Una mujer de espíritu tierno y tranquilo

Estoy criando una hija en un mundo salvaje y en llamas. Su identidad está en venta, en juego, en medición, o al menos eso es lo que pensarías cuando miras a su alrededor. Su identidad, lo que viste, lo que debe desear, todo esto se comunica a través de una avalancha de anuncios, música, películas, televisión, libros, lo que sea. Mientras que se peina el cabello en rizos y apoya su cabeza en mi hombro al final del día, le hablo las palabras de verdad lo mejor que puedo. Le cuento mi historia. Le digo dónde fallé, de dónde me rescataron, de dónde fui redimida. ¿Cómo empiezo a decirle qué es la belleza? ¿Cómo se ve el ser una mujer marcada claramente por el evangelio?

1 Pedro 3:3-4 dice: “Que el adorno de ustedes no sea el externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea lo que procede de lo íntimo del corazón, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios”.

Voy a ser honesta contigo, un “espíritu tierno y sereno” suena aburrido. Suena como el tipo de mujer que no quiero ser. No soy callada. Tengo opiniones. Tengo un cerebro y me gusta usarlo para pensar, para formar ideas, para decirlas. Si lo veo desde la perspectiva de una mujer en pleno 2019, podría leer fácilmente este pasaje de las Escrituras y rodar los ojos ante esta noción del patriarcado, y reprochar la perspectiva pequeña que da sobre las mujeres.

Pero este versículo no dice que la belleza está en ser una mujer que no habla. Esa sería una interpretación pobre e injusta del texto.

Si las mujeres cristianas se van a destacar en medio de los vicios y las afirmaciones culturales, será por ser mujeres que están enraizadas en Cristo.

Este pasaje implica algo más profundo y fuerte dentro de las mujeres, una reacción que va en contra de esforzarse por obtener lo que la cultura dice que es belleza. El capítulo continúa diciendo que podemos ser el tipo de mujeres que no le temen a la intimidación. Sin duda, ser tierna y serena no significa dejar que otros te pisoteen. No significa que nuestra belleza viene de la debilidad, el silencio, o la invisibilidad.

Si las mujeres cristianas se van a destacar en medio de los vicios y las afirmaciones culturales, será por ser mujeres que están enraizadas en Cristo y que no serán intimidadas. No confundas la dulzura con la debilidad.

Mi hijo de dos años descubrió recientemente las flores que crecen alrededor de nuestra casa. Cuando se inclina y toma los narcisos en sus manos pegajosas, y les dice: “¡Buenos días narcisos!”, él es gentil con las flores. Tiene la capacidad de aplastarlas, y por lo tanto debe aprender a ser gentil. Debido a que tiene la fuerza para destruirlas, tiene que aprender la gracia de ser gentil. Como mujeres, en nuestro hablar tenemos armas que pueden destruir a nuestros hijos, a nuestros cónyuges, a nuestros amigos, y a nuestros hogares. Incluso Proverbios 14:1 dice: “La mujer sabia construye su casa, pero la necia con sus propias manos la derriba”.

No me impresiona la mujer que siempre dice lo que está pensando. Me impresiona la mujer que sabe lo que puede decir pero no lo hace, y más bien encuentra la manera de sazonar sus palabras con gracia y amabilidad. Nuestra gentileza, la que domina el fuego y lo utiliza para ayudar a las personas en lugar de quemarlas, es la característica de una mujer con verdadera belleza. Las mujeres que no pueden contenerse no son útiles en ninguna causa. De la misma manera que los hombres sin restricciones destruyen sociedades, las mujeres hacen lo mismo. Pero las mujeres que conocen su fuerza y ​​la canalizan a través de la gentileza, con cuidado de no aplastar los corazones y las vidas que tienen bajo su cuidado, son una fuerza para el Reino que no se puede detener.

Una traducción más comúnmente conocida para la palabra gentil es manso. Esta palabra, aunque se asocia con débil, no significa lo mismo. Henry Thayer, un erudito del griego, escribió: “La mansedumbre es lo opuesto a la afirmación propia y al interés personal. Se deriva de confiar en la bondad de Dios y en su control sobre cualquier situación”. Una mujer mansa no es la que sonríe plácidamente cuando el mundo la derriba. Es una mujer llena de una fuerza que no se obtiene ni en la ofensa ni en la defensa, sino en confiar plenamente en Cristo.

La mansedumbre, también, es en sí misma una fuerza. Lo que me lleva a la siguiente frase del verso: “un espíritu […] sereno”.

Señor, que así sea.

Las librerías están llenas de libros de personas que intentan decirte cómo tener un espíritu sereno. La meditación, el cuidado propio, llegar a un estado zen, la paz interior, el santuario interno. Somos la generación más ansiosa y deprimida que ha vivido. Un “espíritu sereno” no describe a la mayoría de nosotros. Muchos de nosotros nos sentimos atados, con la mente ocupada, retorciéndonos las manos, agitando los teléfonos inteligentes, y temerosos del futuro. Tenemos demasiados compromisos, estamos demasiado involucrados en la vida de los demás, y somos demasiado indulgentes en nuestros pensamientos internos. No nos reímos sin miedo al futuro. No somos impasibles ante las críticas y los detractores. Pienso en quienes nos han precedido, como Fotina, Perpetua, Amy Carmichael, Catarina von Bora, mujeres que sin duda no fueron tímidas ni temerosas. No se quedaron calladas, pero las aguas de sus corazones estaban en quietud. Había profundidad y descanso. Su espíritu sereno no estaba anclado en las corrientes y olas de la cultura cambiante, sino anclado profundamente en el fondo marino de la fidelidad de Cristo: inmóvil, fijo, estable.

Cuando me enfrento a noticias médicas que me sacuden, un espíritu tranquilo me devuelve a las profundidades de la gracia. Cuando los titulares me golpean con miedo y no sé qué sigue, un espíritu sereno me muestra que no necesito aferrarme a nada ya que Él me está abrazando.

Nuestras metas como mujeres cristianas deben lucir diferentes cuanto más contemplamos a Cristo, cuando más desesperadamente desechamos todo y nos arraigamos en Él.

Así que en este pasaje de Pedro, no escuches lo que no está diciendo. Puedes peinarte bien. Tu joyería no es perversa. Tu apariencia externa no necesita ser insípida, invisible, incolora. Pero no pienses que tu belleza está arraigada y fundamentada en esas cosas. No te engañes pensando que la medida de tu belleza se encuentra en la marca de tus zapatos, los quilates de tu anillo, o el nuevo look que tienes. Nuestras metas como mujeres cristianas deben lucir diferentes cuanto más contemplamos a Cristo, cuando más desesperadamente desechamos todo y nos arraigamos en Él. Solo así podremos ser inamovibles, inquebrantables, y reírnos de lo por venir.

He conocido solo a un grupo pequeño de mujeres en mi vida que han vivido estas características. Por lo general son las mujeres mayores de la iglesia. Ellas son las que han visto ir y venir temporadas de dolor, algunas temporadas de angustia y alboroto, y siguen de pie, con el cabello canoso, enfrentándose al cielo con un espíritu gentil y sereno. Ellas conocen a su Rey. Cuando dicen que están orando por ti, será mejor que te prepares. Cuando te dicen que Dios te ama, sabes que lo saben de una manera que no mucha gente lo sabe. Han vivido fielmente por la mañana sin que nadie las vea, en días sin redes sociales, en oración durante toda la noche. Mientras sus cuerpos se desvanecen, lo que queda es imperecedero, marcado por la atemporalidad y la belleza.


Publicado originalmente en For the Church. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
Compartir
CARGAR MÁS
Cargando