La vida delante de los Selfies

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He estado pensando mucho sobre las fotografías. En medio de un viaje ministerial de dos semanas en diversas ciudades de México, Dios nos concedió la oportunidad de conocer el centro de Guadalajara, capturar un poco de Guanajuato y San Miguel de Allende, y compartir junto a amigos amados en Querétaro. Guanajuato es, sin lugar a dudas, la ciudad más hermosa que he podido disfrutar. Mira, te dejo una foto:

IMG_8008

Increíble, ¿cierto?

No: en verdad no. La foto está bonita, pero la ciudad es mucho, mucho mejor que lo que la foto captura.

Mis acompañantes no me dejan mentir: yo invertí mucho tiempo tomando todo tipo de fotos y videos, y luego eligiendo las mejores y editándolas. Pero ninguna foto se compara con la belleza de aquel lugar. No es posible reproducir una experiencia, volver a experimentar un momento por una fotografía o un video. Y lo sabemos, por lo que tomamos foto tras foto tras selfie tras selfie, buscando que, tal vez, si lo hacemos lo suficiente, podremos capturar el momento y volver a disfrutarlo en lo adelante.

Creo que estamos poniendo la carreta delante del caballo. Nos llega un hermoso plato a la hora de la comida, y le hacemos una foto antes de inhalar su olor, y antes de comerlo, ya lo hemos puesto en Instagram con un filtro preseleccionado y un hashtag ideal (#Bendecido). Vemos un hermoso paisaje, y buscamos el mejor ángulo para hacer la foto panorámica antes de meditar en la grandeza delante nuestro. Visitamos un museo y tomamos fotos de las galerías antes de siquiera apreciar el arte que tenemos en frente. Lo que es más, dibujamos nuestras Biblias y organizamos el lugar donde hacemos nuestro devocional para subir la foto más espiritual que podamos. Y así pasamos la vida, fotografiando los momentos y olvidando experiencias.

A photo by Toronto Eaters. unsplash.com/photos/i_xVfNtQjwI

El propósito de esta diatriba es decir esto: meditemos en lo que tenemos delante. La vida del hombre debe ser más que solo reflejos y flashes. El salmista nos habla del hombre bienaventurado, que medita día y noche en la Ley del Señor (Salmo 1:2), y como fruto puede pedirle al Señor que la meditación de su corazón sea agradable a Él (Salmo 19:14). El apóstol Pablo nos exhorta a meditar en lo bueno, justo, de buen nombre, lo puro, lo que está lleno de amor (Fil. 4:8). La maestría del proverbista está en su capacidad de analizar lo que tenemos alrededor y aterrizarlo en la realidad ulterior, la celestial. Meditar, pensar, y discernir son hoy acciones totalmente foráneas a nuestra cultura. Pero están en el mismo centro de la vida cristiana.

Hay lugar para las fotos y los videos. Es más, hasta para los selfies. Pero no pongamos la carreta delante del caballo. Meditemos en lo que tenemos por delante. Pensemos en por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo. Apreciemos el valor de la creación de Dios. Y que en oración, al hacerlo, podamos apreciar cada vez mejor el valor del creador.

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