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Para aquellos que son propensos a procrastinar, mañana puede sonar como una palabra mágica.

Con solo decir mañana, los platos sucios parecen esfumarse, las conversaciones difíciles desaparecen, los correos electrónicos se esconden y los proyectos de la casa esperan con paciencia. ¡Qué maravilloso puede sentirse enviar los casos indeseables del hoy hacia la niebla del mañana y qué listo está el mañana para recibirlos! Sí, pudiéramos encargarnos de esas responsabilidades hoy, pero ¿por qué hacerlas hoy cuando siempre hay un mañana?

Entonces, llega el día de mañana y la magia se desvanece bajo el peso de las tareas pendientes. Es entonces cuando nos damos cuenta de nuevo que, en las palabras frustrantes pero sabias de Alexander MacLaren:

«Ninguna tarea desagradable se vuelve menos desagradable cuando la posponemos hasta mañana. Es solo cuando podemos terminarla y dejarla atrás que encontramos que hay una dulzura a ser saboreada después, y que el recuerdo de los deberes desagradables realizados sin vacilar, es bienvenido y agradable» (The Conquering Christ and Other Sermons).

Si una tarea desagradable es una espina, mañana no la convertirá en una rosa. La espina seguirá ahí, tan desagradable como siempre. Ya sea hoy o mañana, todavía necesitaremos tomarla.

Hoy y mañana

Hoy y mañana. Muchos problemas surgen al no dividir de manera correcta estos dos días.

Si una tarea desagradable es una espina, mañana no la convertirá en una rosa

Tomemos la preocupación como ejemplo. Jesús le dijo una vez a una multitud de preocupados: «No se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástenle a cada día sus propios problemas» (Mt 6:34). Dios nos llama a vivir dentro de este límite de 24 horas llamado hoy, pero aquellos que se preocupan intentan cruzar la verja y arrastrar algunos de los problemas del mañana hasta el lado del «hoy». ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? Retira tu mano del mañana; el hoy tiene bastantes problemas propios.

Por supuesto, los procrastinadores hacen todo lo contrario. En lugar de arrastrar los problemas de mañana al día de hoy, empujan los problemas de hoy al mañana, quizás con la esperanza de que desaparezcan al cruzar la verja. Jesús podría responder a esto con un consejo similar de sentido común: «Mañana tendrá bastantes problemas sin que le añadas más. Hoy, lidias con los problemas de hoy; mañana, lidias con los problemas de mañana».

Suena bastante sensato, ¿no? De hecho, lo es. Por desgracia, nuestro procrastinador interno se muestra muy insensible a lo sensato (Pr 24:30). Por experiencia, él sabe que «ninguna tarea desagradable se vuelve menos desagradable cuando la posponemos hasta mañana». Sin embargo, él todavía encuentra la manera de intentarlo una y otra vez.

Entonces, junto con el sentido común, nuestro Señor da más gracia. Cuando miramos los problemas de hoy y nos sentimos tentados a decir «Mañana, mañana», Él nos habla de una doble promesa: fuerza para hoy y cosecha en el mañana.

La fuerza de hoy

¿Por qué algunos de nosotros agitamos la varita del mañana con tanta frecuencia? A menudo, porque sentimos que no tenemos lo que se necesita hoy. Hoy no tenemos energía para limpiar el baño. No nos sentimos motivados para escribir hoy el informe. Hoy no sentimos una chispa interior para el trabajo creativo. Quizás oramos por fortaleza; tal vez no. De cualquier manera, eventualmente miramos hacia el otro lado, encogemos nuestros hombros y decimos: «mañana».

En esos momentos, cuando nos quedamos mirando una tarea desagradable fijamente y no sentimos la fuerza para realizarla, tendemos a olvidar que Dios a menudo nos da las fuerzas solo cuando comenzamos a hacerla. El río Jordán se detuvo solo cuando los sacerdotes entraron (Jos 3:13). El aceite de la viuda fluyó solo mientras ella lo derramaba (2 R 4:1-6). Los diez leprosos fueron limpiados solo cuando se alejaron de Jesús (Lc 17:11-14). A menudo, Dios obra su fuerza dentro de nosotros solo mientras (y no antes) empezamos a trabajar (Fil 2:12-13).

