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En el telón de fondo de nuestra conciencia colectiva, ha estado sonando durante los últimos años una continua letanía de quejas sobre la cultura de cancelación (cancel culture) en las universidades y la censura de las Big Tech. Los miserables y desgarradores acontecimientos del 6 de enero demostraron ser un clímax desconcertante.

En primer lugar, vino el desarme de individuos y grupos asociados con la violencia en el Capitolio. Poco después, Amazon saboteó abruptamente uno de los libros más vendidos de Ryan T. Anderson, el respetado presidente del Ethics and Public Policy Center (Centro de ética y políticas públicas).

Como personas del Libro y discípulos de la Palabra, los cristianos siempre han mostrado una preocupación natural por el discurso público. Debemos recordar que en una gran parte de la historia mundial, la iglesia ha trabajado y con frecuencia ha florecido en regímenes que permitían poco de lo que hoy llamamos libertad de expresión. Con frecuencia la iglesia ha ayudado a fomentar y mantener tales regímenes.

Si no queremos permitir que el ideal de la libertad de expresión se convierta en un ídolo, debemos recordar cuán raro y frágil es, y recordar que la libertad absoluta de expresión no es un derecho moral ni un bien social. Solo después de disipar esa ilusión veremos con suficiente claridad para trabajar y luchar eficazmente por este precioso regalo en los difíciles años venideros.

No es un derecho moral absoluto 

La libertad de expresión absoluta no es un derecho moral. Es posible que para algunos norteamericanos modernos esto parezca sorprendente, pero no debería serlo. Después de todo, no puede existir un derecho moral a hacer el mal, aunque a menudo podría ser un derecho legal. Es evidente que gran parte del discurso público, la expresión y la escritura están equivocadas; ya sea al difundir la falsedad, seducir al pecado, derribar a los inocentes y mucho más.

El libro de Proverbios nos advierte que “en las muchas palabras, la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente” (Pr 10:19), y la Biblia rebosa de advertencias sobre el mal desatado por una lengua suelta. El apóstol Santiago ofrece la advertencia más fuerte de todas: “La lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno… Es un mal turbulento y lleno de veneno mortal” (Stg 3:6, 8b).

El habla es algo verdaderamente peligroso en un mundo pecaminoso

Solo podemos imaginar lo que hubiese dicho el apóstol si hubiese visto el despliegue de engaños, chismes, jactancias y maldiciones en las redes sociales modernas. El habla es algo verdaderamente peligroso en un mundo pecaminoso. No debería sorprendernos que la mayoría de las sociedades en el pasado hayan tomado grandes medidas para restringirla. 

Al mismo tiempo, como todos los males en este mundo pecaminoso, un hablar perverso es la corrupción de un bien creado maravilloso. Es el poder humano fundamental que nos distingue del resto de la creación y nos une a Dios. Dios creó el mundo a través del habla, así como Adán nombró a los animales a través del habla. El Verbo encarnado reveló a los hombres su obra redentora hablando y de la misma manera sus fieles apóstoles la difundieron por todo el mundo.

Ellos pudieron hacerlo porque los romanos paganos eran mucho más tolerantes con la libertad de expresión que los judíos religiosos celosos. La narrativa tragicómica de Hechos 22-26 es una maravillosa lección práctica sobre los beneficios de un régimen de libertad de expresión más tolerante. 

Por lo tanto, como cristianos, debemos afirmar claramente que la libertad de expresión puede ser un gran bien. Pero es un bien instrumental, un medio para proclamar la verdad y fomentar la justicia. No es un fin en sí mismo, como si la mera libertad para abrir la boca fuera sacrosanta. Tenemos el derecho moral de decir la verdad a su debido tiempo. No tenemos ningún derecho moral a difamar, engañar, maldecir o insultar. Sin embargo, para asegurar nuestro derecho moral a decir la verdad, generalmente necesitamos defender un derecho legal que incluye el derecho a decir falsedades.

Para asegurar nuestro derecho moral a decir la verdad, generalmente necesitamos defender un derecho legal que incluye el derecho a hablar falsedad

Una de las declaraciones clásicas de este punto proviene del ensayo de John Stuart Mill titulado “Sobre la libertad” (1859). Aunque no era cristiano en su vida personal o en su sistema general de pensamiento, Mill propone argumentos importantes que encajan con las convicciones cristianas (especialmente protestantes) de que “cada cual esté plenamente convencido según su propio sentir” (Ro 14:5).

