¡Ten cuidado de cómo oyes la Palabra!

Si pudieras medir en una escala de 1 a 10 tu nivel de expectativa, anhelo, y disposición para ir a la iglesia cada semana a escuchar la predicación, ¿qué dirías?

Creo que todos estaríamos de acuerdo al afirmar que, con cierta frecuencia, nuestra mente y corazón no están completamente enfocados en adorar a Dios y escudriñar su Palabra junto con la iglesia. ¿Las razones? Podrían haber muchas, pero entre las más comunes están las inconformidades con el horario de los servicios dominicales, lo inadecuado o anticuado de las instalaciones, el tipo de cantos que entonamos, o lo largo y aburrido de los sermones.

Aunque ciertamente en nuestras iglesias existen aspectos a mejorar en la alabanza, el liderazgo, y la predicación, quiero invitarte a considerar la parábola del sembrador y la exhortación que tiene para nosotros (Lc. 8:4-18). La advertencia en este pasaje no es “ten cuidado cómo predicas”, o “ten cuidado cómo diriges la alabanza”, sino más bien: “ten cuidado de cómo oyes”. El propósito de Jesús es ayudarnos a entender cuál es nuestra responsabilidad como oyentes, discípulos, y miembros saludables de la iglesia.

Vale aclarar que este pasaje no habla solo de creyentes, sino de cuatro tipos de personas. Las primeras tres no son salvas, según nos enseña el texto. Por ejemplo, a los que están junto al camino, “el diablo quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven” (v. 12). Y en toda la parábola, el lenguaje es de contraste entre los que reciben y rechazan, los que dan fruto y los que no. Sin embargo, los principios de esta parábola pueden aplicarse a nuestras vidas como creyentes, como veremos a continuación.

Oyendo con un corazón junto al camino

En una ocasión asistí a una conferencia cristiana y, como es común, el programa dio inicio con un tiempo de alabanza. Durante el primer canto hice mi mejor esfuerzo por mantenerme enfocado. Aun cuando no conocía bien la melodía, estaba tratando de meditar en la letra. Pero, después del segundo canto, mi mente navegó por el mar de la distracción y la crítica.

Al terminar el evento tuve una plática casual con un buen amigo con quien terminamos haciendo algunas bromas sobre el tiempo de la alabanza. Pero la corrección de Dios no tardó mucho en llegar, pues al día siguiente, antes de iniciar el segundo día de conferencia, mi amigo se acercó para pedirme perdón por haber bromeado acerca de quienes nos dirigieron en alabanza, menospreciar el ministerio de ellos, y perder el enfoque. Sus palabras me motivaron a recapacitar y arrepentirme de lo que había hecho.

¿Cuántas veces hemos permitido que nuestra mente divague durante el tiempo de la alabanza o la predicación en la iglesia?

¿Cuántas veces hemos permitido que nuestra mente divague durante el tiempo de la alabanza o la predicación en la iglesia? ¿Cuántas veces hemos cedido frente al sueño, las distracciones, o la crítica? Esas cosas son características del terreno que está al lado del camino, según la parábola, donde la semilla cae en un corazón superficial y distraído. Rápidamente viene el enemigo para tomar ventaja de esta condición y arrebata la semilla para no verla germinar.

Oyendo con un corazón pedregoso

Recuerdo haber leído un testimonio, hace un par de años, de alguien que participó en una actividad evangelística muy grande. Luego de exponer el evangelio, el predicador hizo la típica invitación para aquellos que querían seguir a Cristo. Pero fueron pocas las manos levantadas en respuesta. Sin embargo, cuando el predicador hizo la invitación a la reconciliación con Dios, la respuesta fue totalmente abrumadora.

Esto me recuerda que son muchos los que “han oído la palabra con gozo”, que incluso recuerdan con precisión el día en que creyeron el evangelio, pero cuando observas sus vidas desde ese momento hasta hoy, ¡no hay evidencia de crecimiento y transformación! La raíz de su vida espiritual es tan pequeña, que las pruebas y los ataques de Satanás fácilmente los hacen sucumbir. Han escuchado con corazones duros.

