así. Se trata más bien de que lo que Dios exige a los que llevan su imagen, lo que siempre les había exigido, era justicia – sin embargo, en este mundo caído acepta, y lo cuenta como si fuese justicia, una fe que reconozca nuestra dependencia de Dios y que reciba la palabra de Dios como tal. Es la fe de Abram lo que le convierte en el padre de todos los que creen (Romanos 4; Gálatas 3).

Sin embargo, por muy genuina que sea esta fe, Abram tiene problemas para encajar algunos de los detalles de la promesa de Dios. Dios le habla de un tiempo en el que sus descendientes poseerán toda la tierra que le rodea, y Abram vacila y pide una señal (Génesis 15:8). En su gracia, Dios provee una: en una visión, a Abram se le permite entrar en un pacto con Dios. Probablemente, los animales troceados por medio de los cuales pasa “una hornilla humeante y una antorcha encendida” (Génesis 15:17) representan una manera de decir “que los que entren en este pacto sean igualmente troceados si violan las condiciones del mismo”. Esta visión que Abram recibe, aparte de ser un acto de bondad de parte de Dios para afianzar su fe, también le permite vislumbrar los propósitos de Dios a largo plazo, y el vasto alcance de su campo de acción: establece un pacto con Abram y con su descendencia, la misma relación de pacto en la cual entran también los creyentes de hoy día (Gálatas 3:6-9).

Hay otro elemento más en este capítulo que deja entrever la perspectiva divina. Una razón por la cual Abram no puede comenzar a conquistar la Tierra Prometida es que “antes de eso no habrá llegado al colmo la iniquidad de los amorreos” (Génesis 15:16). La cronología divina encaja tan perfectamente con su sensibilidad moral, que, cuando el pueblo de Dios esté listo para entrar en la Tierra, los habitantes de dicha Tierra se habrán hundido en la degradación moral hasta tal punto, que el juicio divino será absolutamente necesario. Llegará aquel día, dice Dios, pero en este capítulo aún no ha llegado.

 


Este devocional es un extracto de Por amor a Dios, Volumen 1, por Donald A. Carson © Publicaciones Andamio, 2013. Usado con permiso.

Génesis 15

Dios promete un hijo a Abram

15 Después de estas cosas la palabra del Señor vino a Abram en visión, diciendo:

«No temas, Abram,
Yo soy un escudo para ti;
Tu recompensa será muy grande».

Y Abram dijo: «Oh Señor Dios, ¿qué me darás, puesto que yo estoy sin hijos, y el heredero de mi casa es Eliezer de Damasco?». Dijo además Abram: «No me has dado descendencia, y uno nacido en mi casa es mi heredero».

Pero la palabra del Señor vino a él, diciendo: «Tu heredero no será este, sino uno que saldrá de tus entrañas, él será tu heredero». El Señor lo llevó fuera, y le dijo: «Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas». Y añadió: «Así será tu descendencia».

Abram creyó en el Señor, y Él se lo reconoció por justicia. Y le dijo: «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra para que la poseas». Entonces Abram le preguntó: «Oh Señor Dios, ¿cómo puedo saber que la poseeré?». El Señor le respondió: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón». 10 Abram le trajo todos estos, los partió por la mitad, y puso cada mitad enfrente de la otra; pero no partió las aves. 11 Y las aves de rapiña descendían sobre los animales sacrificados, pero Abram las ahuyentaba.

Pacto de Dios con Abram

12 A la puesta del sol un profundo sueño cayó sobre Abram. El terror de una gran oscuridad cayó sobre él. 13 Dios dijo a Abram: «Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no es suya, donde serán esclavizados y oprimidos durante 400 años. 14 Pero Yo también juzgaré a la nación a la cual servirán, y después saldrán de allí con grandes riquezas. 15 Tú irás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez.

16 »En la cuarta generación ellos regresarán acá, porque hasta entonces no habrá llegado a su colmo la iniquidad de los amorreos». 17 Y sucedió que cuando el sol ya se había puesto, hubo densas tinieblas, y apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades de los animales.

18 En aquel día el Señor hizo un pacto con Abram, diciendo:

«A tu descendencia he dado esta tierra,
Desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates:

19 la tierra de los quenitas, los cenezeos, los cadmoneos, 20 los hititas, los ferezeos, los refaítas, 21 los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos».

   

Nueva Biblia de las Américas Copyright © 2005 por The Lockman Foundation, La Habra, California. Todos los derechos reservados. Para más información, visita https://www.nuevabiblia.com

Mateo 14

Muerte de Juan el Bautista

14 Por aquel tiempo, Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, y dijo a sus sirvientes: «Este es Juan el Bautista. Él ha resucitado de entre los muertos, y por eso es que poderes milagrosos actúan en él».

Porque antes Herodes había prendido a Juan, y lo había atado y puesto en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe; porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque Herodes quería matarlo, tenía miedo al pueblo, porque consideraban a Juan como un profeta.