El objetivo del habla debe ser el descubrimiento y la difusión de la verdad, escribe Mill. Pero nos recuerda que la razón por la cual es necesario, es porque no todos estamos de acuerdo con lo que es verdad. Si no estamos seguros de la verdad de nuestros puntos de vista, debemos respetar la libertad de otro para ofrecer una explicación alternativa, de modo que pueda salir a la luz la verdad real del asunto. Aun cuando estamos seguros de la verdad de algún tema, todavía existen ventajas importantes de permitir una discusión libre en la cual las ideas falsas tengan espacio para expresarse.

Por un lado, señala Mill, las creencias verdaderas pueden endurecerse y convertirse en dogmas obsoletos e irreflexivos si no se les obliga a afinarse constantemente contra los errores. Podemos comprender mejor nuestras creencias solo si las ponemos a prueba con regularidad. Por otro lado, la gente no pasará de la falsedad a la verdad a menos que sea genuinamente persuadida, en lugar de ser simplemente silenciada. Esto requiere darles la oportunidad de argumentar y ser refutados. A la larga, sostiene Mill, la verdad siempre triunfará sobre la falsedad a menos que la falsedad sea mantenida por la fuerza. Además, el derecho a censurar o reprimir la palabra es un poder inmenso para confiarlo a manos falibles.

Los límites del habla son inevitables y buenos

Aun así, conviene hacer algunas advertencias importantes. La mera falibilidad no puede descalificar a las personas para administrar justicia. Aunque la verdad puede triunfar a largo plazo, también es cierto, como bromeó Mark Twain, que “una mentira puede viajar por la mitad del mundo mientras la verdad todavía se está atando los cordones”. Esto no puede ser más cierto que en esta era de las redes sociales.

Hemos sido testigos de esto en el último año: la capacidad de los malos actores (o individuos confundidos) para difundir mentiras o insinuaciones peligrosas que rápidamente desarrollaron una vida propia, echando raíces entre millones y demostrando ser casi imposible de quitar. Nadie tiene el derecho legal de gritar falsamente “¡Fuego!” en un teatro lleno de gente. Para cuando la verdad haya triunfado, es posible que decenas hayan muerto en la estampida.

Aun las declaraciones verdaderas tienen un momento y un lugar apropiados para ser compartidas (Ef 4:29), y si se manejan descuidadamente en situaciones difíciles, pueden causar un daño grave o crear pánico. Por tales razones, los gobiernos tienden a limitar más la libertad de expresión durante tiempos de guerra o emergencias nacionales. Este principio ciertamente es una posible víctima de abuso, pero puede ser necesario para proteger decenas de miles de vidas. 

Además, el habla que adopta la forma de arte, como la música o el teatro, frecuentemente tiene como objetivo moldear nuestras emociones más que nuestras creencias. Por tanto, tiene un componente moral irreductible que no podemos permitirnos ignorar. No podemos pretender que las representaciones de violencia grosera o contenido sexual obsceno no tengan un efecto moral en una audiencia. De hecho, está destinado a hacerlo y no se cumpliría su objetivo si no satisficiera, y en consecuencia intensificara, nuestros deseos más básicos. Los argumentos maximalistas a favor de la libertad de expresión ignoran, para su propio riesgo, este componente formador de virtudes que tiene el habla. “La vulgaridad de un hombre son las líricas de otro”, escribió el juez John Marshall Harlan.

Vivimos en una sociedad inundada de toda forma de perversión moralmente degradante, la cual está disponible gratuitamente en cualquier dispositivo digital y a menudo se propaga activamente a nuestros hijos. Antes de que comencemos a quejarnos vehementemente sobre la prevalencia de la censura de las Big Tech, primero deberíamos preguntarnos por qué las Big Tech, o nuestros legisladores, han sido tan reacios para censurar tales perversiones. Estados Unidos es bastante único al negarse a colocar barreras entre la pornografía explícita y nuestros hijos para no poner en riesgo la libertad de expresión constitucional.

El habla que adopta la forma de arte frecuentemente tiene como objetivo moldear nuestras emociones más que nuestras creencias

Durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos, tal protección constitucional nunca se interpretó como algo absoluto. Al contrario, la sedición, la difamación, la blasfemia, la obscenidad y la incitación constituyeron importantes excepciones al derecho y algunas de estas excepciones aún se aplican. Desde este punto de vista histórico más amplio, la sorpresa de la cultura de cancelación no es que la libertad de expresión tenga límites, sino que los límites ahora impuestos se han transformado tan repentina y ferozmente en contra de puntos de vista que hasta ayer parecían ser terreno común.

