¿Por qué sufrimos tanto? Cinco lecciones por el puritano Richard Baxter

Dios es soberano y bueno, y sin embargo la vida es difícil. Está llena de moretones y quebraduras, pruebas y dificultades, penas, y lágrimas. Sin embargo, en Cristo, nada por lo que pasemos se desperdicia o no tiene valor. El creyente no derrama ninguna lágrima en vano, y no sufre sin propósito. Dios siempre está trabajando en nuestra aflicción. Siempre.

Los últimos doce años han sido una temporada extendida de pruebas y penas para mi familia y para mí. Nunca imaginé que mis años universitarios incluirían ayudar a cuidar a mi madre enferma y luego sentarme junto a su cama mientras Dios se la llevaba a casa.

Nunca imaginé que mi esposa y yo celebraríamos nuestro primer aniversario en el hospital junto a la cama de nuestro hijo que nació prematuramente con síndrome de Down y con una enfermedad cardiaca compleja. Nunca imaginé cuidar a un hijo que pasó por más de veinte cirugías, incluyendo cinco procedimientos a corazón abierto. Nunca imaginé que como padre podría sentir tanta tristeza y dolor al mirar a mi precioso hijo luchar en un respirador, luchar con una traquea, luchar para poder estar con gente, luchar para comunicarse, luchar para comer, luchar para jugar, luchar para dormir, y luchar por procesar el mundo que lo rodea.

Nunca imaginé que la vida como esposo y ahora padre de cuatro hijos me llevaría constantemente al final de mis propias fuerzas y recursos. Nunca imaginé que el Señor traería tantas lágrimas.

Nunca imaginé que la vida podría ser tan hermosa, tan llena de alegría, y tan bendecida.

Sin embargo, nunca imaginé que la vida podría ser tan hermosa, tan llena de alegría, y tan bendecida. La gracia rebosa (Ef. 1:7–8). La esperanza abunda (Ro. 15:13). Mi refugio y salvación son seguros (Sal. 18:2), porque mi refugio es “el Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo” (2 Co. 1:3). Dios verdaderamente es fiel.

¿Por qué sufren los hijos de Dios?

Job pregunta: “¿Recibiremos el bien de Dios, y no el mal?” (Job 2:10). Al final es Dios quien decreta y trae aflicción a la vida del creyente (Rut 1:20–21). Él es soberano sobre todo nuestro sufrimiento, aunque usa medios para cumplir sus propósitos (Lc. 23:25; Gál. 1:4). Toda aflicción siempre fluye de un Dios bueno que trabaja para sus buenos propósitos (Sal. 119:67–68; Ro. 8:28). Dios ordena el amargo sufrimiento para lograr una dulce redención, tal como lo hizo en la cruz (Hch. 4:27-28). Al final es Dios quien causa lo que lo entristece para propósitos mayores que glorifican su nombre y fortalecen a su pueblo (Jn. 12:27–28).

Richard Baxter, un puritano del siglo XVII, escribió un magnífico libro titulado El descanso eterno de los santos, o Un tratado del bendito estado de los santos en su disfrute de Dios en la gloria. En una parte del libro hace la pregunta: “¿Por qué sufre tanto el pueblo de Dios en esta vida?” 

No me atrevo a pretender conocer las profundidades de los propósitos y razones de Dios para afligir a sus hijos. Sin embargo, podemos concluir algunos propósitos en este lado de la redención final. Aquí hay cinco razones, inspiradas en el libro de Baxter, por las cuales Dios aflige a sus santos.  

1) Para prepararnos para disfrutar plenamente del descanso

La vida es un vapor (Stg. 4:14). Hoy la tenemos, y más tarde se desvanece. Se acerca el día para cada creyente cuando Dios nos llamará a salir de este mundo empapado de pecado a las delicias deslumbrantes de un paraíso con Él (Sal. 16:11). Pero hasta que lo veamos cara a cara, este descanso eterno se construye sobre la base del sufrimiento y la aflicción terrenal (Hch. 14:22).

Acostarse después de un duro día de trabajo, refugiarse lejos de los estragos de la guerra, sentarse después de un día largo de perseguir a los niños: todo esto es un anticipo del descanso celestial que habrá después del cansancio mundano. Sucederá en el cielo como en la tierra. Nuestro cansancio algún día dará paso a un refrigerio inimaginable, precisamente porque esta vida está llena de sufrimiento y profundo dolor.

Hoy nuestro cansancio nos prepara para un disfrute más profundo del descanso eterno (2 Co. 4:17).

2) Para evitar que confundamos la tierra con el cielo

La vida es pasajera (1 Pe. 2:11). Todos somos extranjeros en nuestro camino a casa, pero todavía no estamos en casa (Heb. 13:14). Cuando un viaje terrenal se vuelve cansado y traicionero, un viajero sin lugar a dudas siente la ausencia de su hogar. Las dificultades a menudo avivan el deseo de regresar. Se anhela, se sueña, y se anticipa el momento de la llegada. Como dice Baxter: “El error más peligroso del que son capaces nuestras almas es confundir la criatura con Dios y la tierra con el cielo”.

