¿Tienes un concepto equivocado del amor de Dios?

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de El Dios que está presente: Encuentra tu lugar en la historia de Dios (Poiema Publicaciones, 2018). Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

Si hay algo que nuestro mundo cree que sabe acerca de Dios —si es que nuestro mundo siquiera cree en Dios— es que Él es un Dios de amor. Ese no siempre ha sido el caso en la historia humana. Muchas personas han considerado a los dioses como bastante arbitrarios, miserables, caprichosos, o incluso malévolos. Es por eso que hay que mantenerlos contentos. En algunos momentos de la historia de la iglesia, los cristianos han hecho un mayor énfasis en la ira de Dios, en su soberanía, o en su santidad, todos estos temas bíblicos en un grado u otro. El amor de Dios no recibió tanta atención. Pero hoy en día, si es que la gente siquiera cree en Dios, en general le resulta fácil creer en su amor.

Sin embargo, esta idea del amor de Dios ha sido acompañada con una pobre definición de la palabra “amor”. A veces uno escucha a alguien decir cosas como esta: “Son los cristianos los que no me gustan. Es decir, Dios es amor, y si todo el mundo fuera como Jesús, sería fantástico. Jesús dijo: ‘No juzgues para que no seas juzgado’. Te lo digo, si todos pudiéramos dejar de juzgar y nos amáramos como amó Jesús, el mundo sería un lugar mejor”. Ahí hay un supuesto acerca de la naturaleza del amor, ¿no es cierto? El amor no juzga. No condena a nadie. Deja que todo el mundo haga lo que quiera. Eso es lo que significa el amor.

Desde luego, lamentablemente es cierto que a veces los cristianos —Dios nos ayude— son odiosos. Es verdad que Jesús dijo: “No juzguen, para que no sean juzgados” (Mt 7:1). Pero ¿realmente quiso decir con eso: “No hagan ningún juicio moralmente discriminatorio”? ¿Por qué entonces Él da tantos mandamientos acerca de decir la verdad? ¿Esos mandamientos no condenan las mentiras y a los mentirosos? Jesús nos mandó que amáramos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¿No lanza esta declaración un juicio implícito a los que no lo hacen?

Cuando pensamos en el amor de Dios, necesitamos pensar también en los demás atributos de Dios.

De hecho, en el mismo texto donde Jesús dice: “No juzguen, para que no sean juzgados”, solo cinco versículos más adelante enseña: “No den ustedes lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos” (Mt 7:6), lo cual significa que alguien tiene que inferir quiénes son los cerdos.

En otras palabras, cuando Jesús dice algo tan importante como “no juzguen, para que no sean juzgados”, hay un contexto que entender. Al fin y al cabo, Jesús establece una elevadísima huella moral en su tiempo. Así que si los demás oyen: “No juzguen, para que no sean juzgados” y piensan que Jesús está aboliendo toda moralidad y dejándola a consideración de la persona, entonces ni siquiera han comenzado a entender quién es Jesús. Jesús efectivamente condena un tipo de juicio sentencioso, autojustificante e hipócrita. Lo condena muchas veces muy claramente. Pero en ningún momento y bajo ninguna circunstancia está condenando el discernimiento moral ni la prioridad de la verdad. Sea como fuere, el amor de Dios, el amor de Jesús, implica mucho más que evitar la crítica sentenciosa.

Eso significa que cuando pensamos en el amor de Dios, necesitamos pensar también en los demás atributos de Dios —su santidad, veracidad, gloria (la manifestación de su maravilloso ser y hermosura) y todo lo demás, y considerar cómo operan todos ellos, en conjunto, todo el tiempo. Por desgracia, debido a que a nuestra cultura le resulta relativamente fácil creer que Dios es un Dios de amor, hemos desarrollado ideas del amor de Dios que son demasiado sentimentales, muy maleables y que casi siempre están alejadas del conjunto completo de atributos que hacen que Dios sea Dios.


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Imagen: Lightstock.
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