Para proteger un buen discurso en un mundo caído y falible, a menudo debemos permitir el discurso malvado cuando no podemos restringirlo sin hacer más daño que bien. Sin embargo, no existe una respuesta universal abstracta a la pregunta de qué tanto deberíamos permitirlo. Es una cuestión de prudencia, que puede lucir muy diferente a nivel de una pequeña institución privada que a nivel de una gran nación. 

El gran desafío del momento es que hemos cedido de forma descuidada el control de nuestra economía y sociedad a actores privados monopolistas. Empresas como Amazon, Google y Facebook pueden afirmar que son meras plataformas o editoras que hacen cumplir los estándares internos, pero en realidad ejercen un amplio poder social sin responsabilidad legal y democrática.

Los cristianos conservadores deben arrepentirse de la forma en que una comprensión maximalista de la libertad económica ha fortalecido este poderoso monopolio de la información, ignorando tanto la guía bíblica como la sabiduría de la tradición. Debemos emprender el arduo trabajo de construir plataformas e instituciones en lugar de depender perezosamente de redes que prometen falsamente una plataforma universal sin compromiso alguno. 

Defendiendo la libertad de expresión en una cultura poscristiana 

Sin embargo, de manera más amplia, debemos reconocer que gran parte del desafío que enfrentamos ahora es simplemente que los estándares y valores de nuestra sociedad, especialmente de aquellos en lugares de poder, están cada vez más en desacuerdo con aquellos que sostenemos como cristianos. Desde este punto de vista, las quejas sobre la censura se centran indebidamente en el síntoma, no en la causa.

Cada sociedad, de una forma u otra, hará cumplir algunos estándares. No podemos sorprendernos tanto si, habiendo fallado en persuadir a nuestro liderazgo político y cultural de que la verdad cristiana es al menos un bien social, seamos cada vez más excluidos. La tolerancia requiere apatía relativista, como en la antigua sociedad romana. O, si crees que algunas cosas son realmente falsas y malvadas, puedes mostrar gran valor y humildad, confiando en que Dios, que es más grande que tú, finalmente controla la historia.

Nuestra sociedad poscristiana ha casado peligrosamente el relativismo moral con un sentido de celo justo heredado de su pasado cristiano, sin nada de la humildad cristiana que proviene de la fe reconfortante en la providencia de Dios. En consecuencia, está empeñada en una cruzada moral para entronizar el relativismo por la fuerza de la voluntad.

Nuestra sociedad poscristiana ha casado peligrosamente el relativismo moral con un sentido de celo justo heredado de su pasado cristiano

Para enfrentar a una bestia tan extraña, absolutista en su repudio de los absolutos, los cristianos deben ser tan sabios como serpientes e inofensivos como palomas. Debemos mantener un equilibrio de convicción y humildad mientras luchamos por el bien de una cultura de persuasión. En una cultura así, existe una diferencia real entre la luz y la oscuridad, en la que la luz puede enfrentarse a la oscuridad sin temor alguno.

Esto significa una disposición a nombrar y denunciar formas de discurso genuinamente perversas o falsas, especialmente cuando proviene de nuestras filas, en lugar de bautizar cada falsedad en homenaje a un ídolo de la libertad de expresión. Significa un compromiso de amontonar carbones de fuego sobre la cabeza de nuestros enemigos a través de la gracia y la veracidad de nuestro discurso, y nuestra paciencia con sus errores, en lugar de demostrar que podemos pelear tan sucio como ellos.

Pero también significa cultivar una sabiduría terrenal astuta sobre cómo usar los tribunales, las leyes y los aliados improbables para crear un espacio para la proclamación veraz, tal como lo hizo Pablo ante Félix y Festo. Es poco probable que estemos de acuerdo sobre el mejor camino a través de un panorama tan desafiante. Algunos pueden favorecer las alianzas estratégicas con libertarios que defienden ciertas libertades de expresión que nosotros deploraríamos. Otros preferirán apostar por una autoridad moral, negándose a defender los derechos de los provocadores que no deberían sorprenderse de verse censurados.

Tales debates afectarán nuestras decisiones en los próximos años al votar, hacer huelgas, protestar y predicar, y debemos tener cuidado de insistir dogmáticamente en una estrategia. Podemos estar agradecidos por la diversidad de dones en el cuerpo de Cristo, porque necesitaremos la ayuda de todos ellos en los años oscuros y desafiantes que se avecinan.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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