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Existe cierta fascinación humana en encontrar tu tribu, encontrar ese lugar «donde todo el mundo conoce tu nombre», como lo describe la canción de Cheers, la serie de televisión de los ochenta. Tener una tribu es un anhelo en todos nuestros corazones tanto si se trata de encontrar a tu «equipo» en la escuela secundaria, como de ingresar en una fraternidad en la universidad, unirte a un gimnasio o acumular adeptos políticos.

No somos inmunes a esta realidad en la iglesia. Muchos evangélicos buscan una afiliación tribal asociada a líderes clave como Piper, Keller, Dever, MacArthur o DeYoung. Nuestras tribus teológicas también vienen con etiquetas confesionales como «centrada en el evangelio» o «reformada». Tendemos a utilizar apelativos como conservador o progresista debido a que coinciden con sentimientos políticos.

¿Es sano o pecaminoso nuestro anhelo de encontrar una tribu con límites claros? Si el deseo de pertenecer a una tribu no es malo, ¿por qué a menudo se corrompe y se convierte en una mentalidad tribalista de «nosotros contra ellos»? Las Escrituras hablan de nuestros deseos saludables por ser parte de una tribu, pero también nos advierten del peligro inherente que reside en nosotros. Exploremos ambas cosas.

Nuestro anhelo por un hogar

Creo que nuestro deseo de tener una tribu proviene de un anhelo por un hogar: el deseo por experimentar una comunidad saludable en el lugar que Dios creó para nosotros. Dios creó un lugar perfecto para el hombre y la mujer en el jardín, pero este hogar se fracturó rápidamente cuando nuestros primeros padres comieron del árbol prohibido. El pecado entró inmediatamente en el mundo y la humanidad no ha sido la misma desde entonces. Experimentamos el quebranto y la división en nuestras relaciones, tanto con Dios como con los demás, e incluso con la tierra (Gn 3:14-16).

En esta vida, la iglesia es un anticipo de lo que experimentaremos en cielos nuevos y tierra nueva

Aunque nuestro Salvador sin pecado vivía en armonía perfecta con el Padre y a menudo se retiraba a lugares solitarios para estar en comunión con Él (Mr 1:35), incluso Jesús experimentó los efectos del pecado en las relaciones humanas y en nuestro mundo quebrantado. No habitó en un jardín hermoso, sino que dijo a Sus discípulos: «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8:20). También reconoció sabiamente que un profeta no es bienvenido en su ciudad natal (Mt 13:57; Mr 6:4; Lc 4:24; Jn 4:44).

Creo que esta experiencia humana común es lo que hace que la promesa de Jesús de ir a preparar un lugar para nosotros resuene con tanta profundidad (Jn 14:1-3). La iglesia es en esta vida un anticipo de lo que experimentaremos en los cielos nuevos y la tierra nueva. Por ahora debe ser la tribu principal del creyente. Pero hasta que no estemos cara a cara con Cristo, reconocemos que no hemos experimentado la promesa de un hogar completamente.

Síntomas de tribalismo

Nuestro anhelo por una tribu es correcto y bueno, pero también debemos reconocer la realidad de que el pecado corrompe todos nuestros deseos. ¿Qué es lo que marca el descenso del anhelo de una tribu al tribalismo? Aquí hay tres señales de advertencia.

1. Solo ver lo malo «allá afuera»

Gravitamos hacia personas que piensan y actúan como nosotros, que valoran lo mismo que nosotros. Esto puede ser bueno cuando buscamos la unidad confesional y práctica en una iglesia local, red o denominación. Pero nuestro deseo de una tribu unida se corrompe cuando nos apresuramos a caricaturizar y exagerar los errores de los demás mientras minimizamos nuestras propias fallas. Cuando esto sucede, hemos olvidado la costosa lección de Aleksandr I. Solzhenitsyn:

La línea que separa el bien y el mal no pasa a través de naciones, ni entre clases; tampoco entre partidos políticos, sino a través de cada corazón humano… Incluso en el mejor de los corazones, queda… un pequeño rincón de maldad sin desarraigar.

Idolatrar a un grupo y convertir en villano a otro refleja una doctrina pobre del pecado y una falta de conciencia sobre nuestros propios corazones

¿Tiendes a pensar que tu grupo no puede hacer nada malo y que otros grupos no pueden hacer nada bueno? Idolatrar a un grupo y convertir en villano a otro refleja una doctrina pobre del pecado y una falta de conciencia sobre nuestros propios corazones. Como en el caso de los corintios divisivos (1 Co 3), también es una marca de inmadurez.

2. Falta de gracia y paciencia

¿Tiendes a descartar internamente o a anular externamente a los demás antes de relacionarte personal y pacientemente con ellos? Priscila y Aquila son un modelo de compromiso paciente, amable y relacional con Apolos, a pesar de que no estaban de acuerdo con él en algunos puntos teológicos clave (Hch 18). El mundo cristiano moderno tendría un aspecto diferente si hubieran seguido el camino de la cultura de la cancelación. Afortunadamente, eligieron el camino más largo de hospitalidad y tolerancia; «lo oyeron, lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios» (Hch 18:26). Aprendamos el camino de Priscila y Aquila.

3. Hacer de las cosas buenas algo definitivo

Hay muchas causas buenas y piadosas, desde la armonía racial y étnica hasta la comprensión bíblica del género y la sexualidad. Pero puede ser fácil centrar nuestras vidas en torno a las cosas buenas y caer en convertirlas en algo definitivo. Una forma de hacerlo es convertir realidades celestiales, como la justicia, obediencia, libertad y el bienestar perfectos en exigencias terrenales. En esta vida es correcto orar y trabajar para que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo, pero es un error exigir el reino ahora con un espíritu arrogante o buscar realidades celestiales a través de simples medios terrenales.

Pregúntate: «¿Es la buena causa de mi tribu la que conduce a la gente a soluciones verticales u horizontales? ¿Estamos ayudando a la gente a encontrar la salvación en Cristo o estamos convirtiendo los beneficios e implicaciones del evangelio en nuestra causa final? ¿Existe en tu corazón unidad evangélica con los hermanos y hermanas, más allá de las diferentes pasiones y búsquedas redentoras (Ro 12:18)?». Si no es así, ¿por qué?

Estamos de camino a nuestro hogar definitivo y eterno. Pronto estaremos en la ciudad celestial con hermanos y hermanas de «toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5:9). Hasta que lleguemos a casa, luchemos contra nuestra tendencia al tribalismo fijando nuestra mirada en Cristo y encontrando nuestra identidad más profunda en Él.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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