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1 Reyes 3 – 6 y Santiago 4 – 5

Y el rey dijo: Tráiganme una espada. Y trajeron una espada al rey. Entonces el rey dijo: Partan al niño vivo en dos, y den la mitad a una y la otra mitad a la otra.

(1 Reyes 3:24-25)

Hay operaciones en donde 50 y 50 nunca será una repartición equitativa. Existen leyes superiores que pueden hacer que algo aparentemente equilibrado se convierta en una soberana injusticia. Por ejemplo, el amor de una madre nunca podrá medirse en términos matemáticos. Los números y los equilibrios son rebasados exponencialmente por la entrega, el compromiso, y muchas veces el sacrificio maternal. En el mismo sentido, un soldado en batalla no podrá convertirse en héroe si anda pensando en cómo dar por su patria lo que es absolutamente neutral. El ser humano tiene una buena dosis de amplificación y de exageración de sus posibilidades y capacidades que lo hace rebasar con creces la barrera de lo ‘normal’ o lo determinado.

Lamentablemente, las nuevas matemáticas humanas tienen como combustible a la ambición, la codicia y el egocentrismo como fundamentos básicos para excederse en la búsqueda de objetivos más elevados (pero no necesariamente más nobles). Ya la heroicidad, la filantropía, el amor al prójimo, la hospitalidad, la negación y tantos otros valores que engrandecían el alma en la antigüedad son vistos como debilidades que restan y no como puntos a favor del ensanchamiento del alma humana.

Salomón, el hijo de David con Betsabé, es ahora el tercer rey de Israel. Ahora tenía al país en sus manos y hubiera podido hacer girar más todavía la balanza a su favor, tomando de su reino todo aquello que le hiciera falta, y más, mucho más cosas que como soberano hubiera podido reclamar. Aun el Señor se le presentó y le dijo: “…Pide lo que quieras que Yo te dé” (1 Re. 3:5b). Salomón era un verdadero privilegiado, y aunque era 10 para los demás y 90 para él, con todo, podría parecer justo. Él era noble, su padre le había traído la tan ansiada paz y la victoria sobre sus enemigos a Israel, había heredado una nación con un poderoso futuro, y el mismísimo Señor le ofrecía lo que pidiese. ¿Cómo respondió Salomón? Así lo hizo: “Ahora, Señor Dios mío, has hecho a Tu siervo rey en lugar de mi padre David, aunque soy un muchacho y no sé cómo salir ni entrarDa, pues, a Tu siervo un corazón con entendimiento para juzgar a Tu pueblo y para discernir entre el bien y el mal. Pues ¿quién será capaz de juzgar a este pueblo Tuyo tan grande?” (1 Re. 3:7,9).

En la petición de Salomón está el secreto del equilibrio espiritual que supera al de las matemáticas humanas. Él no se colocó en un lugar de mayor privilegio, no pidió para él bienes o sucumbió a meros intereses egoístas; él percibió su reinado como una posibilidad de servicio público, como una responsabilidad antes que una oportunidad. Tomé las notas básicas para esta reflexión con mi celular mientras hacia la cola para emitir mi voto por las elecciones presidenciales de mi país. Aunque tengo varios años fuera de él, siempre estoy informado de lo que pasa allá, y me duele profundamente tener que admitir que cada uno de los gobernantes de turno (y todos sus séquitos) ha visto el cargo público como una oportunidad antes que una inmensa responsabilidad.

Salomón no tenía congresos inoportunos, ni tampoco un poder judicial autónomo, ni siquiera una contraloría que supervisara los actos gubernativos, pero tenía su conciencia en acción, y eso era más que suficiente. Por eso, hacer las cosas bien, tienen más que ver con nuestra capacidad de “discernir entre el bien y el mal” que con la de conocer de economía o derecho.

¿Qué le dio el Señor al Rey? “Dios dio a Salomón sabiduría, gran discernimiento y amplitud de corazón como la arena que está a la orilla del mar” (1 Re. 4:29). Un corazón ancho es el ingrediente fundamental para poder ser verdaderamente equitativo. Es justamente lo opuesto a los “estrechos de miras” que son incapaces de poder percibir el mundo más allá de lo que ellos encuentran en su metro cuadrado. Justamente, la prueba de fuego para Salomón fue un caso que se le presentó al inicio de su reinado. Dos mujeres se acercaron al monarca en búsqueda de justicia. El problema es que eran dos prostitutas… Ya las cosas se ponían difíciles por el sólo hecho de que estas dos mujeres estaban éticamente reprobadas y podría considerarse que no eran merecedoras de un juicio justo y menos del uso del tiempo del rey. Pero en Salomón no vemos el menor atisbo de menosprecio… tenía un corazón ancho que le permitía maniobrar con total soltura y sin la menor discriminación en este caso.

El caso era el siguiente: Cada una de estas mujeres tenía un bebé recién nacido. Ambas vivían en la misma casa y cada una dormía con su bebé en su propia cama. Una madrugada, una de ellas se dio cuenta que el bebé estaba muerto, pero luego de verlo con detenimiento llegó a la conclusión que no era el suyo, sino el de su compañera. Así se presentaron al rey para solucionar el conflicto.

La solución ‘salomónica’ no se hizo esperar. Conforme a lo que leímos en el texto del encabezado mandó cortar al niño vivo tas con tas para que todos puedan quedar contentos. Sin embargo, sólo buscaba encontrar la verdadera dimensión de la justicia que trasciende a las matemáticas humanas: “Entonces la mujer de quien era el niño vivo habló al rey, pues estaba profundamente conmovida por su hijo, y dijo: Oh, mi señor, déle a ella el niño vivo, y de ninguna manera lo mate. Pero la otra decía: No será ni mío ni tuyo; pártanlo” (1 Re. 3:26,27). El amor de madre pudo más que las simples sumas y restas de la justicia. Nunca la proporción fifty/fifty podrá ser superior a la ley del amor comprometido, la solidaridad, la compasión, la fe y la misericordia.

Salomón vio en la súplica dolorosa de la mujer por la vida del bebé, el esclarecimiento de la verdad de este caso: “Entonces el rey respondió: Den el niño vivo a la primera mujer, y de ninguna manera lo maten. Ella es la madre.” (1 Re. 3:27). ¿Se dan cuenta? Nunca la proporcionalidad ni el cálculo frío es suficiente para hacer una evaluación de la profundidad de la experiencia humana. Es necesario también medir los valores y sentimientos que le dan altura principista al ser humano.

Salomón fue un hombre extraordinariamente sabio pero también inmensamente humano, con una mente lúcida y brillante y un corazón ancho y receptivo. Su obra fue extraordinaria para su tiempo: “También pronunció 3,000 proverbios, y sus cantares fueron 1,005. Disertó sobre los árboles, desde el cedro que está en el Líbano hasta el hisopo que crece en la pared. También habló de ganados, aves, reptiles y peces” (1 Re. 4:32-34). Sin embargo, la gloria de este hombre extraordinario estaba en que nunca intentó vivir la vida tas con tas, sino en la grandeza de quien vive intensamente sin mayor medición que la satisfacción de estar con los ojos, la mente y el corazón abierto para conocer y servir a todo lo que está a su alrededor.

Finalmente te pregunto: ¿Qué será mejor? ¿Ir por la vida calculando cuánto me dan para saber cuánto debo dar, o vivir bajo el prisma de un corazón ancho que nunca se fija en gastos? La respuesta está en tus manos.


Crédito de imágen: Lightstock
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