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La autoconfirmación de las Escrituras y el testimonio interno del Espíritu Santo

Definición

Las Escrituras dan testimonio sobre sí mismas de diversas maneras de que son la verdadera Palabra de Dios, y el Espíritu Santo aplica eficazmente este testimonio para dar confianza al cristiano en la Palabra escrita de Dios.

Sumario

La Biblia afirma de varias formas que es la Palabra de Dios. En ocasiones, Dios habló directamente a los profetas de la antigüedad y les dijo que escribieran sus palabras, llegando incluso a escribir su ley Él mismo y dársela a Moisés. El Nuevo Testamento afirma que Dios “sopló” toda la Escritura, y que los que escribieron fueron guiados por el Espíritu Santo; estas afirmaciones constituyen tanto al Antiguo como el Nuevo Testamento como las propias Palabras de Dios. En lugar de ser convencidos por múltiples pruebas racionales, los cristianos están finalmente convencidos de la veracidad de estas afirmaciones por el testimonio interno del Espíritu Santo. El Espíritu permite a los cristianos confiar en la Palabra de Dios y nos da seguridad, frente a la duda, de que Dios ciertamente nos habla a través de las páginas de las Sagradas Escrituras.

La Biblia es un libro que dice muchas cosas acerca de Dios, la humanidad, el pecado, la salvación, y la meta de toda la historia. Al mismo tiempo, la Biblia es un libro que dice mucho sobre sí misma. ¿Qué dice exactamente la Biblia acerca de sí misma, en términos de su autoridad, y cómo se relacionan estas declaraciones con el testimonio interno del Espíritu Santo?

Enseñanza bíblica

La Biblia está repleta de testimonios acerca de Dios hablando a su pueblo, y a su pueblo registrando esas palabras en una escritura sagrada. “Entonces dijo el Señor a Moisés: «Escribe esto en un libro para que sirva de memorial, y haz saber a Josué que Yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo»” (Ex. 17:14; cf. 24:4). En otros casos, las Escrituras registran que fue Dios mismo quien escribió su Palabra, como en la administración de su ley. “Y el Señor dijo a Moisés: «Sube hasta Mí, al monte, y espera allí, y te daré las tablas de piedra con la ley y los mandamientos que he escrito para instrucción de ellos»” (Ex. 24:12; cf. 31:18; 34:1). Estas declaraciones colocan a la Biblia en una situación completamente diferente a la de cualquier otro libro.

La Biblia misma afirma que, en última instancia, Dios es su autor. “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra” (2 Ti 3:16-17). Esta declaración del apóstol Pablo coloca un manto de inspiración divina sobre la totalidad de las Escrituras, tanto las del Antiguo como las del Nuevo Testamento. Lo que encontramos en las diversas declaraciones del Antiguo Testamento adjudicando a Dios la autoría de la Palabra, es lo que Pablo identifica como el resultado de la exhalación de Dios. Sin embargo, la inspiración divina de las Escrituras no niega el hecho de que fueron los autores humanos quienes también escribieron la Biblia.

Autoría bíblica

La Biblia en última instancia tiene dos fuentes, Dios y el autor humano. Encontramos esta idea presente en varios lugares. Notamos cómo Dios le ordenó a Moisés que escribiera sus Palabras; así que fue Dios quien le dijo a Moisés lo que debía escribir. En otros casos, Dios les dio a los profetas visiones, que ellos posteriormente registraron por escrito (por ejemplo, Dn 7:1). Más allá de la instrucción o las visiones directas, fue Dios quien, a través del Espíritu Santo, inspiró a los autores de las Escrituras para registrar la revelación divina:

“Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a ustedes, diligentemente inquirieron y averiguaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían. A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a ustedes, en estas cosas que ahora les han sido anunciadas mediante los que les predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas a las cuales los ángeles anhelan mirar” (1 P 1:10-12).

Pedro observa que los profetas del Antiguo Testamento fueron inspirados para escribir sobre el Mesías venidero, y que Dios les reveló que finalmente estaban sirviendo a la iglesia en las edades futuras. Al mismo tiempo, escribieron más allá de lo que realmente sabían porque buscaron y preguntaron con diligencia qué tipo de persona y cuándo llegaría el Mesías; es decir, escribieron bajo la inspiración del Espíritu de Cristo. Esto significa que las Escrituras tienen una doble autoría: Dios y los seres humanos.

Implicaciones doctrinales

Las implicaciones doctrinales de la autoría final de Dios de las Escrituras son significativas. Por sobre todas las cosas, significa que, aunque la Biblia es un libro, es un libro diferente a cualquier otro, pues es de origen divino. También significa que los cristianos evalúan la autoridad de este libro partiendo de la base de su autoría divina. En las palabras de la Confesión de Fe de Westminster (1647): “La autoridad de la Sagrada Escritura, por la cual debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia; sino que depende completamente de Dios (quien es la verdad misma) su autor; y, por lo tanto, debe ser recibida porque es la Palabra de Dios” (I.iv)

En el más simple de los términos, los cristianos deben creer y obedecer la Palabra de Dios porque Dios la escribió. Y sabemos que Dios la escribió porque la Biblia así lo dice. En la historia de la teología, no todos los cristianos están de acuerdo en este punto. La Iglesia Católica Romana argumenta que debemos creer en la Biblia porque la Iglesia la ha identificado como la Palabra de Dios: en resumen, la iglesia dio a luz a la Biblia. Sin embargo, los teólogos protestantes argumentan que la Biblia dio a luz a la iglesia y, por lo tanto, la iglesia debe reconocer y someterse a la Palabra de Dios. Pero tal comprensión de la naturaleza de la Palabra de Dios podría llevar a algunas personas a creer que están cayendo en un razonamiento circular. ¿Es la Biblia la Palabra de Dios porque la Biblia lo dice? ¿No es verdad que hay muchos de los llamados “libros sagrados” que reclaman orígenes divinos? ¿Cómo separamos la enseñanza de la Biblia de afirmaciones similares de otros libros?