Pero cuando llegó el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó ante ellos y agradó a Herodes. Por lo cual le prometió con juramento darle lo que ella pidiera. Ella, instigada por su madre, dijo*: «Dame aquí, en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».

Y aunque el rey se entristeció, a causa de sus juramentos y de sus invitados, ordenó que se la dieran; 10 y mandó decapitar a Juan en la cárcel. 11 Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, y ella se la llevó a su madre. 12 Los discípulos de Juan llegaron y recogieron el cuerpo y lo sepultaron; y fueron y se lo comunicaron a Jesús.

Alimentación de los cinco mil

13 Al oír esto, Jesús se fue de allí en una barca, solo, a un lugar desierto; y cuando las multitudes lo supieron, lo siguieron a pie desde las ciudades. 14 Cuando Jesús desembarcó, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos. 15 Al atardecer se acercaron los discípulos, diciendo: «El lugar está desierto y la hora ya es avanzada; despide, pues, a las multitudes para que vayan a las aldeas y se compren alimentos».

16 Pero Jesús les dijo: «No hay necesidad de que se vayan; denles ustedes de comer». 17 Entonces ellos dijeron*: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». 18 «Traigan acá los panes y los peces», les dijo.

19 Y ordenando a la muchedumbre que se sentara sobre la hierba, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo los alimentos. Después partió los panes y se los dio a los discípulos y los discípulos a la multitud. 20 Todos comieron y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos: doce cestas llenas. 21 Y los que comieron fueron unos 5,000 hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Jesús anda sobre el mar

22 Enseguida Jesús hizo que los discípulos subieran a la barca y fueran delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. 23 Después de despedir a la multitud, subió al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo. 24 Pero la barca ya estaba muy lejos de tierra, y era azotada por las olas, porque el viento era contrario. 25 A la cuarta vigilia de la noche (3 a 6 a.m.), Jesús vino a ellos andando sobre el mar.

26 Y los discípulos, al ver a Jesús andar sobre el mar, se turbaron, y decían: «¡Es un fantasma!». Y de miedo, se pusieron a gritar. 27 Pero enseguida Jesús les dijo: «Tengan ánimo, soy Yo; no teman».

28 Y Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame que vaya a Ti sobre las aguas». 29 «Ven», le dijo Jesús. Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús. 30 Pero viendo la fuerza del viento tuvo miedo, y empezando a hundirse gritó: «¡Señor, sálvame!». 31 Al instante Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo*: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

32 Cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó. 33 Entonces los que estaban en la barca lo adoraron, diciendo: «En verdad eres Hijo de Dios».

34 Terminada la travesía, bajaron a tierra en Genesaret. 35 Y cuando los hombres de aquel lugar reconocieron a Jesús, enviaron a decirlo por toda aquella región de alrededor y le trajeron todos los que tenían algún mal. 36 Y le rogaban que les dejara tocar siquiera el borde de Su manto; y todos los que lo tocaban quedaban curados.

   

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Nehemías 4

Oposición de los enemigos

4 Cuando Sanbalat se enteró de que estábamos reedificando la muralla, se enfureció y se enojó mucho. Y burlándose de los judíos, habló en presencia de sus hermanos y de los ricos de Samaria, y dijo: «¿Qué hacen estos débiles judíos? ¿La restaurarán para sí mismos? ¿Podrán ofrecer sacrificios? ¿Terminarán en un día? ¿Harán revivir las piedras de los escombros polvorientos, aun las quemadas?». Tobías el amonita estaba cerca de él, y dijo: «Aun lo que están edificando, si un zorro saltara sobre ello, derribaría su muralla de piedra».

Oye, oh Dios nuestro, cómo somos despreciados. Devuelve su oprobio sobre sus cabezas y entrégalos por despojo en una tierra de cautividad. No perdones su iniquidad, ni su pecado sea borrado de delante de Ti, porque han desmoralizado a los que edifican.

Y edificamos la muralla hasta que toda la muralla estaba unida hasta la mitad de su altura, porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar.

Cuando Sanbalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los de Asdod se enteraron que continuaba la reparación de las murallas de Jerusalén, que las brechas comenzaban a ser cerradas, se enojaron mucho. Y todos ellos conspiraron juntos para venir a luchar contra Jerusalén y causar disturbio en ella. Entonces oramos a nuestro Dios, y para defendernos montamos guardia contra ellos de día y de noche. 10 Pero se decía en Judá:

«Desfallecen las fuerzas de los cargadores,
Y queda mucho escombro;
Nosotros no podemos
Reedificar la muralla».

11 Y nuestros enemigos decían: «No sabrán ni verán hasta que entremos en medio de ellos y los matemos y hagamos cesar la obra».

