¿Cuál es tu reacción cuando otros pecan en tu iglesia?

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La iglesia de Jesucristo, en su estado presente, tiene manchas y arrugas. Pecado, maldad y desobediencia son parte de la vida diaria de la iglesia mientras esté aquí en la tierra. Lamentablemente así será hasta que Cristo venga y seamos librados completamente de la presencia del pecado. Los creyentes pecaremos y en ocasiones las iglesias locales serán sacudidas por los pecados ya sea de sus miembros o de sus líderes. Desde luego que el impacto es mayor cuando la falta la comete una persona del liderazgo. Sin embargo el pecado es una triste realidad con la que tenemos que lidiar.

Pero ¿Cuál debería ser nuestra respuesta ante el pecado de los demás? ¿Qué deberíamos  hacer cuando otros pecan? O ¿cómo debería ser la actitud de los creyentes de una iglesia cuando un hermano comete un pecado?

El apóstol Pablo nos deja, al respecto, algo instructivo mientras escribe a los Corintios y aborda el vergonzoso tema de la fornicación. En esa ocasión un hombre (que aparentemente no era un creyente) tenía una relación ilícita con su madrastra, pero lo que más indignó al apóstol fue la indiferencia de los corintios. La complacencia de la iglesia era digna de reprensión y en esas circunstancias Pablo les dice: “Y os habéis vuelto arrogantes en lugar de haberos entristecido…”(1 Corintios 5:2 LBLA). Es decir, ellos estaban tan inmiscuidos y deslumbrados por sus propios dones que estaban ajenos y se mostraron indiferentes al pecado mencionado. Pero lo que llama la atención es que Pablo les dice que ellos debieron haber lamentado. Lo cierto es que la indiferencia, el criticismo y el chisme son respuestas muy comunes departe de muchos en estas circunstancias. La respuesta lógica que el apóstol espera de los creyentes cuando el pecado visita la iglesia es de tristeza, congoja y lamento. Así debería ser nuestra respuesta ante el pecado ya sea en nuestra congregación o en la iglesia de Cristo en cualquier parte del mundo.

Eso está en consonancia a lo que más adelante les decía: Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él. (1 Corintios 12:26 LBLA). Se espera que nos lamentemos cuando hay pecado en la iglesia y que nos identifiquemos con aquellos que sufren al margen de las circunstancias que causaron el sufrimiento. Ciertamente el pecado dentro de la iglesia es algo que puede producir mucho sufrimiento a los implicados.

En el Antiguo Testamento encontramos un ejemplo de la actitud que reclama Pablo, en dos líderes del pueblo de Israel: Nehemías y Daniel. El primero, lamentó la ruina y el pecado de su pueblo cuando los muros de Jerusalén fueron destruidos y el segundo mientras estaba exiliado en Babilonia (Nehemías 1:4-7 & Daniel 9:4-10).

Ahora bien, esta tristeza y lamento que estamos llamados a exhibir debe estar acompañada de ciertas actitudes. Lamentar el pecado ajeno, no es un ejercicio pasivo, al contrario, nuestra congoja por el pecado debe ir de la mano con una respuesta activa. Y quisiera presentar estas actitudes o posturas de una forma negativa y otra positiva. Es decir qué hacer y qué no hacer como creyentes:

Debemos evitar el chisme. En momentos cuando un pecado es conocido en la iglesia, algunos usan la ocasión para hablar y murmurar de las personas implicadas. Debemos distanciarnos de  las conversaciones que no edifican. Esto implica no chismear y no prestar oído al chisme. Las malas conversaciones corrompen a la iglesia. El chisme es un mal que se combate con silencio y discreción.

Debemos evitar un espíritu de superioridad. Cuando otros creyentes caen, somos tentados a pensar que nuestra firmeza y santidad son producto de nuestro esfuerzo y fidelidad, olvidando que es el Señor quién nos otorga la gracia de la perseverancia por su buena voluntad. Por eso Pablo advirtió el “que piensa estar firme mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).  Debemos guardarnos de ese espíritu de superioridad que está bien ilustrado en el pasaje del publicano y el fariseo de Lucas 18.

Debemos evitar el criticismo. Esta actitud es producto de lo anterior. Un sentido de superioridad no tolera el pecado y los errores ajenos. Esto difiere del chisme en que muchas veces el criticismo se disfraza de celo espiritual. Nos presentamos como preocupados e indignados por el pecado de otros pero en lugar de hablar con misericordia nos referimos al tema de una forma insensible y despiadada.

Debemos evitar la indiferencia. El pecado es una realidad que no podemos ignorar, sobretodo cuando este se da dentro de la iglesia. No podemos ser indiferentes ante el pecado de otros. En realidad, el chisme, el espíritu de superioridad y el criticismo son muestras de indiferencia.

Por otra parte, hay ciertas actitudes que debemos exhibir:

Debemos Orar. La primera respuesta ante el pecado en la iglesia debería ser la oración. Tenemos que clamar al Señor por misericordia. Orar para que su gracia guarde y restaure a las personas involucradas, y que el Señor cuide a Su iglesia. Orar que Dios guíe a los líderes de la iglesia y les conceda sabiduría al tratar con estos casos. Orar para que la luz del evangelio, con su promesa de gracia, perdón y esperanza alumbre los corazones de la iglesia.

Debemos brindar apoyo y aliento. Lo opuesto a la indiferencia es el compromiso. Deberíamos comprometernos con la iglesia y las personas involucradas en una total y pronta restauración. Gálatas 6 nos manda restaurar al caído, con mansedumbre y sensibilidad y en ese contexto nos anima a “sobrellevad los unos las cargas de los otros” (Gál 6:2). Seguramente el grado de apoyo estará determinado por nuestra cercanía con las personas afectadas o por la función que ejercemos dentro de la iglesia, pero al margen de esto, estamos llamados a brindar apoyo y aliento en esas circunstancias.

Debemos esforzarnos en la santidad personal. El pecado de otros hermanos debería movernos a procurar un mayor grado de santificación. Lejos de relajarnos cuando los demás pecan, debemos siempre tener en cuenta cuánto Dios aborrece el pecado y cuán terribles consecuencias trae a los creyentes.

 

Un llamado a la reflexión

En líneas generales, deberíamos detenernos y reflexionar sobre este asunto. Quizá debemos reconocer si hemos sido indiferentes al pecado de la iglesia. Quizá necesitamos fortalecer nuestra consciencia de lo que es el pecado y robustecer nuestro entendimiento de lo que es la iglesia.

La iglesia tiene manchas y arrugas, pero el Señor Jesucristo se presenta como el esposo de esa iglesia, a quien la ama, se identifica con ella, la cuida, la sustenta y la está purificando y santificando para un día presentarla santa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, decía Pablo (Efe 5:25-29). Esa consciencia debería despertar en nosotros un siempre creciente compromiso y amor por iglesia. Esa verdad debería conmovernos y nos debe llevar a estimar y tratar a la iglesia con cuidado y ternura.

Que Dios nos guarde del chisme, del criticismo, de un espíritu de superioridad y de indiferencia hacia su iglesia.

Que el Señor nos conceda lamentar el pecado en la iglesia.

Que el Señor nos conceda proclamar, apreciar, confiar y vivir en conformidad a su glorioso Evangelio.

Que el Señor nos conceda amar a su iglesia.

Que el Señor nos conceda amor por la santidad.

Finalmente que el Señor nos ayude a mantener una sana expectativa de su regreso y que nuestras vidas reflejen el cántico de una esposa que le dice a su Amado: ¡Ven Señor Jesús!

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