Trabajando cuando duele

Era un juego inocente que duró menos de cinco minutos, montando a caballo en la universidad, el cual terminó con Ruth Olsen lanzada a través de una pared de yeso que se rompió bajo el peso de un hombre de 80 kilos. Aunque ninguno de sus huesos se quebró, tuvo daños en la pelvis, columna, y cuello, con lesiones graves en los tejidos blandos, que la dejaron incapacitada para trabajar y extendieron sus años de estudio hasta que finalmente pudo graduarse.

Tres años después, cuando se había recuperado un 70%, un camión de 18 ruedas se estrelló lateralmente con su Honda Accord. Milagrosamente, ella emergió del accidente de nuevo sin ningún hueso roto. Pero, una vez más, tuvo que iniciar su recuperación.

Aunque han pasado más de tres décadas, su recuperación no está completa. Y sabe que nunca lo estará.

“He tenido dolor todos los días durante casi 28 años”, dijo Olsen, de 56 años, que lucha contra la fatiga y el dolor crónico de un síndrome llamado fibromialgia. Ahora es una editora independiente, pero tuvieron que pasar años después de su accidente para que llegara a creer que podría trabajar.

“Mi vida estaba absorbida, en gran parte, simplemente con el hecho de tener que encargarme de mi situación”, dijo. Aunque solía trabajar 60 horas a la semana, ahora tenía que aprender a organizar el trabajo teniendo en cuenta la confusión mental, los problemas para sentarse durante una hora seguida, y el dolor en sus manos, brazos, espalda, y cuello.

La historia de Olsen es única, pero su dolor crónico no lo es. Casi la mitad de los estadounidenses (117 millones de adultos) padecen algún tipo de enfermedad crónica, como artritis, obesidad, diabetes, o enfermedad celíaca, a fecha de 2012, según el Centro para el Control de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés). Alrededor de la cuarta parte de esas personas tienen problemas que limitan algún tipo de actividad diaria.

Cuando consideramos que esas personas con dolencias crónicas normalmente no sufren de una sola enfermedad, todo es más complicado. Con frecuencia se entrelazan distintos problemas, como una mayor incidencia a la depresión y otras luchas mentales, en comparación con la población en general.

Las enfermedades crónicas vienen acompañadas de una multitud de dificultades: presiones financieras por las facturas médicas, desafíos emocionales y espirituales a la hora de mantener un punto de vista esperanzador, o tensiones relacionales a causa de la fatiga y el enfoque en uno mismo, dice Frank Mancuso, el director clínico del Centro para Consejería Cristiana y Desarrollo Relacional en Marlton, Nueva Jersey. Titularse, o mantener cualquier tipo de trabajo, puede ser desalentador.

“El cuidado personal puede convertirse casi en una carrera en términos de tiempo”, dice Mancuso. “El trabajo puede ser una carga por el hecho de que uno ha de hacerlo para pagar los costos médicos. Y algunos tendrán que trabajar más allá del tiempo normal de jubilación porque, por lo general, no pueden ahorrar tanto dinero para su jubilación como los demás”.

Lana Clough es consejera en una zona rural del sur de Maine, y tiene un historial en labor social en un centro para el cáncer. En sus 25 años de práctica, ha visto varios síntomas que afectan la capacidad de trabajo de sus pacientes: problemas de dolor, poca energía, confusión mental, desfallecimiento, y depresión, entre otros.

“Abandonar la vida que se suponía que tenías bajo control puede ser un proceso doloroso”, dijo. Bajar el ritmo “va contra nuestra cultura, la cual nos dice que vayamos tan rápido como podamos durante todo el tiempo que sea posible”.

Cuando las personas alcanzan una cierta paz y aceptación, pueden estar más abiertas a lo que Dios quizá tenga preparado de verdad para ellas.

Clough motiva a sus pacientes a tener una mezcla de esperanza y aceptación. Señalando la “espina en la carne” del apóstol Pablo en 2 Corintios 12, Clough observa que Pablo primero oró para ser sanado, y luego aceptó su condición: “Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:10).