J. I. Packer observó una vez que los cristianos que trabajan duro…

«Esperan la ayuda de Dios en los problemas de cada día, la fuerza de Dios para la obediencia en las tareas de cada día… Descubren que el Espíritu utiliza la fuerza misma de sus expectativas de ser ayudados para darles energía para “seguir adelante” en las rutinas monótonas de cada día» (Caminar en sintonía con el Espíritu).

Algunos esperan hasta sentirse fuertes para trabajar; otros se ponen a trabajar esperando ser fortalecidos. Los últimos saben que la energía para realizar tareas desagradables llega al expectante, a aquellos que responden a «no tener ganas» con una oración sincera y una cabeza levantada. La gracia de hoy será suficiente para los problemas de hoy, aun si esa gracia todavía no ha llegado. Entonces, cuando nos enfrentamos a algún deber desagradable y sentimos nuestra debilidad interior, los sabios aprenden a decir: «No mañana, hoy», confiando en que la ayuda está en camino.

La cosecha del mañana

El libro de Proverbios presenta la procrastinación en el contexto de la cosecha: «Desde el otoño, el perezoso no ara, así que pide durante la cosecha, pero no hay nada» (Pr 20:4). Nuestro procrastinador interior ama el mañana, pero solo porque no ve el mañana con claridad. Si lo hiciera, se daría cuenta de la próxima cosecha y se daría cuenta de que la siesta de hoy podría ser el campo estéril de mañana. En otras palabras, cosechamos mañana lo que sembramos hoy.

¿Qué sucede, por ejemplo, cuando un joven procrastina no solo aquí y allá, sino en todas partes? ¿Cuando la procrastinación es la semilla que él siempre siembra? Pronto, los familiares y amigos aprenderán a no depender más de él; sus promesas de hoy siempre se deslizan hacia el mañana. Sus colegas aprenderán a esperar un trabajo decepcionante, un trabajo que siempre lleva las marcas de la prisa a última hora. Con el tiempo, los demás dejarán de esperar mucho de él: mejor hacerlo tú mismo o buscar a alguien más. Con el tiempo, su vida y sus relaciones se llenarán de las espinas que se negó a arrancar (Pr 15:19).

Por otro lado, ¿qué pasaría si el mismo joven mantiene sus ojos en la cosecha? Lentamente, crecerá en estatura: un hombre que deja que su «hoy» sea hoy y su «mañana», mañana (Stg 5:12). Un hombre que ataca los espinos de su campo con la fuerza que da Dios. Un hombre cuya fidelidad en las tareas desagradables más pequeñas se extiende a las más grandes (Lc 16:10). Un hombre cuya diligencia se convierte en árbol de vida para familiares y amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

Cosechamos mañana lo que sembramos hoy

Un hombre así sabe que aun las mejores partes de la vida incluyen un centenar de tareas desagradables. Solo al abrazar lo desagradable es que se establecen hogares, se restablecen las relaciones, se mantienen las amistades, se cumplen los votos, se disciplina y se nutre a los niños, se plantan y crecen iglesias, y se cumplen las vocaciones. Así, con cada sugerencia del mañana, él mira hacia la cosecha.

Agarra la espina

Por ahora, vivimos en una tierra cubierta de espinas, donde las tareas desagradables llenan la lista de tareas pendientes de todos los días. Un día, nuestro Dios limpiará la tierra y «en lugar del espino crecerá el ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá el mirto» (Is 55:13). Pero por ahora, vivimos entre espinas. Una forma en la que glorificamos a Dios es agarrando las espinas de hoy con la gracia de hoy.

El sentido común nos llama a hacerlo, porque «ninguna tarea desagradable se vuelve menos desagradable cuando la posponemos hasta mañana». Aún más, las promesas de Dios nos llama a hacerlo, porque los problemas diarios vienen con la fuerza diaria, y mañana, las semillas que plantamos hoy crecerán hasta ser una cosecha gloriosa.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
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