Aunque ellos se identifiquen como hijos de Dios, en realidad no existe ninguna evidencia en su vida que respalde esa verdad. El mismo estilo de vida pecaminoso que llevaban desde el primer día en que manifestaron ser cristianos, es el mismo que sigue presente y activo hoy. A pesar de que han asistido a la iglesia por muchos años, y que han escuchado la predicación de la Palabra domingo tras domingo, en realidad no tienen una relación genuina con Dios. Por lo tanto, no hay evidencia de un crecimiento espiritual en sus vidas (Mt. 7:21).

Oyendo con un corazón espinoso

De manera específica, Jesús menciona tres cosas que terminan ahogando la semilla de la Palabra de Dios en el corazón espinoso: las preocupaciones, las riquezas, y los placeres de la vida. Este ahogamiento sucede así: en la medida en que somos confrontados o alentados por la Palabra, mientras al mismo tiempo estas cosas que mencionamos nos abruman, estamos en una encrucijada donde tenemos que decidir entre el pecado y obedecer a Dios.

El problema sutil y engañoso con esta clase de oyentes es que parecen entender y procesar la verdad en sus corazones. El mensaje de Dios los inquieta. Cuando escuchan al predicador o entonan un himno, asientan con sus cabezas como si estuvieran de acuerdo con lo que Dios les está enseñando. Respetan a sus pastores y líderes, y es más, ¡les gusta escucharlos predicar a pesar de que a veces sus mensajes los hacen sentir incómodos!

El problema es que, de todas formas, la semilla es ahogada y el fruto no madura. Venir a la iglesia, admirar a tu líder o pastor, hacer tu devocional, y asistir al estudio bíblico jamás será suficiente si no recibes en verdad lo que Dios te habla en su Palabra.

Oyendo con un corazón receptivo

Cuando en verdad escuchas la voz de Dios, no con tus oídos físicos sino con los espirituales, tendrás la disposición y sensibilidad para decir cosas como: “Yo no estoy siendo obediente en esto”, y “reconozco que estoy muy lejos de lo que Dios me está enseñando hoy”. Entonces, das los pasos necesarios para avanzar hacia profundizar en la comunión con tu Padre (Lc. 19:1-10).

Dios puede puede renovar tu mente y afinar tu oído espiritual.

Sin embargo, hay algunos que son confrontados por el Señor y reconocen su pecado delante de Él, pero al terminar la reunión de la iglesia hacen planes de pasar por el supermercado, o ir al almuerzo con los amigos, y terminan el día olvidando aquello con lo cual Dios los había confrontado y ante lo que debían responder.

El fruto de la Palabra en nuestras vidas crece cuando la semilla que es ella cae en un corazón recto y bueno, dispuesto a escuchar con atención. Un corazón que retiene la Palabra, es decir, que la escucha y responde en conformidad con lo que Dios le ha dicho.

Conclusión

¿Qué clase de oyente has sido? Si Dios te ha mostrado que estás oyendo como uno de los tres primeros ejemplos, este es un buen momento para clamar a Él. Pídele que te dé un corazón sensible al mensaje del evangelio, inclinado a guardar sus estatutos. Él puede renovar tu mente y afinar tu oído espiritual (Ez. 11:19-20).

Por otro lado, si has buscado intencionalmente cultivar un corazón recto y bueno, entonces ora para que el Padre te ayude a perseverar en este camino. Vivimos en tiempos donde el mensaje del evangelio resulta insultante, desesperante, y poco atractivo (2 Ti. 4:3-4). En medio de esto, tú y yo somos llamados a escuchar con atención la Palabra, a dar los pasos necesarios en obediencia y perseverar en ello, con la ayuda del Espíritu Santo.


Imagen: Lightstock.
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