“Cuando las personas alcanzan una cierta paz y aceptación, pueden estar más abiertas a lo que Dios quizá tenga preparado de verdad para ellas”, dijo.

El Dr. Jim Halla, reumatólogo y consejero cristiano en Carolina del Sur, alienta a sus pacientes a ir más despacio, diciéndoles que “la vida no tiene una ‘vida propia’, sino que toda ella es providencia de Dios”. Trata de ayudarlos a que le den prioridad a la meta de agradar a Dios.

“Puede que Dios haya cambiado la dirección de tu ministerio, o las personas que se involucran contigo, pero no ha eliminado tu ministerio”, le dice a sus pacientes.

Además del trabajo remunerado, Olsen encontró un nuevo llamado en su amor por las personas. “Mi vocación es estar con la gente. Podía ser una persona que aconseja, habla, y da aliento a las personas”, dijo. “Parte de mi rol era orar por la gente. No podía estar con ellos, pero podía orar por ellos”.

A Katey Benton le extirparon ambos ovarios a los 27 años. Trabajó mientras recibía tratamientos hormonales para la menopausia, y estaba comenzando a ser capaz de manejar su rutina de nuevo cuando los doctores descubrieron que tenía un cáncer de pulmón carcinoide en estado 3.

Ella también ha aprendido a verlo desde una perspectiva más amplia, mientras comienza y termina con empleos cada pocos años, incluyendo una vocación de compartir su testimonio. En febrero colaboró en el lanzamiento de un sitio web para que las personas aprendan a lidiar con sus enfermedades crónicas mediante la comida sana, elecciones de estilo de vida, y “prácticas espirituales”.

“Ahora puedo ver que todo me pasaba para una misión mayor en la que Dios me usaría”, dijo Benton. Fue a la escuela de cocina. No puede ser chef, pero puede dar recetas nutritivas a aquellos que tienen enfermedades crónicas. Como trabajó en publicidad, sabe cómo promocionar su mensaje.

“Trabajé mis habilidades, y las coloqué una sobre otra”, dijo Benton. “Ya no me identifico con una carrera, ni me identifico con la enfermedad, sino que me identifico por lo que Dios está haciendo en mi vida”.

Hagas lo que hagas, debes hacerlo lo mejor que puedas, y eso puedes hacerlo ya sea que tengas una enfermedad crónica o no.

Entender el trabajo que Dios tiene para ti es algo “común para todos los cristianos, ya sea que trabajes de 9 a 5, o seas bombero, o te quedes en casa pensando en lo que harás”, dice Caley Goins, de 25 años de edad, que padece una agresiva variedad de colitis ulcerosa.

“Desde un punto de vista teológico, siempre he considerado la vocación como algo común entre los cristianos: glorificas a Dios en todo lo que haces”, dijo. “Hagas lo que hagas, debes hacerlo lo mejor que puedas, y eso puedes hacerlo ya sea que tengas una enfermedad crónica o no. Pero es más difícil, no solo porque estás cansado todo el tiempo, sino porque tienes que concederte a ti mismo mucha gracia”.

Las personas con enfermedades crónicas necesitan gracia (tanto gracia salvadora como santificadora), y crecimiento, dice Halla. “El crecimiento es poner en práctica esa gracia conforme el creyente imita a Cristo cada vez más. Se vuelve más como Cristo conforme sus pensamientos, deseos, y obras cambian. El creyente recibe y disfruta a Dios y su providencia. Solo el creyente puede hacer una actividad tan contraria a la cultura y a la intuición”.

“No es tan difícil controlar los reumatoides, pero me interesas más tú como persona que cambia y crece”, dijo. “Dios no cometió un error. Te tiene en el lugar exacto donde quiere que sirvas”.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Manuel Bento.
Imagen: Lightstock.
CARGAR MÁS
Cargando