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Nota del editor: 

Fragmento adaptado de El significado del amor: Las relaciones interpersonales en un mundo complejo. Ajith Fernando. Publicaciones Andamio.

Es fácil recibir la bondad de los demás, pero es difícil practicarla. Todos estaremos de acuerdo en que la bondad es algo maravilloso, pero no todos estamos comprometidos a vivir de forma activa una vida de bondad. ¿Por qué? Porque tiene un precio muy alto. Mostrar bondad a los demás puede ser un obstáculo para nuestros planes. Por este motivo es importante que entendamos por qué vale la pena ser bondadosos.

Uno de los mandamientos para amar más famosos de las Escrituras se da en 1 Juan 4:7: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios”. Inmediatamente después, Juan escribe esto: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (4:8). Como Dios es amor, y estamos hechos a imagen de Dios, amar a otros nos permite expresar plenamente nuestra humanidad. La falta de amor nos hace infrahumanos.

Algunas personas dicen que no pueden dedicarse a mostrar bondad con los demás porque primero deben preocuparse de sus propios intereses. Asumen, incorrectamente que, si logran sus sueños y ambiciones personales, serán felices. Pero, en realidad, no es así. El egoísmo nunca logrará satisfacernos porque niega un aspecto esencial de nuestra humanidad: la habilidad de amar.

La compulsión de amar a otros debería aumentar después de acudir a Cristo, quien demostró su amor muriendo por nosotros mientras todavía éramos pecadores.

La compulsión de amar a otros debería aumentar después de acudir a Cristo, quien demostró su amor muriendo por nosotros mientras todavía éramos pecadores (Ro. 5:8) y quien nos llena con su amor (5:5). Como dice el apóstol Juan, “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn. 4:19).

En 2 Corintios 5, Pablo explica por qué una vida de autocomplacencia le era imposible, porque “el amor de Cristo nos apremia [nos controla]” (2 Cor. 5:14). La palabra “controlar” puede transmitir dos ideas. Por un lado, significa compulsión, en cuyo caso Pablo estaría sugiriendo que de algún modo el amor nos motiva o empuja a actuar en favor de los demás. Por otro lado, control puede significar una forma de restricción, en cuyo caso la interpretación sería que de alguna forma el amor nos hace dejar de ser egoístas.

Cuando estamos en comunión con Dios, su amor entra en nosotros y permanece en nuestro interior. Cuando actuamos con bondad, su amor se revela a través de nosotros. El amor, en este sentido, beneficia tanto al que lo recibe como al que lo emite. Es lo que nos permite convertirnos en personas felices. La oración es un gran ejemplo de esto. Hablando de la posibilidad de ser liberado de la prisión, Pablo dice a los cristianos filipenses: “Porque sé que esto resultará en mi liberación mediante vuestras oraciones y la suministración del Espíritu de Jesucristo” (Fil. 1:19). Es casi como si Pablo, al describir lo que le da la esperanza de que podrá salir de prisión, estuviera poniendo las oraciones de los filipenses a la misma altura que la ayuda del Espíritu Santo. La oración es, por lo tanto, un potente acto de bondad para los demás.

Cuando estamos en comunión con Dios, su amor entra en nosotros y permanece en nuestro interior. Cuando actuamos con bondad, su amor se revela a través de nosotros.

Cuando extendemos bondad a los demás orando por ellos, también estamos en comunión íntima con Dios, quien es la fuente del amor. Esta relación dinámica con Dios a través de la oración abre una puerta en nuestras vidas para tener intimidad con él, lo que también significa que nos abrimos a recibir su caudal de amor. Por lo tanto, el amor de Dios entra en nuestras vidas a través de un contacto vital con Él y sale de nosotros cuando oramos por los demás. Esta entrada y salida de amor es una experiencia que nos llena de vigor. Nuestra vida de amor funciona a la perfección. Pronto empezamos a brillar con el gozo proveniente del amor de Dios llenando nuestras vidas.

Jesús nos dice, “Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16). La verdad es que la mayoría de no cristianos no están nada interesados en escuchar el mensaje del evangelio. Llevan vidas ocupadas y tienen sus propios sueños y ambiciones. A menudo parecen estar satisfechos, al menos superficialmente, con lo que el mundo les ofrece. Así que haz algo que les sorprenda o que les haga querer escuchar. Creo que muchos se sienten atraídos por la idea de experimentar el poder de Dios para sanar o quieren que él supla alguna necesidad que tienen. No es nada nuevo: esto también pasaba en la iglesia primitiva. Los milagros de los apóstoles llamaban la atención y atraían a las personas a oír el mensaje. Pero lo que a menudo se nos escapa es que, además de los milagros, el amor de los cristianos normales y corrientes, junto con su deseo de ayudar a los necesitados, atraía a los no creyentes de su alrededor.


Imagen: Lightstock.
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