La aflicción enfoca nuestra mirada más allá de este horizonte terrenal y nos ayuda a ver que esta tierra no es nuestro fin.

Hubiera sido ridículo que un israelita reclamara una porción de tierra en el desierto mientras andaban errantes. Es igualmente tonto construir graneros más grandes y poner nuestros afectos en las cosas de esta tierra (Lc. 12:18). Es como dar un paso en falso con respecto a nuestros afectos, atenciones, y energías. Esta tierra terrenal no es nuestra morada celestial. La aflicción enfoca nuestra mirada más allá de este horizonte terrenal y nos ayuda a ver que esta tierra no es nuestro fin. 

3) Para acercarnos a Dios

La vida es una batalla (Ef. 6:10-18; Ro. 8:13). La aflicción del creyente a veces puede revelar los ídolos del corazón. Nos obliga a ver el brillo opaco de las prioridades y posesiones que nos atamos a la espalda mientras intentamos viajar por esta vida. Las preocupaciones nos pesan, por lo tanto disminuimos el ritmo de nuestros pasos hacia Él.

Sin embargo, como la inyección de adrenalina que siente el soldado en la línea de frente que se está quedando dormido pero luego oye el chasquido de una ramita, la aflicción se apodera de nuestros corazones con tal efecto que nos sobresaltamos para ver a Dios, y luego huimos hacia Él. Baxter sostiene: “Si nuestro querido Señor no pusiera esas espinas en nuestra cama, pasaríamos nuestra vida dormidos y perderíamos nuestra gloria”.

Mientras que el diablo y la tierra nos alejan de Cristo, la aflicción atraviesa nuestra alma y nos hace sentir más vivos que nunca, y luego nos empuja de regreso a lo recto y estrecho para encontrar vida en la fuente de la vida misma. 

4) Para acelerar nuestro paso hacia Dios

La vida es trabajo (Col. 3:1–2). Cuán cierto es que tenemos la tendencia a volvernos letárgicos en nuestras responsabilidades, llamados, y actividades celestiales. Lo que comenzamos con prisa y celo fácilmente cambia a un lento arrastre y, muchas veces, a un abandono total. Incluso el cristiano, a quien Dios promete cuidarlo como hijo y llevarlo a salvo a Su reino celestial, puede reducir su ritmo de buscar a Dios.

Muchos buenos dones en la vida que Dios nos ha dado pueden convertirse en impedimentos que hacen lenta la búsqueda y destruyen nuestra energía y celo. Pero hay algunas realidades que simplemente te hacen correr más rápido al final de una carrera agotadora. A veces es un perro detrás de ti; otras veces es una visión clara del premio más allá de la línea de meta.

Todos necesitamos ráfagas sobrenaturales en los vientos de nuestros afectos, deseos, y esfuerzos (2 Ts. 3:5). La aflicción nos empuja hacia adelante con más rapidez a medida que anhelamos liberarnos de sus garras y continuar hacia una nueva vida perfecta. 

5) Para darnos sabores más dulces de Él

La vida es un festín (Sal. 34:8). El agua fría es más refrescante después de largas horas de duro trabajo en el calor abrasador. La deliciosa comida satisface más después de un período de no comer. Cuando gran parte de la vida deja un sabor amargo, la aflicción calienta la lengua y prepara las papilas gustativas para encontrar la verdadera satisfacción solo en Dios (2 Co. 1:5–10).

Como dice Baxter: “Él nos reserva la más preciada medicina para nuestros mayores desmayos y peligros”. Aunque no se puede probar, lo he visto en los santos y lo he experimentado yo mismo: cuanto más profunda es la aflicción, más desesperado es el deseo y más satisfactoria es la comunión con Dios (Sal. 119:67).

Es un patrón del corazón humano y de la vida. Dios tiene una manera de deleitar al alma cuando todo lo demás se destroza, y la luz del sol en la cima de la montaña se convierte en la sombra del valle de la muerte. En los momentos de mayor necesidad y desesperación, Dios se da a sí mismo como un bálsamo curativo. La aflicción es el telón de fondo oscuro desde el cual los santos ven y disfrutan más claramente la gloria reluciente de Dios que satisface el corazón y calienta el alma.

La aflicción vendrá. El mal es verdaderamente malvado. Nuestro mundo está realmente roto. Sin embargo, Dios es verdaderamente soberano, sabio, y bueno. Y en la providencia de Dios, las aflicciones de los santos no son un medio de muerte sino un camino hacia una mayor satisfacción en Dios. Confía en el dador de tus aflicciones, pues la usa para atraerte más cerca de Sí mismo en medio de tus sufrimientos (1 Pe. 4:19).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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