12 Así que cuando los judíos que habitaban cerca de ellos vinieron y nos dijeron diez veces: «Subirán contra nosotros de todo lugar adonde ustedes se vuelvan», 13 entonces aposté hombres en las partes más bajas del lugar, detrás de la muralla y en los sitios descubiertos; aposté al pueblo por familias con sus espadas, sus lanzas y sus arcos. 14 Cuando vi su temor, me levanté y dije a los nobles, a los oficiales y al resto del pueblo: «No les tengan miedo. Acuérdense del Señor, que es grande y temible, y luchen por sus hermanos, sus hijos, sus hijas, sus mujeres y sus casas».

15 Sucedió que nuestros enemigos se enteraron que conocíamos sus propósitos y que Dios había desbaratado sus planes; entonces todos nosotros volvimos a la muralla, cada uno a su trabajo. 16 Desde aquel día la mitad de mis hombres trabajaban en la obra mientras que la otra mitad portaba las lanzas, los escudos, los arcos y las corazas; y los capitanes estaban detrás de toda la casa de Judá. 17 Los que reedificaban la muralla y los que llevaban cargas llevaban la carga en una mano trabajando en la obra, y en la otra empuñaban un arma. 18 Cada uno de los que reedificaban tenía ceñida al lado su espada mientras edificaba. El que tocaba la trompeta estaba junto a mí. 19 Y dije a los nobles, a los oficiales y al resto del pueblo: «La obra es grande y extensa, y estamos separados en la muralla, lejos el uno del otro. 20 En el lugar que oigan el sonido de la trompeta, reúnanse allí con nosotros; nuestro Dios peleará por nosotros».

21 Hacíamos el trabajo con la mitad empuñando lanzas desde el despuntar del alba hasta que salían las estrellas. 22 En aquel tiempo dije también al pueblo: «Cada hombre con su ayudante pase la noche dentro de Jerusalén, para que nos sirvan de centinela por la noche y de obrero por el día». 23 Ni yo, ni mis hermanos, ni mis criados, ni los hombres de la guardia que me seguían, ninguno de nosotros se quitó la ropa; cada uno llevaba su arma aun en el agua.

   

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Hechos 14

Pablo y Bernabé en Iconio

14 Cuando Pablo y Bernabé entraron juntos en la sinagoga de los judíos en Iconio, hablaron de tal manera que creyó una gran multitud, tanto de judíos como de griegos. Pero los judíos que no creyeron, excitaron y llenaron de odio los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Con todo, se detuvieron allí mucho tiempo hablando valientemente, confiados en el Señor que confirmaba la palabra de Su gracia, concediendo que se hicieran señales y prodigios por medio de sus manos.

Pero la gente de la ciudad estaba dividida, y unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles. Cuando los gentiles y los judíos, con sus gobernantes, prepararon un atentado para maltratarlos y apedrearlos, los apóstoles se dieron cuenta de ello y huyeron a las ciudades de Licaonia, Listra, Derbe, y sus alrededores; y allí continuaron anunciando el evangelio.

Pablo y Bernabé en Listra

había en Listra un hombre que estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo desde el seno de su madre y que nunca había andado. Este escuchaba hablar a Pablo, el cual, fijando la mirada en él, y viendo que tenía fe para ser sanado, 10 dijo con voz fuerte: «Levántate derecho sobre tus pies». Y él dio un salto y comenzó a andar. 11 Cuando la multitud vio lo que Pablo había hecho, alzaron la voz, diciendo en el idioma de Licaonia: «Los dioses se han hecho semejantes a hombres y han descendido a nosotros».

12 Y llamaban a Bernabé, Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque este era el que dirigía la palabra. 13 El sacerdote de Júpiter, cuyo templo estaba en las afueras de la ciudad, trajo toros y guirnaldas a las puertas, y quería ofrecer sacrificios junto con la multitud.

14 Pero cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas y se lanzaron en medio de la multitud, gritando: 15 «Señores, ¿por qué hacen estas cosas? Nosotros también somos hombres de igual naturaleza que ustedes, y les anunciamos el evangelio para que se vuelvan de estas cosas vanas a un Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que hay en ellos. 16 En las generaciones pasadas Él permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos; 17 y sin embargo, no dejó de dar testimonio de Él mismo, haciendo bien y dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando sus corazones de sustento y de alegría». 18 Aun diciendo estas palabras, apenas pudieron impedir que las multitudes les ofrecieran sacrificio.

Pablo apedreado en Listra

19 Pero vinieron algunos judíos de Antioquía y de Iconio, y habiendo persuadido a la multitud, apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. 20 Pero mientras los discípulos lo rodeaban, él se levantó y entró en la ciudad. Al día siguiente Pablo partió con Bernabé a Derbe.

21 Después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, 22 fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios». 23 Después que les designaron ancianos en cada iglesia, habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.

24 Pasaron por Pisidia y llegaron a Panfilia. 25 Después de predicar la palabra en Perge, descendieron a Atalia; 26 y de allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido.

27 Cuando llegaron y reunieron a la iglesia, informaron de todas las cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. 28 Y se quedaron mucho tiempo con los discípulos.

   

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