Las pasiones son huracanes, no ventiladores.

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Vivo en el sur de la Florida y conozco de primera mano los huracanes. En los últimos veinte años hemos sentido su fuerza, impacto, y poder en al menos tres oportunidades. Estos ciclones dejan destrucción y muerte a su paso. Por la gracia de Dios, hemos sido guardados en medio de ellos, pero no dejan de impresionar y asustar cuando golpean ventanas, puertas y los techos de las casas, arrasando con todo a su paso. Cuando llegan, los huracanes son una seria amenaza para los residentes.

A pesar de los efectos y la destrucción que han causado, muchos todavía no toman los huracanes con la debida seriedad. Por eso, en los últimos años, las autoridades locales han sido un poco más enérgicas en advertir de los peligros de no estar preparados. Los canales locales de televisión suspenden sus programaciones regulares para darle mayor cobertura a estos eventos y de esa manera preparar a la población. Pero, aun así, muchos son los que subestiman el poder de estos fenómenos, y otros han sufrido por la pasividad y el descuido.

Tal pasividad me recuerda la que a veces los creyentes exhibimos ante un peligro mayor que los huracanes: nuestras pasiones pecaminosas.

Es un grave error subestimar el poder de nuestras pasiones. Es peligroso tomar con ligereza la realidad del pecado remanente, es decir, el pecado que todavía mora en nosotros. El Nuevo Testamento está lleno de advertencias al respecto. El llamado a estar en guardia se repite una y otra vez.

Jesús fue tan serio con esto, al extremo de decir: “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti... Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti…(Mateo 5:29-30). El Señor nos recuerda que la actitud hacia el pecado debe ser violenta, drástica, y decidida. El mensaje de Jesús está claro: con las pasiones pecaminosas no se juega.

La palabra “pasiones” en la Biblia

Epitomia es la palabra griega que se usa para “pasiones” en la BibliaDe las 38 veces que aparece en el Nuevo Testamento, Pablo y Pedro fueron quienes más la usaron en sus cartas. En casi todas las veces, la palabra tiene una connotación negativa. Apunta a un deseo pecaminoso que nos mueve en la dirección opuesta a Dios. Epitomia es codicia, lujuria, concupiscencia; un fuerte deseo y pasión pecaminosa.

Pero hay dos pasajes en la Escritura que nos dicen algo importante respecto a la naturaleza de nuestras pasiones pecaminosas:

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”, 1 Pedro 2:11.

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?”, Santiago 4:1.

El apóstol Pedro dice que tales pasiones batallan contra el alma, o le hacen guerra a nuestra alma. Santiago, por otra parte, dice que esas pasiones están en guerra dentro de nosotros. Esto quiere decir que las pasiones pecaminosas no son neutrales ni pasivas. Ellas son fuerzas poderosas en constante y activa oposición dentro de nosotros y en contra de nosotros.

Nuestras pasiones se constituyen en tropiezo y en nuestro mayor obstáculo para nuestra fe y crecimiento en la piedad. Las pasiones pecaminosas no son impulsos inofensivos; son enemigas de nuestra alma que procuran destruirla, como los vientos huracanados que con gran fuerza traen devastación. A esas pasiones, que Pablo llama obras de la carne, no solo las resistimos: también debemos matarlas (Ro. 8:13).

Estas pasiones son deseos fuertes, que se convierten en emociones fuertes y hacen guerra dentro de nosotros. La ira, la amargura, el enojo, la lujuria, la lascivia, el desánimo, la autocompasión, el egoísmo, la codicia, el deseo de aprobación, la arrogancia, el resentimiento, los celos, y la envidia son deseos e impulsos que nos combaten y buscan gobernarnos. Ellos batallan contra nosotros y procuran destruirnos.

Así debemos considerar a nuestras pasiones. Como vientos. Pero no como los vientos producidos por un ventilador de casa. Más bien, debemos estimar a las pasiones pecaminosas como vientos huracanados, poderosos, y destructivos. Solo así tomaremos en serio eso de “matar el pecado”. Esta consciencia de la fuerza de nuestras pasiones es la que producirá en nosotros una actitud más militante. Esa noción nos llevará a tomar más en serio nuestra lucha contra el pecado.

Conclusión

No podemos vivir en una paz aparente, cuando dentro de nosotros se está librando una batalla por nuestra alma. No podemos convivir pacíficamente con nuestras pasiones pecaminosas. No debemos “bajar la guardia”, porque nuestras pasiones están siempre listas y en pie de guerra para destruirnos. La pasividad espiritual no será contrincante para la agresividad de las pasiones. La guerra espiritual es algo muy serio. La tibieza y la ligereza nos pueden salir muy caros.

Es por eso que los escritores del Nuevo Testamento nos dejaron advertencias y exhortaciones como “sed sobrios y velad”, “vestíos de toda la armadura de Dios”, “no reine, pues, el pecado en vosotros”, “haced morir lo terrenal en vosotros”, “someteos a Dios y resistid al diablo”, y “velad y orad para que no entreís en tentación” (1 Pe. 5:8Ef. 5:11Ro. 6:12Col. 3:5Stg. 4:7Mt. 26:41).

Una percepción correcta del poder de estas pasiones nos recordará nuestra fragilidad. Debemos estar persuadidos de que en nosotros no hay poder para resistirlas. Necesitamos la ayuda del Espíritu ante tan seria amenaza. Por eso debemos tomar en serio la oración, la lectura de la palabra, la confesión de pecados, y el compañerismo cristiano. Tomemos en serio el congregarnos los domingos, el celebrar la Santa Cena, y el cantar a Dios solemnemente. Afirmemos nuestros corazones con la gracia, tomándonos de Cristo, creyendo en su Palabra, y aferrándonos a sus promesas.

No subestimemos el poder del pecado.

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