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1 Reyes 1 – 2   y    Santiago 2 – 3

Yo voy por el camino de todos en la tierra. Sé, pues, fuerte y sé hombre.

(1 Reyes 2:2)

Hace un tiempo realicé con un grupo de personas una dinámica de grupos llamada “El naufragio”. Consistía en suponer que estábamos en una embarcación a punto de zozobrar y solo podíamos enviar a una sola persona en el único bote salvavidas de la nave. Ya que nuestro fin era inminente se nos daba la oportunidad de escribir nuestras últimas palabras que serían entregadas a nuestros deudos por el único sobreviviente. La verdad es que era sumamente difícil pensar en las últimas palabras. ¿Qué podré decir? Son tantas cosas que pasaron por mi mente, hay tantos mensajes, tantas frases que quisiéramos dejar en la posteridad, que fue casi imposible que alguien quede satisfecho con lo que pudo escribir. La cercanía de la muerte siempre nos vuelve más graves, y yo, sin temor a equivocarme, creo que el sentimiento de su presencia gélida y misteriosa, siempre ayudará a clarificar y evaluar nuestras más profundas convicciones.

David estaba en el umbral de la muerte y tenía que dejarle a su hijo y sucesor, Salomón, sus últimas palabras. “Sé, pues, fuerte”, fue su primera frase. Los que hemos seguido de cerca el testimonio Escritural de su vida nos damos cuenta que estas palabras están respaldadas por una existencia en donde el esfuerzo fue la nota saltante de toda su vida. No nos sorprendemos porque vemos que desde su juventud él entendió que todo lo tenía que lograr con el favor de Dios y con su propia energía y atrevimiento.  Nada para él fue fácil y conoció el dolor y la amargura, la dicha y el placer, la paz y la guerra, siempre bajo situaciones de tensión que hubieran podido acabar con la fortaleza de cualquier hombre, pero no con la de David el esforzado. Y por eso, sabía que para su hijo Salomón el mejor consejo que podía dejarle era: “No lograrás nada en la vida sin esfuerzo”.

Una de las palabras más triviales en cualquier despedida es “¡Adiós y… suerte!”, y a mi me suena como si la gente, al observarme, se diera cuenta que, en realidad, es poco lo que podría llegar a ser sin este ingrediente mágico. ¿Qué pasaría si en vez de ‘que tengas suerte’ nosotros dijéramos ‘que tengas fuerza’? Y no estoy hablando de ‘que la fuerza te acompañe’ que es una frase del director George Lucas para su mundo galáctico, pero no para la cruda realidad. Por supuesto que dentro del margen de las posibilidades hay cosas que escapan a nosotros y que muchas veces nos toca estar, por bendita casualidad, en donde no deberíamos, o justo en el lugar y el momento propicio, pero después de ese leve accidente lo demás es puro esfuerzo nuestro. Sino, Vivaldi, o cualquier otro, se hubiera encontrado las Cuatro Estaciones por allí y producto de la buena fortuna. Pero sabemos que esto no es así. Solo el esfuerzo y la dedicación constante pueden llevar a buen puerto nuestro navío.

La segunda cosa es “sé hombre”. ‘Aprende a ser…’ o ‘pórtate como un hombre’ es el consejo de un rey a su sucesor. No lo estaba forzando a ser machista ni nada por el estilo, la exhortación iba en dirección a que use todas sus potencialidades para realizarse como un hombre de verdad. Podríamos generalizar el consejo de David, quien estaba a un paso de la muerte, como una invitación a no desaprovechar ni dejar de usar cada una de las herramientas con las que Dios nos ha dotado como miembros de la especie humana.  Cuántos hombres y mujeres andan por la vida con sólo la mitad de sus potencialidades en uso, sin vivir la preciosa existencia al nivel máximo, por miedo a quemarse o simplemente por abandono o dejadez. 

“Sé hombre” significa ser totalmente humano, sin discriminaciones ni concesiones. Es no dejar que nuestra vida se desgaste en sueños inútiles, sino que se desgaste en proyectos posibles. Es levantarse cada mañana sin dejar que nada de nosotros quede muerto en la cama; y es acostarse cada noche sintiendo cada músculo, por el dolor del esfuerzo que durante el día le imprimimos a todo nuestro cuerpo. Es vivir por encima de la mediocridad y de la multitud al emprender una vida sin más temores que el no vivir con la plenitud de la humanidad que el Señor nos ha concedido.

Hasta aquí puedo sonar humanista y vacío, y creo que esto podría ser cierto si es que David hubiera terminado su mensaje en este punto, pero él dijo más: “Guarda los mandatos del Señor tu Dios, andando en Sus caminos, guardando Sus estatutos, Sus mandamientos, Sus ordenanzas y Sus testimonios, conforme a lo que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y dondequiera que vayas” (1 Re. 2:3). Un hombre esforzado, pero sin principios, nunca podrá llegar a la estatura de un verdadero hombre. David le enseña a Salomón que no se trata solamente de llegar a la meta, sino también de saber como llegar sin dejar la integridad regada por la pista. Aun la fe es necesario vivirla y practicarla, porque si no lo hacemos: “Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta” (Stgo. 2:26). Esfuerzo decisivo, humanidad a plenitud y principios sólidos intransables y eternos son los ingredientes de la verdadera realización humana.

Finalmente, la invitación de David, el moribundo, al joven y vital Salomón es el consejo que nosotros debemos seguir guardando en nuestros corazones, como para no olvidarnos que cada vez que lo sentimos latir es como una campanada divina que nos llama a la acción; y es asimismo como un reloj que nos dice que el cronómetro sigue corriendo, que estamos en competencia, y que todavía, mientras él no se detenga, podremos culminar la carrera con gozo y para la gloria de Dios. 

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