Para confirmar la autenticidad de esta “autoconfirmación” que hacen las Escrituras de sí mismas, los teólogos protestantes han apelado históricamente a la doctrina del testimonio interno del Espíritu Santo. La Confesión de Westminster, por ejemplo, señala que hay muchas cosas notables sobre las Escrituras: la eficacia de su doctrina, la naturaleza celestial de su contenido, la belleza de su estilo, la armonía de sus diversas partes, y sus perfecciones. Sin embargo, la confesión afirma que todas estas cosas demuestran abundantemente que la Biblia es la Palabra de Dios, pero que “nuestra plena persuasión y seguridad de la verdad infalible y su divina autoridad, proviene de la obra interna del Espíritu Santo que da testimonio en, y por medio, de La Palabra en nuestros corazones” (I.v).

En otras palabras, los pecadores caídos y no regenerados nunca se someterán humildemente a la Palabra de Dios. Más bien, el Espíritu Santo debe primero traer convicción a los pecadores de su necesidad de arrepentimiento para que confíen en Cristo para salvación. Una vez que el Espíritu ha domado nuestros corazones pecaminosos, ya no acudimos a las Escrituras con malicia y rebelión, sino como niños hambrientos que buscan el pan de nuestro Padre celestial. Pero más allá de su trabajo de regeneración y llamamiento eficaz, también el Espíritu nos permite confiar en la Palabra de Dios y nos da seguridad, cuando atacan las dudas, de que Dios ciertamente nos habla a través de las páginas de las Sagradas Escrituras. El Espíritu trabaja en conjunto con la Palabra escrita de Dios para convencernos de su veracidad.

Una implicación de la autoconfirmación de las Escrituras y el testimonio interno del Espíritu es que Dios es su propio intérprete. Otra forma de decir esto es: las Escrituras interpretan a las Escrituras (analogia Scripturae). Si bien los contextos históricos, los comentarios antiguos y nuevos, y los estudios lingüísticos son herramientas útiles en el proceso interpretativo, la Biblia es su propio intérprete. Encontramos este principio tanto a gran escala como en pequeña escala. Contemplando la totalidad de la Biblia, a un nivel general, el Nuevo Testamento interpreta el Antiguo Testamento. Según algunas fuentes, el Nuevo Testamento cita el Antiguo Testamento casi 900 veces. Cuando se le preguntó a Jesús cuál era el mayor mandamiento en la Biblia, por ejemplo, citó Deuteronomio 6:5: “Y Él le contestó: «Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento»” (Mt 22:37-38). Por la declaración de Cristo, sabemos que, de los 613 mandamientos en el Antiguo Testamento, este es el primero y el más grande.

La relación de interpretación mutua entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se basa en la doctrina de la inspiración plenaria (de la totalidad) de la Escritura. Es decir, si el Espíritu Santo inspiró todas las Escrituras, entonces independientemente de los numerosos autores humanos, el mensaje de las Escrituras tiene que ser coherente en todo el canon. Por lo tanto, no podemos decir que una parte de la Escritura se contradice con otra.

Conclusión

Al final, los cristianos podemos regocijarnos sabiendo que Dios ha inspirado la Biblia, como lo demuestran numerosos pasajes. La característica de autoconfirmación de las Escrituras, sumada al testimonio interno que nos brinda el Espíritu Santo, son ambos fuente de gran consuelo y seguridad.

Cuando tenemos dudas sobre la autoridad de la Palabra de Dios, podemos recurrir a las Escrituras y orar para que el Espíritu alivie nuestros temores. Como Pablo escribió a los tesalonicenses: “Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios de que cuando recibieron la palabra de Dios que oyeron de nosotros, la aceptaron no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en ustedes los que creen” (1 Ts 2:13). Pablo reconoció la enseñanza de Jesús, quien le dijo a sus discípulos: “Porque no son ustedes los que hablan, sino el Espíritu de su Padre que habla en ustedes” (Mt 10:20; Lc 10:16; Jn 13:20).

Por lo tanto, cuando adoras a Dios, da gracias por su Palabra que se autoconfirma y por el testimonio interno de su Espíritu Santo.


Este ensayo hace parte de la serie Teología Concisa. Todas las opiniones expresadas en este ensayo pertenecen al autor. Este ensayo está disponible gratuitamente bajo la licencia Creative Commons con Attribution-ShareAlike (CC BY-SA 3.0 US), lo que permite a los usuarios compartirlo en otros medios, formatos y adaptar o traducir el contenido siempre que haya un enlace de atribución, indicación de cambios, y la misma licencia. Si estás interesado en traducir nuestro contenido o estás interesado en unirte a nuestra comunidad de traductores, comunícate con nosotros.